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Negro y maricón

Negro y maricón
M. NÁPOLES / Y. RODRÍGUEZ | La Habana | 8 Jun 2015 – 6:58 am.

Tres generaciones de homosexuales negros recorren sus vivencias de 70
años de la sociedad cubana.

Origen de un mito

La esclavitud de los africanos en América creó mitificaciones sobre este
color de piel que trataban de justificar el derecho de una raza a
subyugar a la otra. Uno de los mitos más difundidos hoy en día, y que
entre la población cubana es aceptado como verídico, es la potencia
sexual del negro. Mostrada por los esclavistas como prueba de su
primitivismo y básicos instintos, obviando las condiciones degradadoras
que el sistema de plantación propició, al confinar en un barracón, por
años, a cientos de hombres sin posibilidades de consumar su derecho al
sexo de forma natural.

Ser un hombre negro en Cuba significa en la memoria popular,
primordialmente, ser un macho, por demás sexualmente dotado de un gran
pene, a lo cual se le adjunta una innata lascivia e insaciabilidad. Se
da por sentado su superioridad en este campo con respecto al blanco. No
se aceptan dualidades, la bisexualidad es refrendada como mariconería
escondida. El mito ha sido tan fructífero que es explotado grandemente
por el turismo sexual.

Por ello, ser negro y “maricón” significa la discriminación absoluta de
blancos y negros. Mientras que un homosexual blanco es visto, e incluso
es ya aceptado, al negro se le desprecia doblemente. Los chistes y
agresiones a su costa son percibidos como naturales, e incluso para
muchos negros, estos gays representan la degradación de su raza.

Incidir en los prejuicios se hace más difícil cuando son ignorados por
los medios y no se educa a las personas en el reconocimiento de las
diferencias. Los esfuerzos del CENESEX, liderados por Mariela Castro,
son cosméticos y van dirigidos a mostrar una Cuba plural, cuando en
realidad la gubernatura mantiene principios mojigatos con respecto a la
sexualidad.

Este artículo cuenta la experiencia de tres generaciones de homosexuales
negros. Sus vivencias recorren 70 años de la sociedad cubana, y refleja
cómo la memoria social y los prejuicios permanecen en una sociedad
machista y homofóbica.

A las dos bandas

Se sienta entre su ahijado y yo, las manos de dedos y uñas muy largos
frotan las rodillas, mientras me sonríe. “Dispara”, parecen decirme sus
ojitos entrecerrados en los que conserva restos de zalamería de su
juventud. Está próximo a cumplir los 90 años. Aún me cuesta creer que
accediera a conversar conmigo; debo agradecerlo a su ahijado, que ahora
me mira por encima de su cabeza y ha dedicado par de días a convencerlo
de que no usaré su foto ni su nombre.

Siento el impulso de poner una mano sobre la suya y decirle que lo
entiendo: no puede ser fácil hablar del rechazo, las presiones a las que
debió ceder, los deseos reprimidos. Pero me equivoco. Este hombre está
convencido de no ser ninguna víctima. “Gocé bastante, desde los 15 años
hasta ahora”. Pero sobre todo se enorgullece de que lo mismo podía estar
con un hombre que con una mujer, y tiene hijos y nietos para demostrarlo.

“Desde niño me gustaban lo mismo los hombres que las mujeres. Tengo
momentos en que me siento hombre y momentos en que me siento mujer.
Estoy en los dos sexos. Lo mismo era feliz con el hombre que con la mujer.”

Asegura que sus padres nunca lo recriminaron. “Decían que cada cuál
nacía con su problema”. Su ahijado, que conoce detalles de esta
historia, le recuerda que su padre era ñáñigo (abakuá). “Él sí tenía
problemas con eso, ¿no?” “Bueno, sí, pero la que contaba era mi mamá. Él
me criticaba y no me criticaba, porque de todas maneras estaba al lado
de él, lo que no le gustaba era que fuera amanerado, que me sacara las
cejas y eso.” Cuando le pregunto si le hubiese gustado hacerlo me dice
que sí, quizás en su juventud. “Pero ahora ya no quiero ni que me hablen
de eso; ya yo gocé bastante, desde los 15 años hasta ahora”.

