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En Cuba existe una ideología del blanqueamiento

«En Cuba existe una ideología del blanqueamiento»
YUSIMÍ RODRÍGUEZ LÓPEZ | La Habana | 31 Mar 2015 – 4:32 am.

Juan Antonio Madrazo Luna, coordinador nacional del Comité Ciudadanos
por la Integración Racial, analiza el racismo a través de la historia de
Cuba y propone medidas para combatirlo.

Durante los días 10, 11 y 12 de diciembre de 2014, asistí al IV Foro
Raza y Cubanidad, convocado por el Comité Ciudadanos por la Integración
Racial (CIR). El evento abordó importantes temas relacionados con el
racismo, la situación de los afrodescendientes cubanos en el pasado y el
presente, así como los retos que se plantean para toda la población con
las reformas económicas, y particularmente para este grupo,
históricamente desfavorecido.

Menos de un mes más tarde, he buscado a Juan Antonio Madrazo Luna,
coordinador nacional del CIR, activista y periodista independiente, para
continuar conversando sobre la siempre polémica y nunca resuelta
cuestión racial en Cuba.

¿Cuál ha sido su experiencia personal con el racismo?

Hace dos años entré al mercado de Carlos III, casi no había clientes y
los empleados estaban relajados. Una de ellos, joven, blanca, le dijo a
otro trabajador: “Alerta, acaba de caerle una mosca a la leche”. Me
enfadé y pedí ver al administrador, pero todo quedó en una discusión, no
hubo procedimiento. No existen mecanismos preventivos contra el racismo
en Cuba.

Además, he sufrido el constante asedio policial en lugares turísticos.
Una vez, estaba en el Parque Central con dos amigos blancos cubanos, y
una noruega se acercó a preguntarnos algo. Conversamos con ella un
momento y se retiró. Cinco minutos después vinieron policías y me
pidieron identificación. Cuando mis amigos fueron a mostrar las suyas,
les dijeron: “ustedes, no; él (yo)”. He entrado a boutiques como la del
Hotel Comodoro, y las empleadas blancas me han ignorado, pero minutos
antes, han entrado clientes blancos cubanos a los que han preguntado muy
amablemente: “¿En qué puedo ayudarle, en qué puedo servirle?”. Cuando he
pedido que me muestren una pieza de ropa, me han respondido: “Eso es muy
caro”, como asumiendo que los negros no podemos pagar determinados
artículos.

También en la comunidad empresarial, como gerente comercial y
administrativo durante mi etapa laboral, tuve una legión de
administradores subordinados a mí que privadamente comentaban su
desagrado al ser dirigidos por un negro. Eran cuadros de dirección de
cuya “integridad revolucionaria” y confiabilidad como militantes del
Partido nadie dudaría. En Cuba se puede ser militante del Partido y
racista; disidente y racista. Es algo que forma parte de nuestra
intimidad. Otra experiencia puede ser estereotiparme como músico o
deportista, más recientemente se va incorporando la etiqueta de
religioso. Me ha sucedido en la terminal 2 del Aeropuerto José Martí,
vía Habana-Miami, y en algunas cadenas de mercado en Miami al
identificarme como cubano. Cuando en ambas orillas respondo que ni
músico, ni deportista ni religioso, y afirmo negro y disidente, negro y
político, la gente me mira asustada.

En los últimos años se han extendido, entre activistas y estudiosos del
tema racial en Cuba, los términos afrodescendiente y afrocubano para
englobar a negros y mestizos cubanos. Los escuché en el Foro Raza y
Cubanidad, convocado por el CIR. ¿No ve en esos términos el peligro de
fragmentar al pueblo de Cuba?

Los veo como íconos de autoestima. En Cuba existe una ideología del
blanqueamiento y por eso los términos son poco aceptados en nuestra
sociedad, incluso entre personas negras.

No escucho a los blancos cubanos definirse como hispanodescendientes o
francodescendientes, sino como cubanos, simplemente…

Ahora, con la llamada “Ley de nietos”, o los llamados españoles sin
España, muchos marcan la diferencia. El rechazo a los términos
“afrodescendiente o afrocubano” se debe a la vergüenza de la negritud.
Muchos tienen la marca de África en la piel y les avergüenza. El racismo
está también en la ideología del mestizaje, como mecanismo de defensa
para silenciar las tensiones raciales en el discurso político. Por
ejemplo, cuando se usa la frase de José Martí: “Cubano es más que
blanco, más que negro, más que mulato”, la filosofía del color cubano
propuesta por el poeta Nicolás Guillen, o se apela a la transculturación
propuesta por Fernando Ortiz, son maneras de silenciar y omitir el tema.

