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Rapear en negro – Situación social y racismo

Rapear en negro: Situación social y racismo
JORGE ENRIQUE RODRÍGUEZ | La Habana | 7 Abr 2015 – 6:55 am.

¿Por qué el empeño del Gobierno en controlar o reprimir el activismo hip
hop? Es simple: los raperos no cantan mentiras.

Todo discurso ciudadano que se articula en contra del racismo en Cuba,
está condenado al silencio público o al ninguneo. En el más triste de
los casos —que suele ser casi una regla—, al abucheo, también público,
que indistintamente fabrican los blancos y los negros musulungos* que
integran la élite política e ideológica del Gobierno, junto a “los
suaves latifundios” que componen sus estamentos culturales.

Para no ir demasiado lejos en el tiempo, bien podría servir como ejemplo
el simulacro de foro que, desde La Jiribilla, se edificara contra
Roberto Zurbano y su artículo “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t
Begun”, publicado en The New York Times el 23 de marzo de 2013.

Más allá de la retractación de Zurbano —en la creencia equívoca de que
su “fusilamiento” civil estaba sustentado en que los editores de The New
York Times habían trastrocado el título de su artículo— y del urgente
alistamiento del “pelotón”, quedaba en evidencia la verdad a rajatablas:
el Gobierno no se permitirá, mientras dure su concepción del mundo,
ceder un ápice de su monopolio sobre los espacios públicos. Mucho menos
para ventilar temas que pongan en jaque las prefiguradas “conquistas de
la revolución”: salud pública y enseñanza gratuita; igualdad social y de
derechos; medios de producción en manos del pueblo. No importa si para
salvaguardar estas “conquistas” tiene que recurrir a su poder mediático,
político y policial en función de amordazar, reprimir o desacreditar la
más mínima independencia de criterio y, por consiguiente, violar cuanto
derecho humano exista.

Justo un año antes del “caso Zurbano”, el Departamento de Cultura del
Comité Central del Partido Comunista —existe una frase muy popular que
reza: “si Dios quiere y el Partido aprueba”– consentiría en dedicar una
jornada anual al centenario de la masacre de los Independientes de
Color. Para ello se calendarizaron un sinnúmero de acciones —todas y
cada una moderadas por, y desde, la gendarmería gubernamental—, cuyas
únicas trascendencias, a modo general, serían ratificar la subordinación
ideológica del parnaso de los intelectuales y denunciar, con cierta
tibieza, las imposturas racistas de varias instituciones, donde el
Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) se llevaría la peor parte
del tiro al blanco.

Pero, en honor a la verdad, habría que reconocer que el carácter
coercitivo de la Constitución, respecto a las libertades ciudadanas,
apenas permite espacio a la práctica real de las libertades civiles. En
su artículo 53, la Constitución dicta que:”Se reconoce a los ciudadanos
libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad
socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por
el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros
medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden
ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso
al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad”.

No es este un ensayo ni un estudio antropológico o historiográfico sobre
el racismo. Es simplemente otra de las muchas voces ciudadanas —en tanto
el silencio no es condición humana, sino usufructo de nuestros miedos—
en su intento de cuestionar, a sabiendas de todos los riesgos y
limitaciones, las premisas que se han prestado a esa confusión
(convertida en verdad oficial) que resuelve que, la situación social del
negro a partir del triunfo revolucionario y la igualdad social
ratificada en la Constitución de 1979, extinguieron o aliviaron el racismo.

Posterior a enero de 1959, es evidente que la situación social del negro
cambiaría en términos significativos. De igual modo que la situación de
los campesinos, con la Ley de Reforma Agraria; aunque, años después, la
misma revolución coartara la prosperidad de estos con la eliminación del
Mercado Libre Campesino.

Ahora bien, ninguno de esos cambios en la situación social (referidos al
negro) deben ser percibidos e interpretados a la ligera. Es conveniente
comprender antes “la tragicidad de la negritud”, como irónicamente
algunos colegas le llaman, en franca burla a los negros musulungos que
intentan dotar de cientificidad y bellos eufemismos al racismo que
sufren cotidianamente y en carne propia.

Cuando hablamos de que el acceso a la educación superior —por ende a los
oficios socialmente prestigiados, mejor remunerados y con posibilidades
de superación— es igual para todos los cubanos, se deja fuera un
elemento crucial: que la abrumadora mayoría de los cubanos negros
continúan viviendo en los barrios marginados, y dentro de estos, en las
peores condiciones de vida.

