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Un congreso para qué?

¿Un congreso para qué?
ALBERTO GARCÍA DURANGO | Madrid | 13 Abr 2016 – 7:58 am.

Preparen los ómnibus y las congas de recibimiento en las terminales,
tengan tendidas las camas en las villas de hospedaje, impriman todas las
credenciales, limpien calles, saquen las guayaberas de las ocasiones
especiales, impriman en los papeles (y en sus cabezas) los discursos,
aclaren sus gargantas, tengan listos los tambores: el VII Congreso del
PCC ha llegado.

Y mientras llega, la sociedad cubana observa sin voz, amordazada por las
grises páginas del diario Granma, como 1.000 delegados se aprestan a
debatir sobre su futuro. Serán menos del 0,01% de la población cubana.
¿Qué pensaría Occupy Wall Street al ver semejante vasallaje de la
mayoría de una pírrica minoría?

Si dijera que nunca he tenido fe en los congresos del PCC mentiría. Creo
que fui parte de muchos de los cubanos que abrigamos con fe y
positivismo aquel autocrítico y esclarecedor discurso de Raúl Castro el
26 de julio de 2007 en Camagüey. Y creyendo en que había llegado la hora
de decir sin tapujos las cosas, desaté el nudo de mi lengua en los
debates que se abrieron luego del discurso. Había llegado la hora de
decir lo que me molestaba, de tener mi negocio, comprarme un carro,
poder viajar, comprarme un celular, tener derecho a saber que era
internet, poder entrar a un hotel. Mi voz fue una de las más de tres
millones, que según las estadísticas oficiales, no fueron solamente a
las asambleas para evitar sanciones. Y tras ver las primeras medidas
“liberadoras”, creí que las cosas en Cuba iban a empezar a cambiar, que
por fin la clase política nos estaba escuchando.

Pero yo quería más. Sabía que nos estaban dando migajas del inmenso
pastel de los derechos y libertades personales que nos negaban. Pero
tuve paciencia, y me repetía (quizás para autoconvencerme) la manida
frase de Raúl: “Sin prisa pero sin pausa”.

Pasaron uno, dos, tres años y en noviembre de 2010, casi cuando estaba
perdiendo la paciencia y mi mente no aguantaba más tanta pausa sin
prisa, Raúl convoca de una vez por todas un congreso para empezar a
cambiar las cosas. Dio una fecha: abril de 2011. Aquel día estrené el
calendario del 2011 con la imagen de Cachita que había comprado en la
Iglesia, y destaqué abril con letras negras bien grandes. Y una parte de
mí, que estaba realmente cansada de una espera sin fecha, me dijo
claramente: “Si la pausa no se acaba realmente en abril, abandona toda fe”.

Una vez llegó y pasó el esperado conclave (porque las 72 horas de
duración del mismo se fueron volando entre el silencio de los medios y
la expectación de la gente), y mientras todo el mundo hablaba de la
renuncia de Fidel al Comité Central o de que Raúl era oficialmente el
nuevo cacique, aquella parte de mí solo sabía repetirme una sola cosa:
“¿Y?”. Todo ello mientras asistíamos al momento en que los Lineamientos
se convertían en la nueva Biblia, en el documento que todo el mundo
quería tener en la casa, que querían leer y releer, como si en aquellas
40 páginas estuviesen las profecías de Nostradamus para Cuba sobre el
porvenir (o el timo) que se nos venía encima.

Y despojado de toda fe, asistí como observador lejano a aquel patético
espectáculo que significó la Primera Conferencia del PCC, en enero de
2012. Reí (porque ya había llorado demasiado en los años 90) ante tanto
debate real maravilloso. Parecía cómico —y patético a la vez— ver cómo
aquellos delegados debatían y debatían, como si de verdad creyesen
algunos que sus palabras fuesen a influir en el guión que ya se habían
encargado otros de escribir en un cuarto oscuro y alejado de las
cámaras. Y reí mucho más (y juro que aquella vez ya estaba poseído
completamente por mi mitad pesimista-realista) cuando escuché a Raúl
apelar a “decirnos las verdades de frente”, mientras él mismo era
incapaz de decirnos que aquello era demasiado circo para al final no
transformar nada.

Ahora vuelve abril y vuelven a sacudirse las cortinas que desplegarán lo
que al parecer será otro circo. Si me quedaba algo de fe, les juro que
la perdí con el artículo publicado por Granma el 27 de marzo. Aquello no
me pareció gracioso, me pareció indignante, y sobre todo porque aquellos
que invitaban a decir la verdad de frente son aquellos que ya no se
ocultaban para reírse frente a nosotros. Pero, ¿y por qué ríen? Quizás
porque ya no les interesa preguntarnos si creemos o no que las recetas
de la “Biblia” han sido satisfactorias, porque en la reforma
constitucional no habrá espacio para revisar la posibilidad de una mayor
participación política y un ejercicio verdadero de los derechos humanos,
porque si Venezuela falla allí estarán nuestros “hermanos” yankis y cía
para salvarnos de caer en el hueco, porque ni el matrimonio igualitario
ni cumplir con la urgente deuda de luchar contra el racismo importan
ahora, porque ya les da lo mismo si a los cubanos les da lo mismo
recorrer las selvas de Centroamérica para tratar de prosperar, porque ya
el pastel del posraulismo está repartido y reservado o quizás porque los
“elegidos” sabrán reírse de nosotros.

Entonces, ¿un congreso para qué? Quizás porque han pasado cinco años y
tocaba volver a activar el show. Muchas felicitaciones a la clase
dirigente cubana: ha sido capaz de cumplir con el cronograma.

Source: ¿Un congreso para qué? | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1460464639_21618.html

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