El término afrodescendiente se convirtió en una identidad política a
partir de un par de eventos tan importantes como el Congreso Mundial
contra el Racismo, celebrado en Durban, Sudáfrica, en 2001, y la
Conferencia de Santiago de Chile, pues fue negociado por las redes
transnacionales de América Latina y adoptado como categoría de identidad
por la ONU e instituciones globales como el Banco Mundial.

En las nuevas generaciones, muchos lo están asumiendo, principalmente
los involucrados en la estética de los movimientos underground de la
cultura urbana y el hip hop, artistas plásticos y activistas de los
derechos humanos. Muchos que en Cuba pasaban por mulatos y se
identificaban como blancos, al vivir en Europa han redescubierto su
afrodescendencia y la han asumido. Pero en Cuba muchos lo rechazan,
incluso dentro de la llamada Comisión Aponte, de la Unión Nacional de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). El término es una identidad
política, pero también un mecanismo de autoestima. La intención no es
fragmentar ni dividir. Pero sentirse afrodescendiente también es la
voluntad de tener una conexión horizontal con el Atlántico negro, con
nuestra diáspora.

A través de la historia, la población afrodescendiente de Cuba ha sido
la más explotada, relegada y desfavorecida, desde la llegada de nuestros
ancestros esclavizados, durante el período colonial y en la República.
Esto lo heredó el llamado Gobierno revolucionario en 1959. ¿Qué
responsabilidad puede achacársele al Gobierno cubano por el racismo en
Cuba, si este ha existido a lo largo de nuestra historia? ¿Es justo
considerar racista a este gobierno?

Gracias a la reforma migratoria he tenido oportunidad de viajar y
comparar la sociedad cubana que, en términos raciales, se parece mucho a
la colombiana y a la brasileña, donde no hay una democracia racial. El
racismo que en Cuba hoy asume nuevas máscaras y lenguajes, nos marca
desde la época de Cecilia Valdés. Aquí el síndrome de Cecilia Valdés
está muy enquistado. La ideología del blanqueamiento no ha desaparecido.
La llamada revolución cubana la heredó y la ha reciclado a través de su
narrativa oficial. Muchos negros y mestizos cubanos fueron favorecidos a
partir de 1959, pero fue erróneo afirmar en 1962 que el racismo había
sido abolido por decreto. Personas como Juan René Betancourt propusieron
al Gobierno cubano una especie de política de acción afirmativa para los
afrocubanos, porque los puntos de partida de estos respecto a los
cubanos blancos no eran los mismos, debido a la desventaja histórica.

Con la revolución, desaparecieron las sociedades de negros y mulatos,
que aunque eran un mecanismo de segregación, e incluso durante la
colonia el gobierno creó las sociedades de españoles de color para
silenciar las voces independentistas, en algún momento jugaron un papel
importante en el empoderamiento de los afrodescendientes, en lo cívico y
lo educacional.

Sin embargo, la revolución no eliminó las sociedades españolas y las
chinas. Quedaron dos caribeñas, pero las de negros y mulatos fueron
eliminadas; incluso las maceístas, en las zonas centrales del país,
donde hay más racismo. Muchos intelectuales y embajadores negros,
considerados parte de un black power cubano, fueron condenados al
ostracismo. Hablar sobre la racialidad atentaba contra la unidad
nacional. Aún hoy, muchos dentro de la llamada ortodoxia revolucionaria
estimulan eso, por lo que el tema aún no forma parte de una agenda
pública. Así piensan incluso algunos dentro de la llamada Comisión Aponte.

El racismo nunca desapareció, simplemente se enquistó en el discurso
privado. No dejo de visitar una obra monumental de la literatura cubana
que es Cecilia Valdés; ahí hay todo un racismo lingüístico que permanece
en el siglo XXI. Mientras el gobierno revolucionario libraba batallas
internacionalistas, según ellos en nombre de la lucha contra el racismo,
aquí se encarcelaba a intelectuales como Carlos Moore, hombre de
izquierda que en su momento aplaudió la revolución cubana, como lo hizo
Walterio Carbonell hasta sus últimos días, pero muchos fueron
condenados. Juan René Betancourt fue desterrado a Argentina. Moore se
asiló en la Embajada de Guinea, es el único cubano que se ha asilado en
una embajada africana. Muchos intelectuales negros, como Juan Benemelis,
director del Departamento de África del Departamento de Relaciones
Exteriores, fueron condenados al ostracismo. Más adelante, el Partido
dinamitó Ediciones el Puente; entre quienes la dirigían había negros y
homosexuales, pero también intelectuales blancos comprometidos con la
lucha contra la discriminación.