No se casó por presiones familiares, sino “porque me nació. Me gustaban
las dos bandas. El hombre es muy rico, pero la mujer es muy rica
también”. No cree que su mujer lo supiera “y si lo sabía, le convenía
estar conmigo porque yo tenía cuatro pesos”. Con sus hijos siempre fue
muy reservado. “Se lo podían imaginar, porque la vida es del carajo, y
con el elemento que yo andaba…”.

Menos de un mes atrás, en la actividad por el Día Internacional de la
Lucha contra el Racismo realizada en la sede cubana de la UNESCO, una
señora negra del público afirmó que le dolía ver a un negro homosexual.
Es común que muchas personas piensen así, y hasta expresen que “lo
último es un negro maricón”. Le hago este comentario a mi entrevistado y
le pregunto qué piensa al respecto. ¿Por qué las personas suelen
criticar más a un homosexual negro que a un homosexual blanco?

“No veo por qué. Lo mismo puede ser homosexual un negro que un blanco.
Es verdad que hay negros que quieren destacarse demasiado, más que las
mujeres, pero algunos blancos también. Yo soy homosexual y nadie me lo
puede decir porque tengo mis hijos y me gustan las mujeres, tengo mi
momento para ellas también, y tengo momento en que me gusta un blanco y
me lo echo. No me gustan los negros para mi vida.”

Su ahijado le recuerda al amor de su vida: Ramón.

“Sí, pero es de tu color”, y me señala. Para él una persona de mi color
(negra, pero no muy oscura, lo que la pigmentocrasia cubana describe
como “negra colorada o color cartucho”) no es negra. “Negro soy yo, al
lado mío tú eres blanca.”

Me cuenta que Ramón, quien vive afuera en estos momentos, fue su pareja
durante mucho tiempo. También era casado y con hijos. Se conocieron en
las parrandas, en Atarés. En aquella época, antes de 1959, los lugares
para conocer hombres y tener relaciones eran Prado, El Malecón, algunos
bares.

Le pregunto sobre la vida de los homosexuales en aquel entonces.

“Para mí, igual. Si había uno que me gustaba nos poníamos de acuerdo y
compartíamos. Si se enamoraba de mí, era mi esposo y éramos felices.”
Siente que hay más discriminación ahora que entonces. “La gente decía:
‘mira que lástima, tan joven y homosexual’. Ahora es cuando dicen: ‘mira
a ese negro maricón’. Lo que no se puede ser es descarado, querer ser
más mujer que las mujeres.”

Y como si se me hubiese olvidado, repite que es afeminado, pero le
gustan las mujeres. Sobre todo, recalca una vez más que tiene tres
hijos. “¿Qué puede hacerle a una mujer otro hombre, que no le pueda
hacer yo?” Entonces viene lo más sorprendente: “Tan descarado es el
hombre como el homosexual, porque lo normal es la mujer para el hombre y
el hombre para la mujer. Lo que hacemos nosotros es cosa del Diablo”.

Le pregunto si se siente un pecador y me responde: “Yo soy un gozador.
Es muy rico ser homosexual. Yo he probado los dos sexos y lo mejor que
hay es lo de la mujer”.

Miro a su ahijado por encima de su cabeza y él me confirma, en inglés,
lo que yo sospechaba: “Te dice eso porque eres una mujer; siente que
debe hacerlo”. Pero quizás, es eso lo que prefiere pensar su ahijado;
sin embargo, mi entrevistado se contradice una vez más: “En mi juventud
me sentía mejor con los hombres que con las mujeres”. Dice esto con la
correspondiente coletilla de los hijos y todas las mujeres que tuvo.

