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El largo adiós

El largo adiós
El último artículo de Castro no es solo un desfile de rezagos del
pasado, sino un intento, en el plano emocional más que político, de
minimizar a su hermano menor
Alejandro Armengol, Miami | 29/03/2016 3:13 am

“No necesitamos que el imperio nos regale nada”, dice Fidel Castro en un
artículo con título irónico y racismo subliminal: El hermano Obama. Pero
la cuestión es que el presidente Barack Obama en momento alguno prometió
“regalar” algo. Así que aquí tenemos una frase para el estudio de la
psicología. O la mente de Castro está recurriendo a un típico mecanismo
de defensa llamado proyección, donde el sujeto atribuye a otras personas
las propias virtudes o defectos, incluso sus carencias, o está
extraviada y confundida, y por lo tanto repite las mismas palabras que
él utilizó hace ya bastantes años, cuando la Unión Europa intentó llegar
a un acuerdo de cooperación y ayuda[1].
Por lo demás, si analizamos su texto solo bajo la óptica política, no
hay nada sorprendente. Basta repasar los últimos años de la dictadura
franquista en España para comprobar que las intrigas, los avances y
retrocesos, los intentos de reforma y las vueltas al ideario más
reaccionario y la represión más despiadada fueron el pan de cada día,
con un dictador agotado físicamente y debilitado mentalmente que se
negaba a delegar el poder. Y aquí reside la clave del asunto. A
diferencia de Franco, Fidel Castro sí delegó el poder en su hermano (el
hermano mayor de Franco nunca estuvo cercano a ello). Así que todo se
reduce a la especulación de si las palabras de Fidel Castro tienen
alguna trascendencia, salvo brindar cierto apoyo emocional a los
recalcitrantes (fenómeno por lo demás que ocurre igualmente en Miami,
aunque con el signo ideológico contrario).
El autor
Como ha ocurrido en otras ocasiones, el artículo de Fidel Castro será
titular de hoy en la prensa y olvido de mañana. Pero sí contribuye a dos
aspectos de la realidad cubana. Uno es la especulación sobre la función
de Fidel Castro como retranca a las reformas promovidas por Raúl. La
ecuación hermano mayor reaccionario y hermano menor práctico y
tecnócrata favorece en última instancia al segundo término, al brindar
la justificación perfecta para el inmovilismo. El segundo tiene que ver
con la retroalimentación mental que representa para el burócrata de bajo
nivel, al que muy ocasionalmente brinda la esperanza tonta de que
todavía el futuro pertenece por entero al castrismo.
Por lo demás, la retórica de Fidel Castro no solo es incapaz de “agitar
a las masas”, en favor de una renuncia inmediata a depender de las
remesas y el turismo extranjero —para citar dos fuentes recurrentes e
importantes de ingresos en Cuba— y partir con el azadón y la mocha para
el campo, a la conquista de la siembra y el güiro. Más que a estas
alturas en Cuba deben provocar ese discurso viejo y esas consignas
raídas, lo más probable es que ya no sean dignas siquiera de la
indiferencia, sino de la distracción: los cubanos miran hacia otra
parte. Si lo que en una época se presentó con el disfraz de un ideario
revolucionario y solo fueron metas huecas, impuestas por la fuerza,
volver ahora con tales esperpentos —luego del país atravesar el llamado
“período especial”— es puro delirio.
Aunque para los que desde la niñez sufrimos el “proceso revolucionario”
no hay duda del poder que aún tiene en nosotros Fidel Castro, para
promover conversación y escritura, y de lo cual este comentario es un
ejemplo más. Vale la pena, sin embargo, intentar apartar el texto del autor.
El texto
El artículo —ya no se utiliza la categoría “reflexiones”, al parecer por
la falta de continuidad— es similar a otros anteriores por su falta de
coherencia. Castro no presenta una idea, la desarrolla y concluye, sino
que lanza palabras, conceptos, frases, estereotipos, recuerdos, todo
mezclado en una especie de narrativa cercana a un flujo de conciencia.
En este monólogo uno siempre espera encontrar una revelación, una
singularidad, algún detalle curioso, pero casi nunca ocurre. Dentro de
un marco de referencia, que en lo que respecta a la ciencia y la
historia universal, parece fundado en lecturas repetidas de una
publicación como la Revista Selecciones, se intercalan algunas anécdotas
personales —casi siempre sin mucha trascendencia—, lugares comunes y una
visión del proceso revolucionario que inició y llevó a cabo, en cuya
descripción cada vez más se acentúa una posición a la defensiva: es
perenne la confusión entre la realidad y una serie de supuestos ideales
y metas. Hay en este punto un curioso desplazamiento que solo se explica