No ha habido voluntad política para eliminar el racismo. Ahora, cuando
se preparan nuevos escenarios para la sociedad cubana, es más necesario
que nunca incluir el tema en una agenda pública. Desde la sociedad civil
y la intelectualidad se está exigiendo un debate. En 2012, unos treinta
artistas jóvenes afrodescendientes intentaron realizar una exposición
titulada Siclemia, en el Centro de Desarrollo de las Artes visuales, que
buscaba dialogar con las dos exposiciones Queloide, hechas antes, y
reflexionar sobre el tema racial. Aparecieron muchas trabas que lo
impidieron. Es una muestra del desprecio del gobierno hacia la
diversidad racial del país. Defiendo esta idea; además existen
instituciones racistas, como el Instituto Cubano de Radio y Televisión
(ICRT), el Ministerio de Inversión Extranjera, la Oficina del
Historiador de la Ciudad. Aquí, hemos hecho un mapeo del personal
laboral y hemos conversado con quienes trabajan como custodios, entre
otros. Casi todos son afrodescendientes, pero cuando ves sus currículos,
muchos son economistas, o hablan varios idiomas. Ninguno trabaja en la
Agencia San Cristóbal o en el departamento de restauración.

Para que veas que también hay racismo en la publicidad: En la Avenida
Boyeros, hay un cartel de la Asociación Nacional de Comunicadores de
Cuba*, sobre el ruido ambiental. Quienes producen bulla y escándalo, en
el cartel, son negros. Eso alimenta los estereotipos y los prejuicios
contra la población negra. Somos una sociedad racista, sin mecanismos
preventivos desde la Educación y los Medios para combatir el racismo.

Días atrás, la actriz Yuliet Cruz estaba invitada al programa Mediodía
en TV. El conductor le preguntó sobre su participación en la película
Conducta. Ella contó que Daranas le había propuesto el personaje de la
madre de Chala y ella leyó el guión. Luego le dijo que para aceptar el
rol, debía ver al niño porque si era más oscuro… Ahí el conductor la
cortó. En países como Brasil, que ha avanzado en el tema del racismo con
las políticas afirmativas, o en Europa, Estados Unidos, eso habría
generado una protesta. Aquí no sucede nada. Plataformas como el ARAAC
(Articulación Regional para América Latina y el Caribe), donde hay
personas que admiro, o la Cofradía de la Negritud, ven estas cosas y no
actúan. Creo que a la vanguardia del tema de los medios está el blog
Negra Cubana Tenía que Ser, de Sandra Álvarez. Sobre todo está
visibilizando la historia de la mujer negra, que es siempre la más
sufrida en el tema del racismo, no solo por parte de los grupos
dominantes o los blancos, sino por los propios hombres negros. Otra
narrativa que está estimulando el racismo es la del reguetón.

Usted mencionaba a Carlos Moore. Casualmente, durante la Primera Jornada
Cubana contra el Racismo, convocada por el ARAAC, se mencionó una cita
suya: “Aunque soy crítico del problema racial, pienso que en la
revolución, el negro ha avanzado más que en toda la República”.

Coincido totalmente. Aunque muchos dentro del ARAAC y de la llamada
Comisión Aponte nos han acusado de pertenecer a la “afroderecha” y de
ser anexionistas, cuando siempre hemos condenado el embargo desde una
posición socialdemócrata. Conozco muchas familias negras que
aprovecharon las oportunidades brindadas por la revolución y se hicieron
profesionales. Sin embargo, esa no es la representación que hace el cine
cubano de las personas negras.

Aunque es cierto que en un principio la revolución benefició a muchas
personas negras, en la actualidad, las oportunidades se reducen. Cuando
vemos los trabajos que desempeñan como cuentapropistas, siguen siendo
carretilleros, limpiabotas, figuras coloniales. En los anuncios de
Revolico.com, muchos de estos nuevos ricos que buscan empleados para sus
negocios y restaurantes, aclaran que los quieren blancos. Te decía que
muchos negros con títulos y dominio de idiomas trabajan como custodios.
Pero cuando se han hecho auditorias del gobierno en tiendas recaudadoras
de divisas y el sector de hotelería, quienes han comprado títulos son,
en su mayoría, personas blancas.