Tiene hecho Yemayá y dentro de la religión nunca encontró discriminación
por ser homosexual. “La que me lo hizo era una bandida, que hacía de
todo, pero no la quiero mejor. Decía que la religión no tenía que ver
con el defecto de la persona.”

Mi entrevistado nunca tuvo grandes problemas por ser homosexual; casi
nadie lo supo. “Tuve mujer, tengo hijos, nietos”. Ahora está quitado de
“eso”. Está viejo. “Antes había una cara. La gente decía: ‘mira que
negra más linda'; se ponían para mí y yo también me ponía; tenía mis
noviecitos, mis mariditos.” Pero nunca vivió con un hombre, estos eran
solo “para el momento del deseo”. Asegura que no le habría gustado vivir
con un hombre porque “es muy feo; podemos compartir como hermanos, como
amigos; pero decir que es mi marido, no”. La palabra pareja también le
parece fea. “Mi pareja es una mujer. Es como la invertida, puede serlo
pero tener su marido.”

Sin embargo, cuando le digo que cada vez existen menos prejuicios en la
sociedad, que las parejas homosexuales empiezan a verse como algo normal
y que en algunos países, como Holanda, existe el matrimonio gay, dice
que en esta época se habría casado con un hombre. Su ahijado logra
hacerlo reconocer que en aquella época no vivió nunca con un hombre por
miedo a que los hijos le perdieran el respeto. “Pero yo tenía mi amigo,
mi esposo. La mujer era yo.”

Cuenta que se “fleteaba” mucho en Los Paragüitas y en Vigía, por donde
están los trenes en Atarés. Había preocupación por el qué dirán, pero
afirma que a nadie lo metían preso antes de 1959 por ser homosexual.

El ahijado pregunta si es cierto que muchos gays, en aquella época,
trabajaban en los bayuses (prostíbulos). Responde que sí; los gays
limpiaban y eran los que atraían hombres para que estuvieran con las
prostitutas; él también hizo ese trabajo. Su esposa no lo sabía; la
hacía creer que vendía cosas en una carretilla. “Yo trabajaba y me
ocupaba. Tenía mis clientes de los dos sexos.” Su ahijado le dice que es
“la candela” y él sonríe orgulloso: “Soy completo”.

Vuelve a recordar la época en que era joven y hermoso, y los hombres le
decían que era una negra muy linda. Se me ocurre que quizás le habría
gustado maquillarse, vestirse de mujer, pero niega rotundamente. “Para
ser homosexual no hace falta nada de eso. Ni la invertida tiene que
vestirse de macho.”

Su ahijado le recuerda que han ido a shows de travestis en el cabaret
Las Vegas y a él le ha gustado, incluso ha celebrado a algunas. Pero
solo lo ve bien en otros, para él no le gusta. “Me gusta la sodomia en
el momento necesario.” Sin embargo, tenía un “amigo” que cuando iban a
“compartir” le exigía vestirse de mujer, y a él le gustaba. “Me ponía mi
vestido, mi blúmer, el ajustador con relleno.” Pero aclara que eso solo
le gustaba en privado, y aclara una vez más, que tiene hijos, que es
“completo”, que ha tenido mujeres, maridos, de todo, y lo mejor es… “el
bollo, todo lo demás es artificial”.

Le pregunto si preferiría compartir sus últimos años con una mujer o con
un hombre; antes de que diga nada, le recuerdo que sus hijos no están
aquí, no tiene que dar cuentas a nadie. ¿Qué preferiría? Responde que
una mujer. Supongo que debo conformarme con esa respuesta, pero su
ahijado se lanza más a fondo: “¿Y si pudiera elegir entre una mujer y
Ramón, padrino?” No esperaba esa pregunta, y la probabilidad de que algo
así ocurra es remota, pero responde como si por un instante lo creyera
posible: “Ramón”.

