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Después de Trump, el diluvio

Después de Trump, el diluvio
CARMELO MESA LAGO, Miami | 05/03/2017

En su discurso ante el Congreso el pasado martes, Donald Trump se
transfiguró mágicamente en un estadista y lució “presidencial” por vez
primera. Ofreció algo para cada miembro de la sociedad: nueva
infraestructura, un millón de empleos, licencia pagada de maternidad,
rebaja del altísimo costo de los medicamentos, educación especial para
estudiantes con dificultades, derrota del “radicalismo islámico” y, todo
esto, en unidad, sin odio y en pro del resurgimiento de la nación. ¿Fue
esto una real transformación o simplemente una lectura bien ensayada de
un discurso escrito para él y proyectado en una pantalla? En todo caso,
sus propuestas claves no cambiaron, solo su tono; un buen discurso de
una hora no puede borrar veinte meses de incesantes trompicones.

Poco después de que Trump anunció su candidatura en junio de 2015,
escribí una declaración con Enrique Krauze, firmada por 68 destacados
intelectuales, académicos y artistas hispanos, en la que criticábamos
las ideas del magnate y pronosticábamos los efectos desastrosos de sus
ideas. Hubo algún académico prestigioso que rehusó firmar la declaración
pues creía que la candidatura del payaso se evaporaría con rapidez (lo
mismo ocurrió con Hitler). Con 45 días en el poder, los EUA y el mundo
ya sufren el efecto devastador de sus dislates.

Trump es un egocéntrico narcisista, un sabelotodo arrogante que se
proclama como el mejor en cualquier tema (se autocalificó con un
“sobresaliente por su desempeño”); por ello no se asesora e improvisa
creando el caos. De inicio dijo que deportaría a once millones de
“indocumentados” mexicanos. En febrero decretó que no podrían entrar a
EUA personas de siete países islámicos, ninguno de los cuales ha enviado
terroristas. Esta orden creó problemas masivos en aeropuertos en todo el
mundo, a residentes norteamericanos se les impidió la entrada, hubo que
improvisar medidas para aliviar la hecatombe; por suerte un tribunal
distrital anuló la orden ejecutiva, y Trump los denigró como “supuestos
jueces”.

Otro rasgo siniestro es su racismo y xenofobia: contra los mexicanos e
hispanos, las mujeres (“con mi poder puedo agarrarlas por sus
genitales”), los afro-americanos, los musulmanes, los judíos, los gays.
Tachó de injusto (por ser un “mexicano”) al juez nacido en EUA que
aprobó la demanda contra la Universidad Trump; negó que eso fuese
racismo y pagó 25 millones de dólares a los desfalcados, para frenar la
propagación del escándalo. Los efectos de su discriminación han sido
horrendos: ataques a mexicanos, asesinato de un ingeniero indio tomado
por musulmán al grito de “vete de mi país”, detención en un aeropuerto
de Muhammad Alí hijo, interrogado por su nombre árabe y religión (los
guardias negaron esto); la resurrección del supremacismo blanco y del Ku
Klux Klan que descaradamente lo apoyan, la proliferación de suásticas
nazis, las amenazas de bomba a 53 sinagogas y la profanación de un
centenar de cementerios judíos, el ataque a una pareja de gays porque
“ahora viven en el país de Trump”.

Su lema “América primero” fue usado por los estadounidenses nazis
durante la Segunda Guerra Mundial. Reaccionando a la pregunta de un
periodista judío exclamó: “soy el menos antisemita en el mundo” y a
pesar de su trato abominable de los latinos asegura que ellos lo adoran.
Aunque en su discurso denunció esos ataques, los mismos han sido
incitados por su retórica de intolerancia, división y odio.

Trump es un mentiroso patológico: Obama no nació en los EUA, los tres
millones de votos con que le superó Hilary fueron fraudulentos, la
asistencia de público a su inauguración fue la mayor en la historia del
país y también superior a la masiva demostración de mujeres contra su
misogamia; su consejera Kellyanne Conway inventó una masacre en Bowlling
Green para justificar las deportaciones. Todo falso.

Un lapso freudiano es su constante latiguillo “créanme”. Remembranza de
“1984” es su orwelliana construcción de “hechos alternativos”, una
triquiñuela para negar la verdad. Denuncia las filtraciones a la prensa
por funcionarios como un crimen que hay que erradicar e insinúa que
Obama ha sido responsable de ello. Detestable es su alabanza a Putin
como un dirigente fuerte; al amonestarle que el autócrata ruso es un
asesino, que anexó Crimea y sueña con retomar Georgia, dio la excusa de
que los EUA “no son inocentes”. Pidió al FBI que detuviese la
investigación sobre sus relaciones con Rusia, únicamente basado en su
palabra: “hace un decenio que no hablo con Rusia,” otro embuste ya que
conversó con Putin tras su inauguración y estuvo en Moscú en 2013.
Michael Flynn, su consejero de seguridad nacional, dimitió al
descubrirse que mintió sobre haber conversado con el embajador ruso en
EUA; otro tanto hizo el Fiscal Federal Jeff Sessions. Si de verdad Trump
no es culpable, ¿por qué le teme tanto a esa investigación?

