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Zuleica Romay, el racismo y la censura

Zuleica Romay, el racismo y la censura
La presidenta del Instituto Cubano del Libro padece de la misma
suspicacia que los que detentan el poder
Lunes, julio 18, 2016 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Aunque nuestros saludos nunca pasan de los mohines
desganados, si es que la casualidad nos pone frente a frente, Zuleica
Romay, diputada a la Asamblea Nacional, me envió como ¿regalo? sus dos
libros publicados. En Cepos de la memoria escribió: “A Jorge Ángel
Pérez, dedico este libro, que junta recuerdos, dolores y esperanzas. Él
dice quién soy y de dónde vengo, sin algarabías, sin poses ni mentiras”.

No hace falta ser un lector muy avispado para notar que el espíritu de
estas líneas que escribió para mí quien también es Presidenta del
Instituto Cubano del Libro (ICL), no es muy conciliador. A ella le
molestan mis “poses, mis mentiras y mis algarabías”, aunque no las
explique…, pero de todas formas dispuso de su auto, y de su chofer tan
níveo, para que hicieran el viaje desde aquel edificio de apariencia
bostoniana en la calle del Obispo hasta mi casa del Cerro…

Leyendo una y otra vez las dedicatorias comprendí que sus intenciones no
eran buenas, y que padecía de la misma suspicacia de quienes en Cuba
detentan el poder, y hasta hice un descubrimiento: esta mujer que
escribe, no sabe puntuar. Al parecer Zuleica, quien gobierna casi todas
las editoriales del país, no se enteró todavía de que la puntuación
responde a motivaciones de orden sintáctico-semántico, y que nada le
debe a los caprichos. Ella debía tener muy claro que entre el
complemento indirecto y el verbo no está bien visto que se ponga coma,
como tampoco lo es disponer de una de ellas para separar al sujeto del
predicado…

Confieso que al principio me divertí con sus dificultades a la hora de
puntuar, tanto que hasta olvidé su tono ríspido, y mi intención de
responder a sus requiebros, pero volví a leerlas, y pensé en eso que
algunos llaman “la mala escritura del subalterno”, esa que, por
defectuosa, resulta signo distintivo de los más preteridos en cualquier
sociedad, entre los que están los marginados de la raza negra; pero que
no se equivoque el lector porque ese no será mi rumbo. Con estas líneas
intentaré acercarme a las razones que llevaron a esta mujer a enviarme a
destiempo sus dos libros publicados, y con tan singulares dedicatorias,
pero antes fijaré el texto que me dedica en el otro libro…

“Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad” vio la luz hace
tres años, después de que fuera distinguido con un Premio extraordinario
que convocó la Casa de las Américas, interesada en destacar estudios
sobre la presencia negra en la América y el Caribe contemporáneos. En
esa página que los editores llamamos portadilla, la escritora me
aseguraba que su libro estaba escrito con jirones de su piel, y que
nadie tuvo que pagarle, porque el dolor de las víctimas no tiene precio…

Me gustaría recordarle a Zuleica que, como nos dijo Virgilio Piñera,
siempre se olvida algo, y que al parecer a ella se le olvida que olvida.
La presidenta del ICL borró de su memoria que la Casa de las Américas le
pagó tres mil dólares después de recibir el premio, ¿y qué hizo con esos
dólares? ¿Los donó a una casa de beneficencia? Nada de eso, ella se
embolsó el dinero y olvidó que había escrito sobre el dolor de un montón
de hombres y mujeres negras, pero a mí me hace reclamos y me asegura que
el dolor de las víctimas no tiene precio. ¿De qué víctimas habla ella?
¿Se referirá a Carlos Acosta? ¿Reconoce acaso el dislate en el que
estuvo implicada?

Toda esta alharaca que armó Zuleica en “sigiloso silencio”, tiene que
ver con un texto que escribí y publiqué en CubaNet hace apenas un mes,
en el que denunciaba la censura de “Sin mirar atrás”, libro del bailarín
y coreógrafo Carlos Acosta. La presentación debió ocurrir el 11 de
junio, pero en su lugar estuvo, sin que se diera ninguna explicación, un
título de Edel Morales, vicepresidente del Instituto Cubano del Libro.

¿Y qué pasó con el libro de Carlos Acosta? ¿Por qué no estuvo ese sábado
en la calle de madera, y a la sombra del Palacio de los Capitanes
Generales? ¿Por qué no estuvo a disposición de los lectores aun cuando
la televisión nacional se hiciera eco de la presentación? La censura,
tan común en Cuba, decidió apartarlo sin dar razón alguna. Alguien
decidió esconder los libros, alguien prefirió prohibir, alguien, no
sabemos quién, dictaminó que la censura siguiera en su enorme pedestal.
Y yo no quise quedarme callado, como hicieron los periodistas del
Granma, de Juventud Rebelde, de Cubadebate…, y publiqué un texto breve,
y creo que hasta contenido, que muchísimos amigos y otros desconocidos
me agradecieron.