Ha mencionado tantas veces a sus hijos y nietos, pruebas vivientes de su
hombría y capacidad de estar con mujeres, que me despierta curiosidad
sobre ellos, su relación con él. No tiene más remedio que confesarme que
apenas sabe de ellos. Yo había pensado que vivían fuera del país, pero
no es así, simplemente no se ocupan de él. “Mi hijo es este”, dice y
pone una mano sobre la de su ahijado que es quien vive con él y lo cuida.

Solo ahora siento que la verdad de este hombre sube a la superficie: “Me
casé para darles gusto a mis padres, tuve mis hijos, ¿y para qué? No
vale la pena; al final, te quedas solo”.

Reprimidos

El sábado 9 de mayo, durante la VIII Jornada Cubana contra la Homofobia,
me reencontré con un excolega de mi época como profesora de inglés. Lo
separa de mí una ligera capa de melanina y, al afirmar con orgullo que
es gay (siempre lo sospechamos, pero valía la pena preguntar), parecía
perfecto para contarme su experiencia de ser negro y “maricón”, en
nuestro país.

Mi excolega estaba más que dispuesto a contar su experiencia, que a
grandes rasgos incluía años dentro del closet de una familia machista
(mujeres incluidas). Existía solo un problema: “Yo no soy negro”.
Blanco, sabe que no es; pero negro, menos aún. Cuando le pregunto si
puede presentarme a algún amigo negro homosexual, entre los 40 y 50
años, me señala a uno más oscuro que nosotros dos. A este no le incomoda
la descripción de “negro”, y está dispuesto a compartir conmigo y los
lectores su experiencia, sin dar su nombre. Le llamaré Luis, porque es
un admirador de Luis Carbonell.

Tiene 44 años. Aunque no estudió una carrera universitaria, se graduó de
un técnico medio y ha pasado distintos cursos. Ocupa un puesto de
responsabilidad en un juzgado y le gusta el teatro, la lectura, “el buen
cine, la buena música cubana”.

“Descubrí que me gustaban los hombres en la adolescencia. Me di cuenta
de que no era algo bien visto, pero siempre me he dado a respetar.
Cuando era niño, un tío dijo que me veía pájaro, y mi mamá dejó de
hablarle. Con el tiempo a ella le decepcionó que yo fuese así, tuvimos
varias discusiones aunque nunca caímos en faltas de respeto.”

De la reacción de su padre habla poco; sus padres se divorciaron cuando
era niño. Vagamente recuerda a su padre diciendo a su madre: “si este
sale pájaro que se olvide de mí”. Pero es un recuerdo lejano que no le
afectó gran cosa. Quizás, porque hace solo 15 años que conoce la
dirección de su padre. “Bueno, no la dirección, porque aún no sé dónde
vive, sino el teléfono”. De su sexualidad no habla con él. Ahora tienen
un poco más de roce. “Lo veo dos o tres veces al año, es marino
mercante.” Fueron muchos años de distanciamiento. Luis supone que quizás
influyó su homosexualidad que resulta evidente, aunque es más bien
sobrio y discreto.

No se ha sentido discriminado en las escuelas donde estudió ni en
centros de trabajo. “Siempre me he dado a respetar. Un amigo negro y
homosexual, como yo, me dijo una vez que nosotros debíamos darnos a
respetar más que nadie, porque teníamos dos grandes problemas: ser
negros y homosexuales, así es que la gente nos discriminaba más.”

Sabe que no es patrón de la discriminación, pero la ha visto contra
amigos más “amanerados”, algunos fueron presos por homosexualidad. “Uno
ellos que ahora tiene más de 50 años, saludó a otro en Coppelia, y un
policía le cayó atrás hasta que lo detuvo, por ser homosexual.”

Aunque no se considera patrón, cuenta que una vez la policía lo detuvo
cuando regresaba del Teatro Nacional con su pareja y un amigo. “Nos
detuvimos en un tramo de calle oscura, porque mi pareja y yo cumplíamos
aniversario, queríamos darnos un beso e intercambiar regalos. Nos
pararon y querían llevarse a mi pareja, creo que porque era un poco más
amanerado que yo. Tuvimos que darle dinero a los policías para que nos
dejaran tranquilos.”

