Racismo – Cuba – Racism
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El racismo

El racismo
NICOLÁS PÉREZ

En ocasiones ocurren cosas, incluso aparentemente insignificantes, que
pueden aclarar y cambiar nuestros criterios.

En una ocasión estaba en mi celda 84 del cuarto piso de la Circular Uno
que compartía con Manino Gómez y Eraise Martínez pensando en las
musarañas, y de pronto, veo que Eraise tira un libro que estaba leyendo
contra la pared y dijo: “Esto es deprimente, horrible”. Recojo el libro
del suelo y al día siguiente comienzo a leerlo con curiosidad. Cuando
termino de hacerlo, también lo tiro contra la pared indignado.

El libro era Arrodillaos ante el sol naciente, de Erskaine Caldwell, una
de las obras maestras de la literatura norteamericana.

Los libros y las películas si te dejan indiferentes son mediocres; si te
indignan y golpean, dan una medida de la calidad de la obra.

En mi retiro no me separo del televisor viendo el 97% de mi tiempo
películas de Hollywood que son pura basura, pero en ocasiones, hay
algunas que valen la pena y me involucro en ellas. Hoy voy a adentrarme
en un territorio que solo es capaz de hacerlo con tanta genialidad mi
amiga y admirada Gina Montaner, nadie es capaz de cubrir el cine como lo
hace ella.

En esta ocasión me refiero a la película Fruitvale Station, dirigida por
Ryan Coogler. Mi obsesión es tanta sobre el tema de Cuba, que con un
egoísmo nacionalista profundamente errado, he estado ausente en mis
análisis de lo que ocurre en el mundo y en los propios Estados Unidos.

Hoy una película me ha devuelto a la realidad que me rodea, me ha
conmovido e indignado, sobre la frecuente brutalidad policial que llega
hasta a los asesinatos de afroamericanos a todo lo largo y ancho de este
país, algunos con plena impunidad y que ocurren con una frecuencia
alarmante.

¿Quiénes son los culpables? ¿La policía, los que los dirigen o acaso una
minoría afortunadamente mínima de jueces que a la hora de juzgar toman
partido por la fuerza pública y en contra de los afroamericanos porque
llevan en su interior prejuicios raciales?

Fruitvale Station no solo cuenta el asesinato de Oscar Julius Grant de
22 años en Hayward, California, el 1 de enero del 2009 a sangre fría por
un policía, estando desarmado e impotente, sino que al oficial del orden
público lo acusaron de homicidio involuntario, fue condenado a 2 años y
cumplió 11 meses. ¿Destruir la vida de un inocente vale solo once meses?

Fruitvale Station no es una gran producción, no hace malabarismos de
diálogos, ni divide a los personajes entre santos y perfectos canallas,
su impacto reside en su sencillez e imparcialidad.

El hombre ejecutado por un policía es alguien con virtudes y defectos,
el típico afroamericano que quiere transformar su vida pero las
circunstancias no se lo permiten. Esta película me llevó a pensar que la
gran desgracia del afroamericano en este país no es el color de su piel
sino sus niveles de pobreza.

Oscar Julius Grant no un fue un santo. Amaba a su familia con adoración,
pero le fue infiel a su esposa. Pierde su trabajo por sus propias
irresponsabilidades, incluso se alude que por ayudar a una hermana a
pagar el alquiler de su casa rozó ligeramente la venta de drogas
menores, aunque ninguna droga es menor.

Esta película me angustió y llevó a entender que la gran razón de la
tragedia de los afroamericanos no es ni siquiera el color de su piel,
sino su falta de oportunidades para salir adelante.

Cuando eligieron presidente a Barack Obama, pensé para mis adentros que
esto podía ser el principio del fin de la discriminación racial en los
Estados Unidos. Hoy pienso que, irónicamente, el hecho de tener un
presidente afroamericano ha acrecentado en este pueblo el odio de un
segmento de la población, inexplicable y absurdo, porque llevan el
racismo en el tuétano de los huesos.

En mi niñez, en Cárdenas, pueblo donde me crié, existían las diferencias
culturales, sociales y económicas, pero no raciales. Un diferente color
de piel no marcaba ninguna diferencia, ni recuerdo ningún acto de
despreciable racismo en Cárdenas. Ya en mi juventud llego a la cárcel, y
allí no había blancos ni negros, solo presos, todos iguales frente a la
Guanina, la bayoneta y la salvajada comunista.

He tenido muchos amigos, pero una sola inmensa amiga que desde hace más
de siglo no la llamo por su nombre, la llamo “mi hermanita”. Nos
hablamos por teléfono frecuentemente y nos visitamos, le cuento todas
mis alegrías y dolores como no hago con nadie. Y cuando me casé con La
China, porque la sentía tremendamente cerca la escogí a ella y a su
esposo entre tantas amistades entrañables como padrinos de nuestra boda.

Ella y yo no tenemos el mismo color de piel, pero tenemos lo que
realmente importa, el mismo color del alma.

Source: NICOLÁS PÉREZ: El racismo | El Nuevo Herald El Nuevo Herald –
http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article20756229.html

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