Ser obrero calificado, o a lo sumo técnico medio —en oficios y labores
que apenas tienen desarrollo, porque las desacertadas políticas
económicas han conllevado a la ruina de la infraestructura industrial
del país— es la expectativa promedio trazada para los negros.

Esto se explica en el círculo vicioso que impera en las familias negras
y que se vuelve, por generaciones, en destino. En busca de una mejoría y
condicionados por su mala calidad de vida —personal, social y
económica—, los jóvenes negros optan por abandonar los estudios para
empezar a trabajar y contribuir al sustento familiar. Otros llegan a los
estudios universitarios por el camino más largo: eligen especialidades
técnicas —de dos a tres años— para llevar, conjuntamente, trabajo y
estudio. El esfuerzo de estos últimos jamás ha sido incluido en el
relato blanqueado del Gobierno y sus instituciones.

Aunque en ocasiones esta “ruleta cubana” se debe a las decisiones
familiares e incluso personales, sería inmoral desestimar que más de
cincuenta años de mal gobierno no tienen incidencia determinante en la
perpetuación de estas situaciones. La educación y la salud “es gratuita…
pero cuesta”. La crisis económica y de valores, de la década de los
noventa, finalmente develaría que la igualdad social, más que un
espejismo para incautos, fue una mentira colosal, de la cual el Gobierno
es responsable único. También se evidenciarían los costos reales de
estas “conquistas revolucionarias”.

Si no sabes, no te metas

En el prólogo a Delirium Tremens —antología de teatro del absurdo en la
obra de Eugenio Hernández Espinosa—, el dramaturgo y ensayista Alberto
Curbelo advierte lo que gran parte de los exégetas sobre temas de
racialidad y de género han olvidado a sabiendas: “La identidad nace de
la toma de conciencia de la diferencia; y únicamente con la asunción de
estas diferencias se llega a ser ineluctablemente libres”.

En el caso cubano, el relato de la igualdad —que históricamente no ha
sido otra cosa que la pugna por centralizar el poder y atomizar las
diferencias— alcanza su obra maestra con el triunfo revolucionario de
1959. La historiografía de Cuba, que reseña su lucha por la
independencia y la soberanía como nación, es una fuente que ratifica que
la revolución cubana no traería nada nuevo ni auténtico en términos de
igualdad. Que se haya tardado en revelarse cinco décadas, no desmiente
que la naturaleza del poder es convertir a los ciudadanos en clientes.
Eso en el mejor de los casos.

Es la cultura hip hop, que cristaliza a inicios de la década de los
noventas, la que por vez primera asume a la comunidad como espacio
público para replantear “el problema negro desde el negro”. Y fue en
esas comunidades donde sus activistas hallaron la complicidad —abierta o
encubierta— para que ese espacio público no fuese blanqueado ni
penetrado por las doctrinas del Estado, representadas en programas
socioculturales para masas. Es decir, con las primeras acciones del hip
hop se inician a su vez los primeros pasos hacia una conciencia de la
diferencia y hacia el civismo.

En principio, a esas políticas culturales que según el Estado “están
encaminadas a elevar la calidad del pueblo”, se opusieron las tesis que
Krs One había enunciado en su texto The gospel of hip hop —comúnmente
conocida como El evangelio del hip hop— e hicieron de una de sus frases
un grito de conciencia y asunción: “hip hop es la voz de una generación
que se rehusó a ser silenciada por la pobreza urbana”.

Anteriormente a la consolidación de la cultura hip hop (junto a la
ráfaga de incómodos temas sobre los cuales había imperado un silencio
absoluto), ninguna otra figura —ni artística, ni cultural, ni social, ni
religiosa ni política— fue paradigma ni representación para los negros
de las comunidades. Su representatividad estaba dictada en lo que el
Gobierno había establecido e institucionalizado para todos los cubanos
por igual: “los héroes de la tradición heroica de lucha”, siempre que
sean ratificados por los cancerberos de la historia oficial del PCC.
Negar que únicamente en esto la revolución ha cumplido algún término de
igualdad es simplemente mentir.

Fue a través del discurso rapero que los negros de las comunidades
—llamadas por el Gobierno en su eternidad eufemística “barrios
desfavorecidos”— se vieron realmente representados. Tanto ellos como sus
realidades históricas y presentes.