A su pareja lo describe como alguien de mi color, aunque usa la palabra
mulato.

“También he sentido la discriminación cuando he estado en el Malecón, y
los policías han llegado y han dicho: ‘Los pájaros para allá’. Ellos
tenían a los gays de la calle 23 para allá y a los hetero de 23 para
acá, y no te dejaban pasar para el otro lado.”

También se ha sentido discriminado por hombres (de cualquier color) que
se han acostado con él y por el día no lo saludan, porque llevan vida de
“machos, hombres, heterosexuales entre comillas”.

“En el negro hay mucho miedo a la familia, al qué dirán, porque el negro
siempre se ha asociado con la fuerza, la virilidad. Homosexuales ha
habido siempre, pero no se asociaba a los negros.”

Me cuenta que conoce a una mujer negra, muy preparada además,
universitaria, cuyo hijo está preso por robo, pero a ella lo que le
preocupa es que lo pongan con homosexuales. La señora tampoco está de
acuerdo con que Mariela (Castro) quiera legalizar las uniones entre
homosexuales.

Mientras al fondo se oye la voz de la Dra. Mariela Castro Espín y el
coro que la sigue con la consigna “Unidad en la diversidad” (sexual, no
política, por supuesto), Luis opina que la sociedad se ha abierto entre
comillas. “Nosotros tenemos que darnos a respetar un poco más. No
importa si quieres vestirte de mujer, aunque no lo considero necesario
para ser homosexual, pero hay que darse a respetar; también influye el
nivel cultural.” Tampoco cree que la sociedad cubana esté preparada para
el matrimonio entre personas del mismo sexo.

En cuanto al tema del racismo, “…lo veo todos los días en la televisión.
Seguimos sin tener protagonistas negros. Mi abuela veía un programa
infantil hace unos días y decía: ‘ninguna negrita'”. Pero piensa que
tanto las personas negras como los homosexuales “tenemos que ganarnos el
espacio”.

Unos 20 minutos después, converso con Loreto (lo llamo así, porque me
recuerda a alguien con ese nombre. El suyo no me lo dirá). Tiene poco
más de 50 años. Es mucho más oscuro que Luis, más amanerado también,
menos elocuente. Sobre la reacción de su familia ante su orientación
sexual: “La que contaba era mi madre y ella siempre me aceptó”. Está
convencido de que en este país “no hay racismo”. Lo único que tiene en
común con Luis, además de su gusto por los hombres, es que a él también
lo detuvo la policía en la calle por ser homosexual. En su caso, uno
solo. Como Luis, tuvo que pagar para que lo dejara seguir su camino,
pero no en efectivo, sino en especie: “Ven para que me la ma…”. A
algunos amigos suyos los metieron presos por homosexuales en aquella
época. Él prefirió no pasar por lo mismo.

Sin miedo a expresar su sexualidad

Raudel es el maricón más connotado del barrio. Lo veo pasar todos los
días cuando va a la bodega en busca del pan. Es un chico negro de 19
años, extremadamente amanerado, camina balanceando las caderas,
enfundado casi siempre en unos shorts muy corticos, camiseta ajustada
sin mangas y un pañuelo enrollado en la frente. No tiene reparos en
darme una entrevista, es muy amigo de mi hija desde que fueron
compañeros en la escuela primaria.

Se graduó de obrero calificado en elaboración de alimentos hace dos
años, una carrera que le garantiza el desempleo, su madre lo mantiene,
sus esfuerzos por buscar trabajo han sido inútiles, es rechazado cree
él, más porque necesita experiencia que por su homosexualidad. No teme
hablar sobre su vida, asumió su preferencia desde niño. Concientizó “su
asco a las mujeres” a los nueve años, en la primaria solo le gustaba
jugar con las niñas, amaba las muñecas y odiaba el deporte.

