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‘Mujeres refugiadas -: pautas de una cubana en Brasil

‘Mujeres refugiadas’: pautas de una cubana en Brasil
La antropóloga y estudiosa cubana María Ileana Faguaga Iglesias se
encuentra entre las ocho mujeres retratadas por el experimentado
fotógrafo Victor Moriyama, que expone este martes en Sao Paulo, Brasil,
la muestra “Mujeres refugiadas”.
Luis Felipe Rojas/ Martinoticias.com
marzo 07, 2016

La antropóloga y estudiosa cubana María Ileana Faguaga Iglesias se
encuentra entre las ocho mujeres retratadas por el experimentado
fotógrafo Victor Moriyama.

“Mujeres refugiadas” es la muestra que abre este lunes en la ciudad de
Sao Paulo, Brasil. Faguaga Iglesias participa del proyecto de dieciséis
retratos -dejándose fotografiar-, dejándose llevar por las herramientas
investigativas de la activista y abogada en Derechos Humanos y curadora
Gabriela Cunha Ferraz para llevar a buen puerto esta idea: la de mostrar
la vida de mujeres que reciben asilo en Brasil o están en trámites para
recibirlo, como es su caso.

Cruzar las alambradas conversó con la historiadora, etnóloga y
antropóloga cubana y lo reproducimos hoy en Martí Noticias.

Faguaga tiene una maestría en Antropología Sociocultural y ha colaborado
con decenas de revistas en temas como la problemática racial en Cuba, el
feminismo y las religiones de origen africano en el continente. Ha sido
colaboradora también de las revistas Islas y Neo Club Press. En la
actualidad es profesora de Lengua española y Cultura caribeña en en la
ciudad paulista.

¿Cómo entras en el proyecto de Gabriela, cuando te refugiaste y de dónde
viene una ‘fotografiada’ como la que eres?

Gabriela es abogada y no sé si pueda calificarla como feminista, mas me
consta de su implicación con las problemáticas de la impuesta
subordinación patriarcal y de su denuedo por hacer algo al respecto para
contrarrestar esa situación.

Nos conocimos en Cáritas. Durante un tiempo coincidimos allí, donde ella
era abogada y yo acudía como solicitante de refugio. Así nos fuimos
conociendo y acercándonos. Ella se interesaba por mi situación, sola en
un país donde hay muchos cubanos pero muy pocos en mi condición, donde
claro que no puedo acudir a la comunidad cubana pues tienen otra proyección.

Ella estaba interesada en visibilizar a mujeres refugiadas,
especialmente africanas y afrodescendientes, en situación de refugiadas
o de solicitantes de refugio. Lo cual es importante en un país con alto
índice de racismo antinegro.

Así nos conocimos, nos acercamos, dialogamos cada vez más porque yo
incorporé como antropóloga la situación de las mujeres afro refugiadas
en Brasil. Ella tuvo la idea del proyecto fotográfico y yo, después de
pensármelo un poco, terminé aceptando hacer parte.

Finalmente y aunque ella ya no trabaja en Cáritas sino en Brasilia,
terminamos más que como colaboradoras, como amigas. En la distancia
mantenemos el contacto.

No llegué a Brasil buscando refugio. No salí de nuestra isla con la idea
expresa de no volver. Sí estaba en una situación de fragilidad
psicológica y emocional y, por supuesto, material. Con todo, y pese a
las tantas presiones, seguía produciendo intelectualmente. Por primera
vez las presiones que yo había padecido por años y que en los últimos
tiempos arreciaran, tocaron a mi familia, incluso a mi madre
directamente. Por primera vez temí por las vidas de mis seres queridos y
ellos por la mía. Era el momento de poner alguna distancia, mas pensé
que era solo por unos meses. Sólo que en Brasil me negaron el derecho a
la prórroga del visado por más de un mes. No quedaba otra solución que
entrar con una solicitud de refugio, que hasta el presente no ha tenido
respuesta.

En Cuba no me dejaban opciones. Aquí tampoco. Después de mi regreso de
Estados Unidos había sufrido mucho más. A su vez, carecía de estructura
aquí para quedarme. Carecía y carezco pero… sabía que era lo menos malo
en ese momento. Lo era y lo es para mí y para mi familia. Está claro que
en nuestro país me habían cerrado el círculo intentando que saliera.
Luego me dificultaron en extremo la salida, pese a la supuesta libertad
que ya funcionaba en ese momento para viajar al exterior y regresar, en
fin… desde entonces percibí que había allá gente que no me quería
adentro mas tampoco me quería afuera ¿?

Es de ese panorama -absurdamente desafiante hasta lo dantesco- que vengo.

¿Qué deja en la piel el acto de marcharse y qué hace una mujer como tú
para seguir adelante y que el desarraigo no le ponga frenos a la creación?

Eso deja huellas profundas porque se ha sido absurdamente lacerado. Las
huellas van por dentro y por fuera. Aquí llegaron mis primeras canas…
¿la edad? Yo sé que es mucho más que eso. Con todo, hay que seguir y se
sigue con un sinfín de dificultades pero se sigue. Hay que luchar a
diario con muchas incomprensiones. No se entiende que alguien nacido
después del ‘59 y criado en la isla no sea castrista, y entonces te
ponen el cartelito de “proimperialista”. No se admite que hay racismo en
la isla. En fin…

Súmale el ser mujer, negra, feminista, profesional… te dará una leve idea.