Los negros, y esta es otra de las grandes verdades que el Gobierno se ha
empeñado en borrar (auxiliados por las élites blancas y por los negros
musulungos), no necesitan de héroes. Necesitan ser representados y no
discriminados. Necesitan que sus realidades inmediatas sean
contempladas, pero más allá de una estadística económica nacional que
absorbe sus entornos. Necesitan alzar la voz para expresar que la
igualdad social no ha funcionado para la redención del negro; y que la
situación social, resultado de las erróneas políticas del gobierno, no
ha hecho más que condicionar y robustecer el racismo. Pero necesitan
mucho más trabajar enfocados en una premisa vital: restaurar la memoria
histórica y devolver a las comunidades su protagonismo en la conducción
de sus procesos sociales, culturales, económicos, religiosos,
artísticos, políticos.

A falta de “héroes”, que en su interpretación representaran para ellos
un paradigma, al menos racialmente hablando, eligieron a personalidades
que apenas eran abordadas en ninguno de los niveles de enseñanza. Jesús
Menéndez, Aracelio Iglesias, Aponte, Plácido, Ivonet… fueron los
primeros nombres en aparecer en la lírica rapera. A ellos le sumaron,
por los mismos razonamientos, figuras negras universales tales como
Malcom X, Martin Luther King, Leroi Jones, James Baldwin, Amilcar
Cabral, Patricio Lumumba.

El tema “Igual que tú”, de Primera Base, más que un ejemplo es un
homenaje cabal a Malcom X; y también demuestra que la lectura sobre su
quehacer no era superficial ni respondía al simple cliché de erigirse un
símbolo de rebeldía a la altura de las circunstancias:

/no sé si habrá justicia en este mundo / mucha malicia y una tendencia
egoísta / por eso te recuerdo con el corazón Malcom / tú estás siempre
con nosotros / y con razón bien alto / este es mi homenaje a ti /
ministro / no será un simple pasaje será algo distinto / algo que te dé
tu verdadero lugar / algo que de fuerzas para luchar / tú siempre estás
ahí / influyendo sobre mí / transmitiendo tus ideas desde el más allá
hasta aquí / estás vigente, ahora y siempre / y aquel que intente decir
que tú no fuiste / ese no siente / quisiera ser un negro igual que tú /
con esa gran virtud que todo exige / gran líder / ser grande /

La indagación y el estudio sobre las tradiciones negras, desde el teatro
hasta la música, desde las artes visuales hasta la literatura, se
convirtieron en lógica de vida. Revisitar la historia de Cuba y objetar
la participación o no de los negros dentro de sus gestas fue caldo de
cultivo y apertura hacia la independencia de criterio. Fue un hecho
conmovedor que muchos jóvenes negros (sus padres y sus abuelos)
conocieran, finalmente, que existió un intento de rescatar a los
estudiantes de medicina fusilados por los colonialistas españoles. Los
autores, negros y ñáñigos, fueron masacrados en el intento la noche
anterior al fusilamiento. Suceso que fue silenciado por la colonia en
aquel entonces, y que la revolución jamás se interesó en rescatar de los
archivos ocultos.

Ciertamente no fueron los raperos o los activistas de la cultura hip hop
quienes develaron hechos como estos a la luz pública; pero sí
contribuyeron con cada acción comunitaria a trasmitir el conocimiento de
estos legados.

Dijeron negro, pero a mí no me contaron

Cuando a principios de la década de los noventa el grupo de rap Amenaza
“candeleaba” los barrios habaneros con el tema “Achavón Cruza’o”, es muy
posible que en ese momento no hayan imaginado siquiera que se daba
inicio a una toma de conciencia entre los jóvenes negros de los barrios.
Toma de conciencia que evolucionaría hacia un activismo que todavía late
en el presente, a pesar de la dispersión y del arbitraje institucional
que favorece, con un cinismo de vértigo, a quienes representan un
discurso lírico “políticamente correcto”.

