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Conan O’Brien y John Kerry – lo yuma y lo gringo

Conan O’Brien y John Kerry: lo yuma y lo gringo
NÉSTOR DÍAZ DE VILLEGAS | Hollywood | 15 Ago 2015 – 5:21 pm. |

Cuba-EEUU Indio Naborí John Kerry José Martí Leonard Wood Narciso López
Richard Blanco Rubén Darío Sumner Welles
‘Hay mucho de vergonzoso en esta actitud cubana, nuestro descarado
proamericanismo, nuestro amor irreprimible por todo lo yuma.’

El contraste entre las figuras del comediante Conan O’Brien y el
secretario John Kerry merece un comentario. Bien vista, la ceremonia de
izado de la bandera resultó superflua: Conan O’Brien se había adelantado
al Departamento de Estado y, sin más preámbulos, aterrizaba en La Habana
en traje de dril y zapatos caoba, con sus muy norteamericanos seis pies
y cuatro pulgadas de estatura, un irlandés rojo con facha de leprechaun
en busca de su botija de oro.

Ese americano “feo” —el Tío Sam para la era de la televisión por cable—
pertenece a la América clásica, la América “blanca” de hace seis
décadas. Pero lo americano no luce ya como un O’Brien debido a la
creciente y acelerada latinización del país. Una imagen más moderna
hubiese arrojado otro personaje: trigueño y levemente mexicano, como los
hijos de Jeb y Columba Bush —”nuestros negritos” que dijera la abuela
Bárbara—, o como Eva Méndez, la gusanita de la Pequeña Habana que se
llevó a Ryan Gosling. Lo que regresa a La Habana con O’Brien y Kerry no
es la Yuma vigente y actualizada, sino la América mosqueada de Wayne
Smith y Fidel Castro.

Y está bien que así sea: los cubanos esperan, demandan de sus vecinos
del Norte una cuota de extrañamiento, un corrientazo de alteridad, a
pesar de que lo americano siga siendo, para nosotros, mucho más familiar
y entrañable que lo latinoamericano. El personaje de Conan es, a fin de
cuentas, otro estereotipo de nuestro repertorio folclórico, como “el
negrito”, “la mulata” y “el gallego”: no lo que en Sudamérica se
denomina “un gringo”, sino lo que en Cuba se llama “un yuma”, rara avis
de la ornitología política.

Al contrario del “gringo”, el “yuma” es un avatar razonablemente
simpático e inocuo que puede ser objeto de nuestras puyas y parodias, no
de nuestro odio. Conan, el bárbaro, llega de una tribu a la que el
cubano adjudica poderes sobrehumanos: creatividad ilimitada y ciencia
rayana en la ficción. De ahí que cualquier producto, idea o artefacto
proveniente del Norte caiga automáticamente en la categoría de fetiche
creado por los fabulosos “blancos-rubios-de-los-ojos-azules”.

Si aplicáramos a la actual situación el método freudiano del chiste en
su relación con el inconsciente, habría que recordar aquella latica de
Vicks VapoRub con muestras de heces fecales que alguien dejó caer en
camino al laboratorio, y que un cubano recogió y se aplicó en el pecho,
solo porque “aunque huele a mierda y sabe a mierda” viene de la Yuma y
tiene que ser bueno. Esta sana admiración, este racismo feliz,
resultaría extraño y aún repelente a cualquier otro pueblo latinoamericano.

Al contrario de lo que expresara Kerry en su discurso inaugural, para un
“yuma” del tipo O’Brien, los cubanos no somos “vecinos”, sino parte
principal del imaginario americano, una prolongación del territorio
simbólico imperial. Querámoslo o no, hemos sido juguetes del Destino
manifiesto —y si algo se manifiesta en la actual coyuntura es,
precisamente, el espectro de ese destino.

O’Brien representa, además, todo un proceso simbiótico soterrado, un
tipo de promiscuidad que permaneció en el clóset a la fuerza y que los
políticos de ambos extremos se encargaron de negar como algo
vergonzante. Para Cuba ha llegado el momento del coming-out, de la
“salida del clóset”. Se trata, nada menos, que de su declaración oficial
de proamericanismo (“oficial” porque, en Cuba, hasta la negación de esa
negación pasa por la oficialidad). Por fin Cuba es libre de expresar sus
tendencias, sus preferencias y sus deseos más sórdidos.

Hay mucho de vergonzoso en esta actitud cubana, nuestro descarado
proamericanismo, nuestro amor irreprimible por todo lo yuma. Es
inconveniente y políticamente incorrecto: una atracción censurada por la
tendencia regional al bolivarismo, el tercermundismo y las alianzas
culturales origenistas. En ese sentido, la emancipación de la Cuba
americanizada es un hecho positivo, sobre todo para los yumas. El resto
del continente nos reprocha nuestra falta de interés, nuestro desánimo
por lo latinoamericano. Pero no podemos fingir amor por una región
caótica e irresuelta que se extiende justo debajo de nuestro horizonte
de eventos.

Y está bien que así sea. Vivimos el quinquenio más importante de nuestra
existencia nacional amancebados con lo americano, descolonizados por lo
americano. Nuestro primer líder no fue José Martí, sino el gobernador
Leonard Wood; nuestros grandes programas de salubridad y educación
arrancan del gobierno del Mayor General John R. Brooke (el castrismo es
la aberración de aquellos nobles propósitos). De allí parten los
periodos electorales de cuatro años, una constitución moderna, nuestra
dedicación al béisbol y el boxeo, y nuestro tan norteamericano desdén
por el fútbol.

No de otra manera podía ser. La enseña que hoy ondea en la embajada de
Washington DC no hizo más que regresar a casa, es una bandera “yuma”. La
concibieron en Nueva York unos cubanos esotéricos, poetas masones y
patricios proamericanos. Mientras la diseñaban, consideraron poner un
ojo abierto en medio del triángulo, pero la costurera protestó y lo
cambiaron por la “estrella solitaria de Texas”, the Lone Star recién
anexada. La primera vez que ondeó fue en un barco de filibusteros que
venía a liberarnos de otro fidelismo. El fracaso de la expedición de
Narciso López en 1851 fue nuestra primera Bahía de Cochinos.

Kerry, en cambio, representa al típico “gringo”: no un liberador, como
Wood y Brooke, sino un interventor, a la manera de Charles Magoon y
Sumner Welles. Su verdadero propósito es lo que hoy se conoce como
“nation-building”, construcción o reconstrucción nacional, por mucho que
se empeñe en negarlo. Teddy Roosevelt y sus Rough Riders fueron más
sinceros y efectivos en la definición de sus designios, sin contar con
que, al contrario de la Cuba de 1898, la del 2015 necesita, además de la
extirpación del castrismo, una cirugía plástica hollywoodense.

Pero Obama no es Roosevelt, ni Kerry es Wood, y tendremos que
conformarnos con las modestas intenciones de una América irresoluta y
guevarizada; una América que tampoco es la grotesca caricatura que
profetizó Rubén Darío. Por el contrario, los papeles se han
intercambiado y ahora es esta, cada vez más, la América india que “reza
a Jesucristo y habla en español”, mientras que aquella vieja América
“nuestra”, privada de Daríos, debe aceptar al Richard Blanco que Obama
nos endilga como si fuera un Indio Naborí.

Este artículo apareció en NDDV. Se reproduce con autorización del autor.

Source: Conan O’Brien y John Kerry: lo yuma y lo gringo | Diario de Cuba
http://www.diariodecuba.com/cuba/1439630637_16349.html

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