¿Qué puede o debe hacer nuestro gobierno para contribuir a eliminar el
racismo?

En los últimos años, el gobierno cubano ha admitido en la arena
internacional la existencia del racismo en Cuba, y se ha incorporado a
mecanismos internacionales que tratan de prevenir la discriminación
racial. Esta lucha no es parte de una agenda impuesta por los EEUU, sino
de una agenda global, como también lo es el empoderamiento de la
comunidad LGBTI; ambas categorías son enclaves fundamentales en la
frontera de los derechos humanos. No solo hay racismo en América Latina,
sino en Europa, donde además está resurgiendo el odio contra los judíos
y la población islámica.

En Colombia, una sociedad completamente racista, existen los mecanismos
de empoderamiento. Hay un ministerio para atender estos asuntos
públicamente. Hace un par de años, el gobierno cubano afirmó haber
nombrado un vicepresidente para atender esta esfera; hasta ahora se
desconoce quién es. En la conferencia del Partido, también estaba en la
agenda, pero nunca salió a la luz pública.

La educación y los medios de comunicación deben jugar un papel
fundamental en atacar las bases logísticas del racismo. Fortalecer la
autoestima y la dignidad humana. Los prejuicios están muy vivos en las
relaciones horizontales entre alumnos y en las relaciones verticales
entre alumnos y profesores. Claro, los profesores tampoco están
capacitados para solucionar conflictos para comunicarse con las
dinámicas de las desigualdades; no tienen a la mano las herramientas,
pues la pedagogía antirracista brilla por su ausencia.

Durante años se ha alimentado la idea de que son los negros los que
mantienen el régimen…

Muchos creímos en plataformas como Color Cubano, que en su momento jugó
un papel importante, pero fue desmantelada. Pienso que debe haber una
voluntad política del gobierno para incluir el tema en su agenda y que
debe existir un debate público que puede hacerse a través de los medios.
Es un tema que inquieta a muchos, no solo a personas negras. Se debe dar
mayor autonomía a plataformas como el ARAAC y la Cofradía de la
Negritud, cuyos radios de acción se limitan. Hay muchos activistas, como
Tomás Fernández Robaina y Roberto Zurbano, Gisela Arandia, Sandra
Álvarez y los propios raperos, con ganas de trabajar.

El movimiento de hip hop fue de los pioneros en visibilizar la
problemática racial e intentar empoderar la autoestima de los negros,
pero también fue dinamitado. Se debe revisar la narrativa oficial que se
nos ha brindado. Hay que incorporar a muchos héroes negros de nuestra
historia. La única referencia que tiene mi sobrina es Antonio Maceo, a
quien pintan como un machetero. En la revista Zunzún, destinada a los
pioneros, la imagen de Maceo aparece cada vez más blanqueada. En 2013
estuve en Miami invitado a una conferencia en la Casa Bacardí; al final,
alguien me preguntó si había visto la foto de Maceo. Cuando me lo
mostraron, era un Maceo trigueño casi rubio. Eso es parte del racismo de
ese barrio cubano ultramarino que es Miami. No hubo manifestación de
racismo hacia mi persona, pero apenas vi negros en Miami, casi siempre
en los barrios más pobres. En los mercados, la gente me miraba cómo
diciéndome que aquel no era mi lugar. Unas empleadas cubanas me hablaron
en inglés tomándome por afronorteamericano. Me dijeron que allí no se
ven negros. Cubanos que llevan mucho tiempo allá me explicaron que,
aunque el panorama político ha cambiado mucho tras el fallecimiento de
Jorge Mas Canosa, continúa el racismo, estancado desde 1959.

El racismo está entonces presente tanto en el llamado gobierno
revolucionario como en el exilio…

Cuba es una sociedad racista. Aquel barrio ultramarino pertenece a Cuba,
pero también te encuentras a muchos blancos cubanos en esa comunidad
transnacional de cualquier clase social que se sensibilizan con el tema.
Eventos migratorios como el Mariel y la Crisis de los Balseros fueron un
espejo para recordarle a la ciudad de Miami que Cuba también es negra.
Para que veas a dónde llega el racismo de parte de la comunidad de
Miami: cuando El Nuevo Herald publica una noticia sobre un acto de
repudio, un desfile del 1 de mayo, o una concentración en la llamada
Tribuna Antiimperialista, las fotos siempre muestran a los negros y
negras cubanas dando golpes en el acto de repudio o participando en las
concentraciones. Aunque participan negros y blancos, las fotos siempre
muestran a los negros. Durante años se ha alimentado la idea racista de
que son los negros los que mantienen el régimen. Eso es en realidad un
mecanismo de dominación que también empleó el gobierno colonial cuando
creó, no solo los casinos para españoles de color, sino las milicias de
pardos y morenos. El Estado cubano lo ha reciclado.