Ya en “Achavón Cruza’o” se registraban los primeros indicios de orgullo,
de responsabilidad histórica y de dignidad por ser negro; de
autovaloración, determinación y exigencia ante una retórica nacional
donde apenas se visibiliza a lo negro y lo mestizo:

/ sé bien que también formo parte de aquel manantial de sangre/ mira mi
pinta / así nací / no me arrepiento ni sintiendo tu mirada de desprecio
/ también soy congo / también fui esclavo / también mis esperanzas
sufren para aquellos que el racismo no ha acabado / soy rumba / yoruba
andabo / y no acabo hasta ver lo mío multiplicado / no ves que soy pinto
/ achavón cruza’o / negro como el danzón / el son cubano / negro como
esta mano / negro como mi hermano / dijeron negro pero a mí no me
contaron / dijeron blanco pero en ese clan no me aceptaron / dijeron
tantas cosas / soy el ser que nadie quiso /

Sin embargo, sería Grupo Uno, la primera acción concreta, en 1995, de
activismo sociocultural desde el hip hop en conciencia de sí mismo como
movimiento. La extinción de los Festivales de Rap en Alamar y la
disolución de Grupo Uno —más allá de los desaciertos que cometieron sus
gestores— es un símbolo paradigmático de la manipulación, tremendamente
eficaz, que conjugaron la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y el
Ministerio de Cultura, para asimilar y desarticular a un conjunto de
activistas negros que comenzaron a pensar con cabeza propia.

“Jóvenes rebeldes”, un tema casi olvidado de Grandes Ligas, advertía de
las emboscadas que sutilmente conjugaban estas instituciones,
determinadas a corromper las esencias de la cultura hip hop y del
movimiento rapero. Los Festivales de Rap, con acta de defunción firmada
en 2004, no fueron simplemente un evento comunitario, sino un hervidero
donde la verdad de las calles y de su gente dinamitaba los escenarios.
Los Mcs de Grandes Ligas, sin importar la desmemoria, fueron profetas en
su propia tierra:

/somos cabecillas de gente que hablan realidades en estos tiempos / por
ejemplo / sangre afrocubana derramada, coagulada por Somalia, por
Angola, por Etiopía / montones de años anteriores de látigo / cepo /
caña cortada a machete por los ancestros de estos jóvenes / héroes
jóvenes rebeldes luchando por un final incierto / error de mente / error
de esfuerzo / tergiversación de la idea central de lucha/ sin conocer el
futuro oscuro / se está viendo / que se está viviendo /

La desarticulación de la plataforma programática que representaban las
gestiones de Grupo Uno, no es en absoluto la única reacción
gubernamental contra el activismo negro, nucleado en torno al hip hop y
al rap. Aun cuando el discurso rapero incluye aristas como la crisis de
valores morales, el desencanto de los jóvenes ante un presente y un
futuro precario, la violencia doméstica contra la mujer y en los
barrios, el machismo; no cabe dudas de que la discriminación racial y de
género son el denominador común y el que con más recurrencia y
profundidad se aborda. Es decir, la realidad de los negros dentro de las
comunidades es, en esencia (siempre lo fue, desde sus inicios en el
gueto norteamericano), la naturaleza intrínseca y razón de ser de la
cultura hip hop. Por ende, aunque pueda parecer reduccionista, atacar o
desvencijar a este movimiento implica apagar la voz del negro.

No importa, incluso, que la situación social de los negros sea pésima,
moderada o buena. Sencillamente, y he aquí el equívoco primero, el
racismo no termina donde mejora la situación social. La situación social
condiciona las gradaciones del racismo, eso no admite discusión, pero no
lo extingue. Los raperos viven y discursan desde esa convicción.

A pesar de cuánto se pueda coincidir o discrepar, hasta la séptima
edición del Simposio Internacional de Hip Hop —organizados y convocados
por La Fabrik y auspiciados por la Agencia Cubana de Rap (ACR)— se
rendía tributo a los objetivos que se suscribieron desde su primer
capítulo: “validar zonas temáticas silenciadas por el burocratismo
gubernamental; fortalecer y promover elementos del movimiento que
estaban a la zaga respecto al rap (sin dudas el elemento que logra más
movilización); fomentar el conocimiento, la superación, la integración,
la identidad y la identificación con la comunidad”.

No es un secreto que el simposio ostentaba una presencia y participación
internacional de altísimo nivel y jerarquía, llegando a convertirse en
un evento catedrático por excelencia para Latinoamérica, y de referencia
para Europa. Asimilado totalmente por la Agencia Cubana de Rap, a partir
de su octava edición en 2012, se decretaría también su acta de defunción.