como una forma tergiversada de justificación: Castro habla de la
actualidad en términos casi siempre catastróficos, pero ajenos a Cuba:
proyecta lo que podría considerarse su concepción del mundo excluyendo
la realidad cubana. Puede argumentarse que procede así debido a su
alejamiento de la vida pública nacional, pero en la práctica tal
alejamiento no es tal: más bien su actitud es propia de un desterrado,
solo que ese destierro obedece a razones de salud y no políticas.
El cuerpo, que le jugó una mala pasada a Castro —y aquí vuelve a ser
válida la comparación con Franco, que pese a su deterioro físico se
mantuvo al frente casi en todo momento hasta su muerte—, domina ahora su
escritura, no como un proceso natural en todo ser humano, sino en un
sentido físico donde se desprecia la memoria del lector para sustituirla
por una verdad propia solo de quien escribe. Así que poco importa que
este último artículo se limite a lanzar logros de la revolución que no
son tales y vuelva a la repetición de alardes que nunca han de
materializarse: “Advierto además que somos capaces de producir los
alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la
inteligencia de nuestro pueblo”. Para él las continuas cifras de la
incapacidad —endémica a partir del 1ro. de enero de 1959— de producir
alimentos no cuentan, como tampoco el intercalar en el texto párrafos
completamente ajenos al desarrollo de las supuestas ideas.
Ejemplo de este desarrollo marginal en el último artículo de Castro es
desviar todo el argumento Obama. Mandela, raza negra, funeral de Mandela
y apretón de manos entre Raúl Castro y Obama a una discreción sobre
Gleijeses y Risquet.
El subtema Gleijeses aparece en el artículo de Castro de forma
sorpresiva para muchos lectores. Piero Gleijeses es el autor de
Conflicting Missions (Havana, Washington and Africa 1959-1976), un libro
importante para conocer lo ocurrido entonces pero limitado en algunos
puntos por una excesiva influencia de la visión de
Jorge Risquet, quien había sido embajador cubano en Angola, sobre el
asunto. Al volver al tema ahora Castro no solo recuerda que Risquet está
muerto sino en cierto sentido hay cierto reproche encubierto a Gleijeses
—solo explicable a nivel emocional— por esa amistad (“muy amigo de él
[Gleijeses de Risquet]” en la que se siente dejado a un lado.
Sin embargo, el tema de la vanidad personal es apenas un detalle de la
intención fundamental de Castro, y para conocerla hay que remitirse a la
“reflexión” de Castro en octubre de 2008 por la muerte de Mandela, donde
habla más de sí mismo que del líder sudafricano. Ese centro, que ahora
Castro vuelve a repetir, tiene que ver con el hecho de que la guerra de
Angola fue la segunda ocasión en que Cuba estuvo envuelta en un
conflicto que podría haber desencadenado una hecatombe nuclear.
No hay comparación entre la Crisis de Octubre y la guerra de Angola en
cuanto a la dimensión y las implicaciones del diferendo, pero ambas
muestran que el Gobierno cubano, con Fidel Castro al frente, no estaba
dispuesto a detenerse frente a una amenaza de ataque nuclear.
Junto a ese panorama de combatividad, peligro y una posible destrucción
de grandes dimensiones, hay una historia más vulgar y menos heroica.
“Sudáfrica no soportó el desafío y negoció, después que recibió los
primeros golpes en esa dirección, todavía dentro de territorio angolano.
En la misma mesa se sentaron durante meses los yanquis, los racistas,
los angolanos, los soviéticos y los cubanos”[2].
El artículo de Castro de ahora no es solo un desfile de rezagos del
pasado, sino un intento, en el plano emocional más que político, de
minimizar a su hermano menor, al tiempo que una velada o no tan velada
amenaza a Estados Unidos, que por supuesto no trasciende a una pataleta
de viejo. En igual sentido se sitúa otra amenaza más directa a los
propios funcionarios del régimen. El caracterizar las palabras de Obama
de “almibaradas” no es solo llamar al presidente de EEUU “blando y
meloso“, sino recordar lo peligroso que puede resultar en Cuba acercarse
a lo dulce, sea azúcar o miel.
Es esa visión de la historia llena de rencor y lugares comunes es la que
repite Fidel Castro de nuevo en este artículo. Como para perpetuar otro
lugar común: genio y figura…
[1] Durante la celebración del cincuentenario del asalto al cuartel
Moncada, Fidel Castro expresó: “Cuba no necesita a la Unión Europea para
sobrevivir y poder desarrollarse”. Castro además calificó a la UE de
“caballo de Troya” de Estados Unidos.
[2]
www.cuadernodecuba.net/2013/12/fidel-y-los-retazos-del-pasado.html

Source: El largo adiós – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-largo-adios-325219

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