“Cuba es un país donde lo difícil no es ser hombre, lo difícil es ser
negro”, reza una canción del cantautor Frank Delgado, pues el racismo
antinegro y los estereotipos pesan muchísimo. Por supuesto, no podemos
pasar por alto otras etiquetas racistas como palestinos, blanco sucio,
calcañal de indígena, piolo, petrolera, negrones, que están muy bien
acomodados en el discurso privado y en el público. También otras
identidades foráneas como los eslavos, estudiantes africanos y
latinoamericanos han experimentado el racismo cubano. Las mujeres
eslavas, y después las europeas occidentales, le enseñaron a los cubanos
que lo negro también es bello. Siempre vemos el racismo en una sola
dirección, pero muchas personas blancas han sido víctimas del racismo,
pues por solo tener una amistad con una persona negra se le etiqueta
como “blanco sucio” o de orilla. El racismo nuestro está relacionado con
intimidad, proximidad. Somos un país en el cual a través de la máscara
del cariño no dejan de recordarte todo el tiempo que eres negro. Cuba
necesita de su propio proceso de reparación de víctimas en todos los
sentidos.

Cuando se discutía la propuesta de declaración final, durante el último
Foro Raza y Cubanidad, alguien apuntaba que debía quedar claro que el
trabajo de la sociedad civil no es llenar los huecos que deja el
gobierno en su gestión. ¿Qué está haciendo la sociedad civil cubana para
combatir el racismo?

Lo hacemos a través del Proyecto Animando Sonrisas, que realizamos hace
cuatro años en comunidades pobres con mayoría de población
afrodescendiente; estas comunidades no existen solo en La Habana, sino
en el centro y el oriente del país. Trabajamos con niños marcados por la
desigualdad. Cooperamos con el material escolar a partir de donaciones
que recibimos, no solo de amigos en los EEUU, sino en países
latinoamericanos. Ayudamos a levantar la autoestima de estos niños.
Somos bien recibidos; se nos ha acercado la coordinadora de los CDR
(Comités de Defensa de la Revolución) con conocimiento de quiénes somos;
pero sabe que no vamos a hablar de política ni a manifestarnos contra el
gobierno, así se informa a los habitantes de la localidad. Pero pienso
que debemos sacar el debate a la calle, no quedarnos en los foros, sino
aterrizar más en nuestras comunidades. Debemos ampliar nuestra base
ciudadana a partir de proyectos como Consenso Constitucional, llegar al
ciudadano de a pie, y ahora mismo tenemos una gran oportunidad con el
llamado Decenio de los Afrodescendientes, lanzado por Naciones Unidas.

Ha usado varias veces el término “empoderamiento” y también lo escuché
durante el Foro Raza y Cubanidad. Me preocupa, cuando se habla del
empoderamiento de los afrodescendientes, el peligro de excluir a los
cubanos blancos o no afrodescendientes, también pobres y en desventaja
social…

Estoy de acuerdo. Para nosotros también cuentan los blancos
extremadamente pobres que son muchísimos en este país. Aunque
consideramos que las personas blancas pueden tener más oportunidades por
su imagen, ya que vivimos en una sociedad donde prima la ideología del
blanqueamiento. Conozco comunidades en la Sierra Maestra, Baracoa, el
Escambray y el Cotorro, en La Habana, donde la mayoría es blanca y
extremadamente pobre. Hemos comenzado por nuestra propia comunidad,
porque, de no hacerlo, quién lo hará por nosotros; pero no estamos de
espaldas a esa realidad. Como sociedad civil, nuestra política es la
inclusión.

¿El CIR está integrado solo por personas negras?