Peor aún es su autoritarismo y ataque irascible contra toda crítica
aunque sea documentada. Al inicio de la campaña electoral rehusó
contestar una pregunta del periodista mexicano Jorge Ramos y lo expulsó
del recinto de forma violenta. En su primera conferencia de prensa como
presidente electo negó la palabra al reportero de CNN, acusándolo de
“fabricar noticias” (¡qué ironía!), días después acusaría de lo mismo al
New York Times y en las últimas semanas se refirió a los “medios de
noticias falsas” como ” enemigos del pueblo americano ”. Posteriormente
The Times, BuzzFeed News, CNN, The Los Angeles Times, Politico, BBC y
The Huffington fueron excluidos de un encuentro con el secretario de
prensa, Sean Spicer. También descalifica a sus oponentes: tildó de
“perdedor” al héroe de la guerra de Vietnam John McCain por haber sido
capturado, mientras que él evadió el servicio militar con una argucia;
imitó burlonamente a un periodista discapacitado por una pregunta
molesta, y se burló de la brillante Meryl Streep (20 veces nominada al
Oscar), diciendo que es la actriz más “sobrevaluada” de Hollywood.

Desde el inicio prometió construir un muro “fantástico” en la frontera
con México que pondrá fin a la entrada de “criminales, drogadictos y
violadores”, denigrando a los inmigrantes mexicanos que juegan un papel
económico crucial en los EUA. El muro costará al menos 20.000 millones
de dólares y no detendrá la inmigración pues ella mayormente ocurre
por vía aérea. Tozudamente Trump ha afirmado muchas veces que México
pagará por el muro, algo negado con firmeza por el Presidente Peña Nieto
y dos ex presidentes mexicanos. Cambiando de táctica Trump dice que
financiará el muro con un impuesto del 25% a todas las importaciones de
México, lo cual provocará una política similar del vecino. En su
discurso ante el Congreso anunció una legislación para proteger a “las
víctimas de los inmigrantes”. Luis Videgaray ha sido enfático en que
México no admitirá deportados de otros países.

La ciega furia republicana contra “Obamacare” fue exacerbada por Trump
con su llamado a “abrogar y reemplazar”. Dos días antes de su discurso
dijo que “nadie sabía lo complicado que es la atención sanitaria”; en
realidad él es quien lo ignoraba, a diferencia de Obama y decenas de
miles de expertos a los que Trump desoyó. Hay 22 millones de ciudadanos
cubiertos por el plan de sanidad asequible y no hay idea si continuarán
cubiertos y cómo. En su discurso pretendió ofrecer algo nuevo asegurando
que los que tengan una enfermedad crónica previa tendrán que ser
cubiertos, algo que ya está en la ley que él desconoce.

Una de sus primeras acciones fue anular el Acuerdo Transpacífico de
Cooperación Económica, creando un vacío que rápidamente está llenando
China; a esta la provocó con su anuncio que fortalecería los lazos con
Taiwan, abandonando la política estadounidense desde Nixon de una sola
China (luego intentó deshacer el entuerto). Se propone renegociar o
anular el tratado de comercio de América del Norte, lo cual provocaría
una grave crisis en México, la segunda economía latinoamericana y el
principal socio comercial de los EUA y eso podría desestabilizar la
región y generar una guerra comercial global.

Su último desvarío es aumentar el presupuesto de defensa en 54,000
millones de dólares, recortando por esa suma a programas vitales como la
protección del ambiente y la ayuda internacional; aunque ha prometido
que no tocará la seguridad social, hay temor de que la privatice. Además
reducirá los impuestos, beneficiando al 1% más rico de la población,
algo que apoya con entusiasmo su gabinete de multimillonarios. Cuando a
la rebaja impositiva se unen 20,000 millones del muro y un billón en
infraestructura, el déficit presupuestal se disparará. Su discurso ante
el Congreso no explicó cómo se financiará su gran visión del futuro,
solo dijo que “el dinero está entrando a chorros”.

Es asombroso que los congresistas republicanos le permitan estos
desatinos que van en contra de sus creencias neoliberales como la
libertad de comercio, el equilibrio del presupuesto y la reducción de la
deuda pública, así como el riesgo del creciente poderío ruso y de la
expansión china. Pero no importa, ellos estaban regocijados,
levantándose y aplaudiendo el discurso de Trump. Detrás de él vendrá el
diluvio.

___________

Nota de la Redacción: Este texto ha sido publicado en el sitio Letras
Libres y lo reproducimos con la autorización de su autor.

Carmelo Mesa Lago. Economista cubano. Licenciado en Derecho Universidad
de La Habana (1956). Profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh.

Source: Después de Trump, el diluvio –
www.14ymedio.com/blogs/cajon_de_sastre/Despues-Trump-diluvio-Carmelo_Mesa-Obamacare-Opinion_7_2175452434.html

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