Zuleica debe saber a estas alturas que, incluso en este país, la
denuncia de la censura cuenta con adeptos. Y quizá fueron esos
comentarios que produjo mi breve texto los que le agriaron tantísimo el
humor, y hasta debió creer que mis argumentos levantaban el índice
contra ella, pero se equivocaba… Tengo la certeza de que una decisión
como esa viene de un lugar que está mucho más arriba del que ella ocupa.
Si Romay Guerra dijo: “Suspendida la presentación del libro de Carlos
Acosta”, alguien “más alto” debió indicarlo antes. Ella acató los
designios de sus superiores, aunque debió oponerse.

Su deber era defender el libro y su presentación, nunca plegarse a las
triquiñuelas de ese poder que supera al suyo. Zuleica debió enfrentar a
los censores, también porque es una mujer negra, pero no estuvo
dispuesta a discutir con ese poder oficial que tan bien representa.
Ahora, después que leí “Cepos de la memoria…”, descubro enormes
discordancias entre lo que escribe y lo que hace.

¿De qué le sirve detenerse tanto ante la censura del siglo XIX cubano,
si su silencio da el visto bueno a las reprobaciones que se ejercen en
el siglo XXI? ¿Para qué mencionar la tardía publicación de “Sab”, novela
de Gertrudis Gómez de Avellaneda, si no se opuso, ahora mismo, a la
censura que sufrió Carlos Acosta? Zuleica es capaz de constatar la
falta de atención que presta el sector académico e intelectual cubano a
los periodistas negros del siglo XIX, pero calla cuando un periodista
negro denigra al presidente Obama de visita en Cuba. La diputada es
capaz de hacer evidente el hecho de que en el Diccionario de Literatura
Cubana no existan entradas que se refieran a publicaciones como La
Fraternidad y La Igualdad, pero no es capaz de denunciar ausencias tan
significativas como las de “los no blancos”: Severo Sarduy, Guillermo
Cabrera Infante o Walterio Carbonell, en ese mismo inventario.

Zuleica se mortifica por la desaparición del “Libro de pinturas” de
Aponte pero no consigue publicar “Cómo surgió la cultura nacional”, de
Walterio. ¿Por qué no incluye ese tomito en el plan de publicaciones de
Ciencias Sociales? ¿No le parece una arbitrariedad que tantas
generaciones de cubanos desconozcan ese texto esencial? ¿No cree que
sería bueno que quienes anuncian en Revolico la búsqueda de camareras
blancas y de buena presencia lo leyeran? La presidenta del ICL menciona
también las burlas que provoca la manera de hablar de los orientales,
pero no se molesta con las deportaciones que sufren en La Habana los
inmigrantes negros de esa zona del país. No sería bien visto que ella
criticara una disposición del gobierno, debe ser por eso que se decide
por la denuncia del infame racismo de la colonia, y a él opone los
“logros de la revolución”.

Confieso que más me habría gustado que, en lugar de mandarme sus dos
libros dedicados, hubiera escrito un texto que se opusiera abiertamente
a lo que publiqué en CubaNet, eso habría sido mucho mejor que esas
tontas ironías. Creo que una discusión como esa, en algún espacio al que
todos pudiéramos acceder sería mucho más productiva. Es muy curioso que
esta mujer negra que repudia el lápiz rojo decimonónico se moleste
porque yo ejerza mis criterios antirracistas, aunque es posible que lo
que más le moleste sea que ahora tiene la certeza de que alguna vez
alguien revisará sus textos y le hará reclamos, y quizá hasta la culpe
de la censura de “Sin mirar atrás”.

Y no me extrañaría que dentro de unos años algún periodista se pregunté
en qué lugar estaba Zuleica cuando asesinaron a Ángel Herrera Oviedo, el
librero de la Fayad Jamis. Si estoy vivo cuando eso suceda seré yo mismo
quien le diga al curioso que ella estaba muy cerca, pero que no se
pronunció aunque era su compañero de trabajo (quise decir, su
subordinado). También es posible que mañana mismo alguien se asombre de
que un blanco, aunque no caucásico, que soy yo, denuncie el racismo,
mientras ella se moleste y asegure que lo “mío” no es más que una
algarabía, una pose, una mentira.

Ahora que terminé de escribir este texto, sacaré de mi librero, para
leerlo, el “Elogio de la altea…”, ese que ubiqué junto a otros; entre
ellos el “Elogio de la locura”, el de las sombras, el de la madrastra,
el de la ociosidad, el de la sal, por eso espero que si la gentil
escritora, presidenta y diputada, llega a leer estas líneas se sienta
feliz de estar en un librero junto a Erasmo de Rótterdam, Tanizaki,
Vargas Llosa, Bertrand Russell y María Elena Hernández…, pero antes de
emprender la lectura voy a cerrar los ojos por un rato y a suponer a los
electores de La Habana Vieja cuando tuvieron que elegir, de entre todos
sus candidatos, a quienes serían sus diputados a la Asamblea Nacional.
Ese día estaba en el mural una foto de Zuleica Romay Guerra, y también
su biografía. Ella fue la que menos votos alcanzó. Y yo me pregunto si
no fue el color de su piel lo que llevó a tantos electores a negarle sus
votos, pero quizá eso no es tan importante, porque de todas formas ella
es diputada a la Asamblea Nacional, y en Cuba el racismo no es mayor que
en otros lares.

Source: Zuleica Romay, el racismo y la censura | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/zuleica-romay-el-racismo-y-la-censura/

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