Entender a La Fabrik solo como la unión de tres agrupaciones de rap
—Obsesión, Doble Filo y Hermanazos— es quedarse con la mitad del cake.
Desde ese proyecto, que tenía fuertes alianzas institucionales, en tanto
el repertorio de las agrupaciones que lo integraban era interpretado
como “políticamente correcto”, se gestaron las primeras presentaciones
de raperos en las cárceles. Muchísimo antes de que a Silvio Rodríguez y
al Comité Central del PCC se les ocurriera “blanquear y después vender”
un acontecimiento que, se sabe, no tiene nada de altruismo ni de
solidario, ni pretende cambiar las mentalidades y los destinos a cuanto
ciudadano se le ha privado de su libertad.

La insistencia de La Fabrik —para ser justo, en este caso, de Obsesión—
en conectarse con la historia negra de los negros, con aquellos
intelectuales negros que no militaban entre los musulungos y con los
intelectuales blancos que no le habían vendido su alma al diablo, tenía
un objetivo ambicioso. Ambición que desafortunadamente quisieron obviar
y no compartir no pocas agrupaciones raperas y activistas del hip hop.
Es imposible conocerse a sí mismo si antes desconoces de dónde procedes.
Nunca podrá saberse cuándo tenemos viento en contra o a favor, si no
tenemos definido hacia dónde vamos.

Conocer, por vías no blanqueadas, los aportes del negro en la historia
de Cuba, es saber (eso sí) el tamaño descomunal de la estafa que la
revolución ha cometido, en tanto sus dos gobernantes únicos, los
hermanos Castro, han negado haber traicionado la historia del negro. Aun
cuando el tema de Obsesión, “Calle G”, insista en culpar al historiador
Eusebio Leal de canonizar a José Miguel Gómez, la gran verdad continúa
ausente en sus textos:

/ y no me digan que es por patrimonio / que no se puede tumbar porque es
de Eusebio / esta no es una solicitud para escritorio / es una exigencia
del pueblo / no entiendo qué es lo que hace ese tipo ahí / después de
una revolución que se hizo aquí / qué fue lo que pasó con la memoria de
este país / no sé a ti / pero a nosotros no nos representa / túmbenlo
urgente / por Los Independientes / además en la misma calle están
Salvador Allende / Benito Juárez / Eloy Alfaro / no sé si tú me
entiendes / la firma quién la da / vamos, de quién depende /

Las comparaciones, al igual que las soledades, son malas consejeras.
Cuando llevar las “pasas” sin peinar y vestir atuendos más acordes al
“aire afro”; cuando tener la piel negra se volvería un motivo de orgullo
(y para ser justos una razón de negocio); cuando estas conciencias
dejaron de ser una moda para representar una especie de resistencia (un
grito desde los barrios marginales), inmediatamente se empezó hablar del
racismo de los negros.

“Los negros son peores racistas que los blancos”, sigue siendo la
expresión común que los blancos y negros musulungos edificaron, a falta
de un argumento más decente, para describir el despertar de la
conciencia que los negros visualizaron desde su diferencia. Es un modo
burdo y cínico de desacreditar el hartazgo del negro ante un cepo
disfrazado de consignas y paredes de mampostería. La comparación, aun
cuando es cierto que existe un racismo negro, es aberrante. Nada,
excepto la mordaza de una dictadura totalitaria maquillada de
antiimperialista, sería capaz de propiciar la afirmación de que “el
racismo de los negros es peor que el racimo que sufren los negros”.

Un tema que supo tomarle el pulso a esta aberración fue “Lo negro”, del
extinto grupo Los Paisanos:

/con cinismo se comenta que el racismo empieza por nosotros mismos / te
dicen que eres negro y tú dices que eres mestizo / enfatizan los típicos
desertores de la raza / que se casan con un blanco pues no quieren
peinar pasas / tanto en la calle como en la casa / da pena vivir esta
farsa / negro es mi pensamiento / negro son mis movimientos / negro es
como me siento / por fuera y por dentro / negro fue Jesús Menéndez / Bob
Marley con su prende / color que no se vende / puño arriba si me entiendes /

Pocos años después, Raudel, a quien todos conocen como Eskuadrón
Patriota, pondría en entredicho las realidades en su tema antológico “No
más discriminación”:

/racismo, segregación, discriminación / poder blanco absoluto
controlando la nación / la gente negra es subyugada, sufrida, reprimida
/ un presidente blanco con una blanca ideología / las escuelas son
centros de retención / de asimilación / de conocimiento pero de poca
información / a los negros no le enseñan su historia ni su tradición /
pero sí le educan de que el blanco ha sido la salvación / cómo se va a
identificar mi hija / en una sociedad que le habla de igualdad, pero
practica la supremacía / los blancos van con privilegios / en exclusiva
/ y la comunidad negra es ignorada y absorbida / solo un seis por ciento
en posiciones elitista / y la televisión cubana sin fachada es ultra
racista /

La ignorancia mata a un pueblo

La creación de la ACR —16 de septiembre de 2002— como respuesta a la
proposición de los propios raperos en las sesiones del primer congreso
de la AHS, en el verano de 2001, fue una obra maestra del Gobierno.

Ese mismo año, creadores, promotores y activistas del movimiento hip hop
y del movimiento pro-negro en Estados Unidos —entre ellos Danny Glover y
su esposa—sostuvieron un encuentro con Fidel Castro. Los temas de ese
encuentro eran sumamente importantes; pero solo un punto resultaba
atractivo para Castro: la importancia de la consolidación y la unidad
del movimiento progresista hip hop en Latinoamérica y el Caribe, como
bloque y resistencia frente a la hegemonía imperialista y sus
transnacionales del mercado artístico cultural.

En cambio, la urgencia en la búsqueda de estrategias y alternativas de
promoción para la creación artística y la acción cívica, y el
imprescindible papel de la comunidad en el replanteamiento de las luchas
antiimperialistas, no estaban entre sus planes. El interés de Castro,
como bien se sabe, no estaba determinado por altruismo ni solidaridad
con los negros. Las causas de su interés al respecto deben buscarse en
sus conspiraciones con Stokely Carmichael, activista al que no pocos
consideran como fundador de las bases de los Black Panters.

No fue un hecho gratuito que Castro haya acudido a ese congreso de la
AHS donde, por supuesto, estuvo a cargo de las palabras de clausura. Su
visto bueno hizo posible la creación de la ACR.

Los raperos tenían voz, se escuchaba allende los mares y los barrios
eran su espacio público, además de contar con la complicidad de la gente
de a pie. Por primera vez los negros se sentían representados, y por
primera vez se hablaban de sus problemas… sin tapujos, sin panfletismo.
Por tanto, había que hacer algo urgente ante esta oleada negra, y si hay
algo que distingue a Castro, es no subestimar a nada ni a nadie. Lo que
pocos saben es que necesitaba quedar bien con Dios y con el diablo. Y
una vez más le saldría bien con la creación de la Agencia.

Los activistas norteamericanos quedaron complacidos por el gesto
benefactor del patriarca, mientras que, simplemente y para los adentros,
se creaba otra herramienta de control que, sin dudas, ha rendido sus
frutos. Es lamentable, pero cierto: los autores intelectuales de la ACR
no fueron los raperos, ni siquiera la AHS; sino Fidel Castro.

En febrero de 2014 fue cancelada Movimiento —la revista cubana de hip
hop que auspiciaba la ACR—. Ésta representaba el único espacio que
intentaba trazar y legitimar una cartografía literaria sobre la cultura
hip hop en Cuba. Catalogada como “revista de música” por unos y como
“revista sociocultural” por otros (convengamos que ambas son dos
argumentos válidos), Movimiento era en realidad, después de once
ediciones en su prontuario, la “única revista para negros” que reflejaba
el problema negro.

¿Por qué ese empeño del Gobierno, a través de las instituciones
culturales, de asimilar —si es preciso, reprimir— el discurso rapero, al
activismo hip hop y todo lo que este vincula? Es simple. Casi una
operación de aritmética. Los raperos no cantan mentiras; los activistas
no promueven mentiras… y los negros de los barrios —como todo cubano, al
fin y al cabo— están hartos de mentiras. Quieren verdades y es evidente
que el Gobierno no está interesado en ofrecerlas. Todo ello conlleva a
que las comunidades sean el espacio público ciudadano; esencialmente
aquellas donde el cuento de la igualdad, las conquistas y las
gratuidades no funciona siquiera como maquillaje.