En cambio existen personas como Gabriela, o como el personal de algunas
ONG que tratan con refugiados, y claro, como otras personas, incluso que
puedes encontrarse en la calle, con mucha más disposición para el
intercambio respetuoso, para escuchar otros discursos, para dar crédito
a la posibilidad de que existan otras miradas.

¿A qué puntos de encuentro te has aferrado para seguir siendo una cubana
en Brasil?

Salí de nuestro país como una mujer madura, cronológica, intelectual,
psicológica y emocionalmente. Entonces, ni me propondría ser otra cosa
que lo que soy ni lo conseguiría por más que lo deseara. Soy cubana
aunque identifique mi cubanía con los frijoles negros (ja… que me
encantan pero mi sistema inmunológico no los acepta… mira tú…). No
preciso estar escuchando a Van Van ni llevar conmigo la bandera, ni
cantar el himno nacional. La identidad, simplemente, se vive, se siente,
y los símbolos sólo la refuerzan en los momentos de nostalgia o para
quien necesita ir construyéndosela a cada momento. No es mi caso. No
hasta el momento. Además, siempre está la memoria… con sus lagunas
salvadoras y con sus recuerdos consoladores o no.

La conciencia de que había llegado el momento en el que no podría
continuar en mi país, y mi perseverancia en el trabajo que me vincula a
nuestra nación donde quiera que esa nación esté, y no sólo en nuestro
país, posiblemente eso me salva del desarraigo que mencionas. También el
hecho de enseñar nuestra lengua y de hacerlo a partir de nuestra
realidad, y no de un programa ortodoxo. Así que abro los ojos a mis
alumnos sobre la música cubana que menos circula y a la que percibo que
no acceden. Lo mismo hago con la historia, sin descartar la presente. Y
no les limito cuando me llevan al ámbito estricto de la política. Desde
esos “descubrimientos” que les voy haciendo, les voy enseñando la
gramática y también las formas callejeras de decir.

Y, eso, me ayuda en mi revitalización del análisis que como profesional
hago constantemente de la realidad de nuestro país y de nosotros más acá
o más allá de las fronteras físicas de la Isla. Como también me ayuda en
mi ser identitario.

Pero me niego a comprar aquí -y muy barata por cierto-, la bandera que
no podría comprar en nuestro país porque tendría que hacerlo en divisas,
lo que es ya un contrasentido total, y bien cara.

¿Qué les puedes aconsejar a las mujeres que ‘se van lejos’ para que
puedan salir adelante?

Cuando salimos del país no hay recetas para conseguir soportarlo y
avanzar. Yo sugiero no aferrarse a la idea de lo que quedó, al menos
circunstancialmente, atrás. No se puede tener “cargo de conciencia”. Hay
que hacerse a la idea de que hay que seguir adelante con las decisiones
propias. Y salir, incluso cuando nos han empujado a hacerlo, ha sido una
decisión… a menos que te colocaran directamente en el avión o en la balsa.

Hay que saber que se enfrentarán muchos problemas, obstáculos. Que
tendremos que alfabetizarnos… en todo. Y que la mayoría de las cosas
tendremos que aprenderlas solas. Mi sugerencia es que, en esos casos, la
socorrida fórmula de buscar “un matrimonio” para tener quien nos ayude,
puede ser una trampa de la que luego no se pueda salir. Mas habrá que
tener los ojos bien abiertos, porque siempre habrá quien esté ahí, listo
o lista para “abrirnos sus seductores brazos”. Dejarnos o no dar el
“abrazo del oso” será nuestra decisión, una más.

Es difícil, mucho, pero no imposible. Si lo decidiste, inténtalo por ti.
Cada pequeño logro disfrútalo sin pensar en lo que tenías allá… si tanto
tenías y tan bien te sentías no te hubieras marchado.

Otra sugerencia: no tienes que aceptarlo todo porque “tú eres la
extranjera”, “la refugiada”, “no sabes nada y no tienes nada”, y… cosas
similares. Si no soportaste que te disminuyeran en tu país, no lo
soportes en otro. Y aguántate, porque vas a escuchar de todo por no
soportar humillaciones, desde arrogante a cualquier cosa.

Por supuesto, so riesgo de disgustos e incomprensiones de los otros, no
soportes que te encierren en estereotipos. Tú eres tú, no eres Cuba y
las visiones que de nuestro país se tienen, ni política ni
culturalmente. No tienes que amar al Ché ni ser prostituta. No tienes
que ser chusma ni eres payasa, porque de las cubanas y de los cubanos se
espera siempre que estemos disponibles para la fiesta, lo que para
muchos significa que estemos dispuestos para hacer divertir a los otros.

Una combinación de modestia y humildad con dignidad y suficiencia y, por
supuesto, mucho esfuerzo y disposición para el trabajo así como apertura
para la incorporación de lo que nos sea útil de lo nuevo, me parece
excelente. Aunque, claro, no es garantía de “éxito”. Para este, siempre
tan relativo, no hay recetas.

Source: ‘Mujeres refugiadas’: pautas de una cubana en Brasil –
www.martinoticias.com/content/mujeres-refugiadas-pauta-una-cubana-brasil-cuba-/116809.html

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