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Los ranchadores de esclavos tienen su ‘tribuna’

Los ranchadores de esclavos tienen su ‘tribuna’
El racismo hacia el presidente Barack Obama en la prensa oficialista cubana
jueves, marzo 31, 2016 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Existe un sustantivo cuyo significado es de “triste
recordación” para la historia cubana. Esteban Pichardo, el lexicógrafo,
lo escribiría de la misma manera que Fernando Ortiz: “ranchador”;
mientras que Anselmo Suárez y Romero había registrado el término
rancheador para definir a quienes cazaban esclavos. Ranchador fue
también la palabra escogida para dar título a un cuento escrito por
Pedro José Morillas.

Si el lector supone que con estos detalles sobre el sustantivo, de
“amarga recordación”, pretendo conseguir que se implique con la lengua y
la literatura, se equivoca completamente. Muchísimo menos es mi deseo
desterrar esa palabra de los diccionarios. En esos tomazos me gustaría
que se distinguiera cada letra que la arma con altísimas grafías, de
intensísimo color.

Mi interés, digámoslo de una vez, tiene que ver con la reaparición de un
nuevo ranchador en Cuba, exactamente en la plantilla de la prensa
oficial, justamente en el periódico Tribuna de La Habana. Su nombre es
Elias, y debe ser culpa de la tilde que no pone a su nombre la que hace
que a su prosa le falte gracia y también cadencia. Quien lo lea sentirá
hasta pena su falta de coordinación. Su sintaxis es espantosa, y el que
se atreva a dudarlo que vuelva a leer esa descordinación con la que
embarra el tercer párrafo de ese texto al que tituló “Negro, ¿tú eres
sueco?” Ese parrafito es un horror, y casi peor es la del que sigue; la
coherencia del octavo, es decir la del último, la de ese que cierra el
“trabajo”, es espantosa. Si alguien me pidiera definir la escritura de
este hombre, diría sin recato: ¡No hay parangón! ¡Ni siquiera es lo peor!

Y la verdad es que no consigo imaginar en qué lugar se formó este
periodista que ni siquiera sabe puntuar correctamente. Alguien cercano,
quizá su jefe de redacción o el director del periódico, debían
obsequiarle un diccionario de sinónimos y antónimos. Te juro, Elias, que
resultan de gran utilidad. Y de paso que el jefe de redacción consiga
también uno para él. ¿Dónde estaría ese jefe, o guía, o cabecilla, en el
preciso instante en que debió leer y tachar el tercer párrafo? ¿Dónde
los que leen, en el departamento ideológico, cada texto que se publica
en la prensa oficial? ¿Acaso Argudín estuvo respondiendo a un discurso
oficial racista? ¿Cómo se decidió por ese título? ¿Con qué parte de su
cuerpo escribe este periodista? No me caben dudas: ¡Elias se decide cada
vez por los calcañales! ¿De lo contrario, cómo no se dio cuenta de su
lenguaje cacofónico y de su prosa tan pedestre? El infeliz parece
desconocer cualquier norma de redacción. ¿Se habrá enterado que incluso
también tiene su sinónimo? ¡Yo sí que no voy a hacerle la tarea!

Dicen quienes lo conocen que este hombre es de la raza negra. Si eso
fuera cierto se probaría entonces que no resulta desacertado hablar de
la “escritura de la subalternidad”, esa que distingue a los que se
desenvuelven en los márgenes. Quienes hablan de esa escritura
subordinada, sometida, sierva y seguidora, intentan probar la atención
menor que prestan los maestros, las instituciones, a la enseñanza de un
alumno negro, esos que hasta insisten en hacer ver que a los negros muy
pocas cosas les son fáciles.

Sin dudas a Elias la escritura no se le da. Y si lo que acabo de
escribir no fuera cierto que me diga entonces en qué lugar, y haciendo
qué, estaba él en esas horas que debió dedicar a su formación. ¿Acaso
no pudo consagrarse por un rato al estudio y a mejorar su escritura? ¿No
tuvo a alguien que le exigiera las tareas? ¿Qué lugar tendría este
racista en el escalafón durante sus años de estudiante? ¿Acaso le
otorgaron la carrera únicamente por ser buen revolucionario?

Este periodista fue capaz de llamar negro, con el mayor alarde, con el
peor descaro, a un presidente, y hasta se dio el lujo de cambiar su
nacionalidad. ¡Que mal chiste “periodista”! A Virulo no debieron
permitirle un dislate como ese, y tampoco a este otro “chistoso”; y
léase malcriado, dígase “pesao”, entiéndase “pujón”. Acúñese racista de
la peor calaña. Argudín es el colmo del hombre irrespetuoso, capaz de
maltratar al único presidente norteamericano que decidió venir a Cuba a
dialogar, que se mostró considerado y aseguró que cada una de las
decisiones estarían siempre en nuestras manos. Obama dijo que no venía a
dictar, Obama escuchó a quienes pudieron hablar con él, y habló también,
aunque aquí le señalaran que “guiado por varios telepromters”. ¿Acaso
quienes hicieron esos comentarios creyeron que un negro no podría
improvisar? ¿Suponen que la concentración de melanina es inversamente
proporcional a la facundia y al discurso más fluido? ¿Quiénes son los
racistas entonces?

Este señor dice que en el orden práctico Obama no ha resuelto nada.
¿Acaso es el presidente de Estados Unidos quien tendría que resolvernos
algo? ¿No son los cubanos quienes deben procurar sus soluciones? También
asegura que criticó y que sugirió… ¿No sucede lo mismo en el discurso
oficial cubano? ¿No se critica? ¿No se “sugiere” con muchísima
frecuencia? ¿Acaso no hay cubanos que conversan en Miami o Nueva York
con quienes no comulgan con este presidente o con el otro? Elias no
pensó detenidamente en lo que más tarde iba a escribir, y dejó un montón
de cabos sueltos. Resultó en extremo incoherente.

¿Será que Argudín no se enteró de que Obama jamás apretó el gatillo
como esos policías que matan a los negros? ¿Se habrá enterado de que
entre los que ejercen la prostitución en Cuba abundan hombres y mujeres
de raza negra? ¿Quién distinguió, por sobre todas las cosas, el color de
la piel del presidente Obama? ¿Quién es entonces el racista? Y no dudo
que muchos de sus jefes estén ahora mismo riéndole la gracia, pero que
no crea que será por mucho tiempo, los aplausos durarán un rato, y solo
en el acondicionado silencio de las oficinas de sus jefes. Que no crea
el periodista negro, que pasarán por alto esa desmesura, esa que quizá
le sugirieron; que no crea que no pueden castigarlo, aunque en el
acondicionado silencio de sus despachos no terminen nunca de aplaudir.

Muchos de los estudiosos del cuento de Morillas han visto en su
protagonista a un héroe trágico. Lo mismo creo de Argudín. Y quién se
atreverá a dudar que, en breve tiempo, este “útil redactor” termine
escribiendo, aunque nadie lo lea, algo parecido a lo que escribió
Morillas para ponerlo en boca de su protagonista: “Me retiré maldiciendo
en silencio el destino de mi patria”.

Source: Los ranchadores de esclavos tienen su ‘tribuna’ | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/los-ranchadores-de-esclavos-ya-tienen-su-tribuna/

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