Racismo – Cuba – Racism
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El negro, el alma y el blanco

El negro, el alma y el blanco
Sea mediante la adopción de patrones de conducta o en el intento de
fingir una pertenencia racial impropia, junto a la crítica a los
prejuicios hay también un objetivo de asimilación de una identidad ajena
Alejandro Armengol, Miami | 07/12/2016 8:57 am

Fue en agosto de 2013 y en Miami. Al comentar sobre las declaraciones
del opositor cubano Jorge Luis García Pérez, “Antúnez”, tras su llegada
a Miami, una oyente de Radio Mambí expresó: “tiene la piel negra, pero
el alma blanca”. Quiso hacer un elogio, pero lo que puso en evidencia
fue solo un racismo larvario y arcaico, que aún impera en cierto sector
de la comunidad exiliada. Su frase era un equivalente a otra, que se
escuchaba con frecuencia en Cuba hace décadas, y que aún debe repetirse
aunque de forma más o menos callada: “Negro, pero honrado”.
La expresión no es propia de Miami ni está ausente de Cuba. En la
Universidad de La Habana, durante un curso de literatura norteamericana
para graduados a finales de la década de 1970, impartido por Beatriz
Maggi, una alumna usó la expresión. Recuerdo también la respuesta de
Nancy Morejón, y por supuesto que recuerdo el poema de Nicolás Guillén,
que Nancy tuvo quizá la amabilidad de no traer a colación para no hacer
más lapidario su comentario.
No hay que agregar que la apariencia de una actitud racista —con
independencia del racismo que entonces y ahora existe en Cuba, y que ha
permitido y en algunos casos incrementado el propio régimen— era algo
muy serio.
Quien entonces pronunció la frase en Cuba, de inmediato se disculpó y
apeló al significado del color blanco como símbolo de pureza —algo que
también puede ser considerado un condicionante cultural propio de una
sociedad de naturaleza racista— y aquello no tuvo mayor trascendencia.
Igual argumento habría podido esgrimir la oyente del comentario radial
en Miami, si hubiera contado con un mínimo racional para elaborar su
prejuicio, pero en ambos casos —tanto en La Habana como en la comunidad
exiliada— la frase no lograba librarse de la connotación racial.
Algo similar ocurrió a los actores y cantantes blancos que teñían de
negro su cara en los minstrel shows —una caricatura de gestos y rostros
de la que tampoco pudieron librarse, por imperativos comerciales,
tampoco los artistas negros— y que en la actualidad ha llevado a una
reacción inversa, no libre igualmente de la injusticia de ser incapaz de
superar la circunstancia del momento, y condenado al olvido o a la
censura actuaciones cuyo valor artístico supera la justificada condena
racial.
El negro que tenía el alma blanca, dirigida por Hugo del Carril a partir
de la novela de Alberto Insúa, nos cuenta la historia de un hombre
negro, educado en el seno de una familia blanca acomodada, que se
traslada de Cuba a Madrid tras el conflicto bélico de 1898.
Hay una película española de igual título, dirigida y protagonizada por
Hugo del Carril. El argumento narra que la llegada a la capital española
del famoso cantante y bailarín Peter Wald es todo un acontecimiento. Se
presenta en el Teatro del Sainete y su éxito es total. La protagonista
femenina, Emma, se muestra fría y distante. Lo rechaza por ser negro.
Peter se ha quedado sin pareja de baile y le ofrece la oportunidad de
triunfar a su lado. Se ha enamorado de ella. A pesar de todas las
atenciones los prejuicios crearan una barrera insalvable.
En Pinky, la cinta de Elia Kazan, el tema gira alrededor de una mujer de
raza negra que por años “ha pasado” por ser miembro de la raza blanca.
La identidad racial es vista como una cuestión de asimilación.
Sea mediante la adopción de patrones de conducta o en el intento de
fingir una pertenencia racial impropia, junto a la crítica a los
prejuicios, el rechazo racial y a la existencia de valores universales,
hay también un objetivo de asimilación de una identidad ajena. El
conservar esa identidad ajena frente a una realidad hostil —así como las
dificultades de formar parte de una diversidad que la sociedad rechaza y
solo admite como subordinación— se da dentro de un sistema de limitantes
sociales, donde actos simples como el amor, el matrimonio o incluso la
convivencia están regidos por un sistema de normas y tabúes que impone
barreras.
Un medio donde la aprobación hacia los miembros del grupo racial en
desventaja, por el grupo o la raza dominante, pasa porque que estos
subordinados acepten —se propongan o estén acostumbrados por crianza a
considerar que forman parte de ese grupo, esa etnia o esa raza— un
proceso de integración que sustituye la unicidad por la adopción de los
valores de este grupo dominante y donde la raza, en última instancia,
determina la imposibilidad de traspasar ciertos límites. Mientras no se
intenta violar esas fronteras, el otro —el negro en este caso— se acepta
socialmente. De lo contrario, se cae en la transgresión.
Gran parte de una programación que imperó por años en la televisión
pública en Estados Unidos, o que caracterizó parte pero no toda la
filmografía de un actor tan notable como Sidney Poitier, puede ser
clasificada dentro de este estereotipo integrador.
Programas de televisión y películas, que se consideraron de corte
liberal, ya que muestran una crítica más o menos avanzada, o se definen
abiertamente en contra del racismo —y que en cierto sentido lo fueron de
acuerdo al momento— no están libres por completo de la caricatura si se
las valora con un código estricto y contemporáneo. Es también el
síndrome del “tío Tom”, rechazado en un principio por los sectores más
radicales del movimiento negro en EEUU, y que en la actualidad se ha
generalizado a la mayoría de esa comunidad.
Lo cierto es que la adopción al extremo de ese rechazo llega a una
posición igual de negativa en su irracionalidad, como es la negritud,
pero vale la pena destacar que por encima de cualquier estereotipo —del
que no se libra grupo o raza alguna—, la aceptación del otro es lo que
debe caracterizar a la democracia.
Algunos de los criterios formulados en este texto aparecieron
anteriormente en Cuaderno de Cuba.

Source: El negro, el alma y el blanco – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-negro-el-alma-y-el-blanco-327964

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