“Creo que nací con el sexo equivocado”, me dice, “me encantaría operarme
para cambiarme el sexo”. Sus sueños son imposibles en Cuba por eso se
conforma con travestirse en las noches cuando va al Parque Céspedes o
por las cercanías del Hotel Santiago en busca de sexo. Su gran sueño es
convertirse en transexual.

“Nunca me he escondido, en la secundaria me senté con mi papá y mi mamá
y se los dije, ellos notaban algo, pero no me dijeron nada. Mi mamá lo
tomó bien, pero mi papá sí me apartó, ahora cuando voy a verlo tengo que
vestirme normal.” Son las únicas veces que se viste “de hombre”; su
forma de vestir es un desafío, provocativa y retadora, señala su
orientación sexual.

A causa de ello, recibe constantes agresiones verbales y físicas, pero
él no es aguantón, responde con la misma moneda a los agresores. Las
agresiones empezaron en la secundaria, se burlaban, le ponían nombretes
y muchas veces se fajaba a la salida. Nunca tuvo un amigo, era un
apestado, andaba con las hembras. Allí se acostumbró a no dejarse avasallar.

Ha tenido muchas peleas callejeras, la más dura hace poco, cuando
regresaba a su casa en la noche y cuatro muchachos le gritaron “Mira a
ese pájaro, vamos a caerle a piñazos” y se le abalanzaron. Pensaron que
él era mango bajito, pero pudo con ellos: pateó, mordió, tiró piedras y
palos y les rompió las camisas. “Salieron huyendo”, me dice sonriendo
orgulloso, “me estoy dando a respetar”.

Siente que lo discriminan más por ser gay negro. “La gente se asombra
cuando ve a un gay negro, te dicen: ‘qué puerco’. ¿Y los blancos no lo
son? No sé explicarte el por qué de la diferencia, los blancos son más
flojos que los negros, se usaba ser un gay blanco por eso lo toleran, a
los negros nos corretean, nos tiran piedras y yo…. ay dios mío…”

Se angustia un poco, recorre mentalmente acontecimientos dolorosos de su
joven vida y decido salir del tema preguntándole si ha tenido pareja
estable: “No, soy un poquito excéntrico, chanchullero y ellos dicen
espérate, muchos tienen pena, tienen miedo a mostrarse; son los que se
esconden, están con su mujer y por la madrugada te buscan”.

No desea relaciones duraderas. Su traumática entrada al sexo en la
secundaria, donde fue conejillo de los muchachos que querían probarse,
era la única manera de explorar su sexualidad. Encuentros fortuitos son
los que ha tenido hasta ahora, y no cree posible que en una ciudad como
Santiago una pareja gay exprese abiertamente su amor, y mucho menos con
un aspirante a transexual como él.

Su temor a la estabilidad también se basa en el terror que sufrió a los
14 años, cuando su madre casi muere al darse candela con alcohol por
culpa de un hombre. La quiere mucho, pero a su vista están siempre las
feas cicatrices que la deforman. Y por ahora enamorarse no está en sus
planes.

“He visto parejas de la mano en la Habana, pero aquí nunca”, me dice.
“Ahora hay algunos que se visten de mujeres y se ponen por las noches
cerca del Hotel Santiago, en una parte oscura de la avenida, pero cuando
te vistes así tienes que tener cuidado, ahí vienen algunos que te pagan
para que se la mames y después te golpean. Y nada de llamar a la
policía, porque es peor. Aquí no se celebran marchas por el orgullo gay,
en ese sentido estamos atrasados.”

Le advierto de los peligros de la promiscuidad pero, como todo joven, se
siente impune. No cree que le toque, y aunque hasta ahora reniega de una
pareja, sí le gustaría tenerla para el futuro y quizás tener una
familia. Mantiene la esperanza en que Cuba se abra realmente y se
formulen leyes en favor de los gays. Realizar una boda gay sería
extraordinario.

“Está ocurriendo en el mundo, al final tendrán que aprobarlo”, dice. “Es
un derecho que tenemos.”

Source: Negro y maricón | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1432126080_14679.html

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