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Obama y la caída de los imaginarios

Obama y la caída de los imaginarios
YESENIA FERNÁNDEZ SELIER | Nueva York | 3 Abr 2016 – 7:12 am. |

Sin tiros, amenazas o invasiones militares, llegó y partió de Cuba el
presidente número 44 de EEUU, Barack Hussein Obama. Los cubanos en
distintas latitudes hurgamos las pantallas y nos hicimos al inevitable
debate sobre las motivaciones, las reacciones y, ya más recientemente,
los efectos de la visita. Más allá de las imágenes y los discursos, el
fin del antagonismo con “el Norte revuelto y brutal”, sacude como un
terremoto invisible imaginarios que han definido nuestras narrativas
nacionalistas. Entre ellos, la relaciones Cuba-EEUU, el lugar del
no-blanco en el ideario nacional y cuál es la coalición bajo la cual es
definida la nación.

Los patriotas cubanos, desde Saco hasta los Castros, han entendido
nuestra cercanía a EEUU como eje de nuestro destino político y
económico. El pánico de que la Isla se convirtiera en un segundo Haití,
junto a las aspiraciones de mayores libertades comerciales y políticas
de la elite criolla, hizo atractiva a los capitalistas cubanos del siglo
XIX la alianza con el norte. EEUU venía deslindándose como faro de
modernidad en el mundo industrializado, mientras el Imperio español se
tambaleaba, con la independencia de las naciones latinoamericanas y con
un resentido despecho por las nuevas disidencias internas y externas.

Las guerras independentistas y la formación de la primera gran oleada de
la diáspora cubana en EEUU catalizaron el entendimiento de las
posibilidades y amenazas concretas que representaba el creciente
imperio. La amenaza se manifestó completamente con la invasión
estadounidense de 1898, y la garantía intervencionista que representó
la rúbrica de la Enmienda Platt en 1901. Las protestas de patriotas
como Juan Gualberto Gómez, Enrique José Varona, Rubén Martínez Villena y
Julio Antonio Mella solidificaron la corriente antimperialista
claramente establecida por José Martí.

La invocación de esta tradición antimperialista ha sido fundamental en
la narrativa nacionalista de la revolución cubana e instrumental para
galvanizar una coalición internacional, con el campo socialista, los
movimientos de liberación en África y la izquierda internacional.

Pero ahora el Norte ha aterrizado en el aeropuerto José Martí. La
ausencia de Raúl Castro al pie de la escalerilla recordó las tensiones
bajo las que se ha hecho a la mar el barco de la reconciliación. Para
espanto de mi antiguo profesor de Preparación para la Defensa, los
insulares no corrieron al refugio. A pesar de las “seguridades”
mancomunadas, la gente del pueblo se agolpó en calles, ventanas y
balcones, llena de júbilo y emoción incontenida. Hasta el momento, la
doctrina de Obama para con Cuba parece suspender el intervencionismo de
la Doctrina Monroe. Bajo un aura de carismática diplomacia, el nuevo
“soft power” obedece a lógicas más sutiles y ágiles de la geopolítica y
el capitalismo tardío. Para ellas nuestros discursos nacionalistas no
han estado preparados. Barack Hussein Obama avanza imperturbable a pesar
nuestras demandas, nuestras crisis o nuestros insultos políticos.

Desde los inicios de su candidatura a la presidencia de EEUU Obama ha
lidiado con el escrutinio de sus detractores. No ha sido escaso el
racismo cuestionando su capacidad para gobernar, sobre su supuesta
adscripción al Islam o sobre la veracidad de su certificado de
nacimiento. Inaugurado como presidente de la nación más poderosa de la
tierra, su retórica sobre el asunto se ha contenido, no ha sido este el
caso de la óptica. La primera familia ha proyectado una impecable
imagen de respetabilidad sin sacrificar su identificación con la cultura
negra de EEUU y la Diáspora. Recién llegado a la Casa Blanca, y no sin
controversias, Obama sustituyó el busto de Winston Churchill por el de
Martin Luther King. En sus numerosas galas sociales, los Obama no solo
han legitimado la excelencia de pintores, músicos y bailarines negros
sino también lo han hecho políticamente correcto.

La labor descolonizante de la familia Obama no podría completarse sin
visitar Cuba, donde la castración política del negro ha sido
concomitante a la formación nacional. El cuerpo negro creó las riquezas
del criollo blanco, cargó al machete contra los españoles, y fue
también masacrado en números aún desconocidos en 1906 y en 1912,
cerrando con sangre una centuria de lucha por derechos civiles en el
marco de la nación. La supuesta invalidación del racismo bajo la
doctrina revolucionaria no ha impedido que la figura del negro siga
siendo el símbolo de la barbarie, la incultura y el ridículo nacional.

Dentro y fuera de Cuba, los ofendidos “tradujeron” al racismo criollo el
cuerpo negro de Obama y así le vimos desfilar en memes y caricaturas
como el negro rumbero, el negro músico, el negro congo y el negro
calesero. La caricatura racista sigue siendo un lugar común para la
afrenta, como nos recordaba recientemente el artículo de Tribuna de La
Habana: “Negro, ¿tú eres sueco?”.

Por suerte, Obama no necesita de un pasaporte sueco para comprar en una
boutique con precios prohibitivos, pues simplemente encarna el poder del
imperio más poderoso de la Tierra. Sin embargo, todo ese poder no
eclipsó su sencillez. Su controversial e informal “Qué volá” dejó una
estela de familiaridad en los barrios más dilapidados de la ciudad, en
los que se agolpa mayormente la población negra. Obama bailó el tango en
Argentina, pero no bailó en Cuba, ni fumó tabacos. En cambio, fue a una
paladar de propietarios negros, escasamente representado en la nueva
clase media, así como exhortó a una mayor participación de los
afrocubanos en las nuevas proyecciones económicas.

Según los silogismos del racismo criollo, un mulato cubano no iría a
Harvard para casarse con una mujer pobre y más oscura que él. Obama, en
esta lógica perversa, es cuando menos un mulato paradójico, que en
inglés nos convoca a una nueva coalición nacional. A través de Babalú,
San Lázaro, Jesucristo y la divina intervención del Santo Padre, el
presidente estadounidense número 44 apela a creencias más antiguas y
entrañables quizás que las políticas. No en balde Marx las etiquetó como
“el opio del pueblo”. Según la Doctrina Obama, en ese opio es posible
establecer una nueva comunidad imaginada, una nueva hermandad con más
afinidades que diferencias, con más afectos y menos rencores. Desde su
primer tuitazo o la elección de una paladar en un barrio periférico para
cenar con su familia, quedó claro que le interesaba más el pueblo que el
protocolo. Así se sentó a la mesa de Pánfilo, un personaje que gravita
en torno a la libreta de abastecimiento, para jugar el dominó y dejarlo
ganar.

El jiujitsu político del Obamazo, a través de sus discursos habaneros,
superpuso apelaciones disímiles en su llamado por una Nueva Cuba. Con su
propia historia personal, legitimó la necesidad de la protesta y el
disenso. “Cuando mis padres se conocieron no hubieran podido casarse en
muchos estados de mi propio país, pero gracias a disidentes como Martin
Luther King y otros he podido llegar a ser el presidente de EEUU.” Su
inclusión sin miramientos del exilio histórico y la disidencia como
segmentos necesarios e indispensables de la nación en el futuro supera,
lamentablemente, a un régimen que ha sepultado su humanidad con lemas y
uniformes.

Source: Obama y la caída de los imaginarios | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1459548754_21390.html

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