Otra pregunta esencial es: ¿por qué a los intelectuales les resulta
harto difícil conectar con el ciudadano y establecer en las comunidades
su espacio público? Fallan por una razón sencilla, que Rafael Rojas
explica, implacable, en su ensayo El arte de la espera…

“[…] La ausencia en la isla de un espacio público, donde se confronten
discursos culturales y políticos, donde los poderes sean interrogados y
donde el mercado de las ideas construya una nueva moral cívica, hace que
los intelectuales no se comuniquen con la sociedad. El intelectual
cubano habla para sí, para sus colegas del gremio o para el poder. Su
mensaje está entrampado en una jerga corporativa. Por eso las pocas
expresiones de libertad y disidencia que alcanza este grupo dentro de
Cuba se resuelven en foros marginales. Allí el hombre de ideas ha dejado
de ser un resorte de la opinión pública para convertirse en una voz que
calla. Algunos hablan luego de recibir un mandato, como una caja de
resonancia de las estrategias centrales del Estado. Pero los que se
atreven a cuestionar o disentir tienen en su contra todo un mecanismo de
descalificación y aislamiento. Es indudable que la mayoría de los
intelectuales cubanos ha optado por el silencio y tan solo esta elección
revela el grado de disolvencia que afecta a la cultura insular. […] Como
el Estado ocupa y domina, en forma absoluta, la sociedad, cualquier
reacción contra él se vuelve una reacción contra Cuba, el orden
revolucionario y sus símbolos. En los últimos 40 años el pueblo cubano y
su cultura han cedido sus propios significados al nombre de Revolución […]”.

En fin que, de algún modo, las condiciones de marginalidad hacia donde
la revolución ha conducido (o mantenido en otros casos) a gran parte del
cubano negro, han funcionado como ventajas para que la cultura hip hop,
y sus propuestas de reconfigurar el civismo, fortalezcan los nexos con
las comunidades, incluso más allá del tema de discriminación racial.

No es desacertado afirmar, incluso, que no pocas de las “reformas”
experimentadas desde 2008 fueron establecidas desde las puntualidades
que el discurso rapero rimaba a cuenta y riesgo. Sobre esto queda rezar
para que la historia en lo adelante no olvide cuánto le debe la sociedad
cubana (fundamentalmente los negros) a lo poco o a lo mucho de sus
aportes por una Cuba verdaderamente democrática y libre de elegir sus
destinos.

Aunque raperos como Soandry AKA Hermanos de Causa, desde la aspereza de
su lógica poética, no permiten que olvidemos jamás que el silencio y la
desmemoria son los enemigos a derrotar. Su tema “El negro cubano” nos
recuerda que:

/ el negro cubano es la escoria de su isla / pues no conoce su historia
/ y así vuelve a vivirla / y se conforma con las migas que le da un
señor / que le dice: “no te quejes, antes estabas peor” / por culpa del
imperialismo / el mismo invasor que hoy tiene visa de turismo,
mastercard y más valor / que el que lucha por este socialismo / que solo
te habla del racismo que hay en el exterior / cuando aquí no se nos
quiere detrás de un mostrador /. La escuela no habla de Los
independientes de color / y los del ICRT te trasmiten lo que son:
instituto cubano de racismo en televisión / Entonces por qué ir más
lejos para hablar de discriminación/

Lamentablemente, el discurso rapero actual, en alguna medida, ha
abandonado no pocas focalizaciones temáticas que distinguían la aspereza
de su lógica poética y de vida. Quizás ante el hastío de bregar durante
años a contracorriente; quizás ante las nuevas posibilidades abiertas a
raíz de la extinción del permiso de salida —condicionando otra ola
masiva de migración—; quizás por razones personales, lo cierto es que el
movimiento rapero ha ido cediendo espacios que había ganado en buena lid.

Ante la cancelación de la revista Movimiento; la inclusión, por segunda
vez, de una oleada reguetonera en la ACR y el arrecio de prohibiciones a
no pocos eventos, los raperos se han escudado en el más fatal de los
silencios. El racismo ya no es una punta de lanza, como tampoco la
violencia de género, en las premisas del movimiento. Apenas algún que
otro tema aislado asoma en las actuales producciones discográficas. Lo
negro y el negro, sin dudas, se ha diluido en el azogue de un discurso
que un día, no tan lejano, significaron la razón de ser de una
generación que, en verdad, se negó a ser silenciada por la pobreza
urbana. Solo queda la añoranza.

* Musulungo: Término que se refiere al individuo negro con vocación
servil ante los intereses de los blancos. Es el resultado del
blanqueamiento de la historia.

Source: Rapear en negro: Situación social y racismo | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1427816684_13691.html

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