También por personas blancas. Dentro de la llamada oposición o sociedad
civil he tenido fuertes discusiones porque algunos nos ven como una
especie de black power cubano o algo parecido al Partido Independiente
de Color (PIC). En esto funciona la tecnología del miedo al negro. En
Santiago de Cuba, alguien intentó vendernos esa idea de una especie de
refundación del Partido Independiente de Color y dijimos que no vamos en
esa dirección. Para nosotros es importante que en nuestra organización
militen tanto personas blancas como negras, comprometidas en la lucha
contra el racismo. Dentro de la oposición, para restarnos membresía, se
ha orquestado la campaña de que nuestra mentalidad es la del Partido
Independiente de Color o la de los afronorteamericanos. No es cierto.
Estamos abiertos a todo el mundo. Incluso, planteábamos en el evento que
uno de nuestros retos es incorporar a más mujeres. Ellas son las más
sufridas con el racismo.

Me llama la atención que resalte que la filosofía del CIR no es la del
Partido Independiente de Color. ¿Cuál es su valoración de ese partido?

Fue el más progresista de su época. Muchas de sus demandas están aún
vigentes. En mi primera visita a EEUU pude visitar el Departamento de
Estado y vi la graduación de los diplomáticos para el servicio exterior
norteamericano. De los cincuenta y tantos que pudimos contar, treinta y
tantos eran afronorteamericanos. Luego vi a varios afronorteamericanos
con poder de decisión en determinadas esferas en el Departamento. Dos
meses después de regresar a Cuba, había una graduación de diplomáticos.
Los vi en el Monumento a José Martí, 35 o 40. El más oscuro era como tú
(negro de piel clara). Revisité la foto de la graduación del año previo,
publicada en Granma, y ninguno era afrodescendiente. Esa fue una demanda
del PIC, la presencia de afrodescendientes en el servicio diplomático.
También lo fue de intelectuales como Juan Benemelis, de Carlos Moore,
que en su momento integró este servicio, y de personas que en los años
sesenta abrazaron la idea del empoderamiento de la población negra, y
fueron condenados al ostracismo. Abrazamos muchas de las ideas del PIC,
pero sería un error que el CIR fuese una organización solo de personas
negras. Debemos hacer un trabajo de concientización para que más
personas blancas se incorporen.

En su comparación de nuestra sociedad con la norteamericana, parece
haber ventaja para esta última, teniendo en cuenta lo que ha dicho sobre
la presencia de afrodescendientes en el cuerpo diplomático. ¿Hasta qué
punto es así, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos ocurridos
allí, donde policías blancos han matado, impunemente, a afronorteamericanos?

Estados Unidos es una sociedad muy racista, muy lejos de ser una
sociedad postracial. Allí pude ver que hay una nueva forma del Jim Crow.
El fundamentalismo religioso de la llamada extrema derecha cristiana y
movimientos como el Tea Party contribuyen mucho al racismo. Mientras el
gobierno decretó un día oficial para Martin Luther King, en muchos
estados del Sur no se conmemora. El racismo allí no es solo hacia los
negros, sino hacia la comunidad latina. Da miedo ver a las milicias de
supremacía blanca entrenando a la vista de todos. En internet, una foto
donde aparecen los miembros del Ku Klux Klan a caballo, ayudando a los
policías a reprimir los disturbios de afronorteamericanos por los
asesinatos en Ferguson. Pero la democracia permite todas esas cosas.
Estamos muy conscientes del racismo de EEUU, aunque te encuentras a
personas de la sociedad civil o a cubanos que viven allí y afirman que
no hay racismo.

Teniendo en cuenta el panorama que ha descrito, ¿queremos que llegue la
democracia a Cuba, asumiendo que Estados Unidos es un país democrático?

No es solo en Estados Unidos. También en países democráticos europeos
donde los campañas contra los judíos, los negros, y ahora mismo, contra
los musulmanes, son legales. Pero eso no puede ser pretexto para que no
llegue la democracia a Cuba. Personalmente pienso que la democracia
debe tener ciertos límites; no se debe permitir nada que promueva la
cultura del odio contra ningún grupo ni etnia. La cultura del odio pone
en peligro la democracia.

También durante el último Foro Raza y Cubanidad se contrastó el hecho de
que en EEUU los afrodescendientes protestan ante los sucesos, y exigen
derechos, a diferencia de los afrocubanos. ¿Por qué cree que sucede
esto? ¿No será que los afrocubanos no se sienten realmente
discriminados, ni con exigencias que hacerle al gobierno?

Primero, en la sociedad norteamericana hay un Estado de Derecho. Las
organizaciones tienen autonomía y están registradas legalmente, tienen
acceso a los medios, a diferencia de Cuba. Nosotros desarrollamos
nuestro trabajo en un escenario hostil. Durante las dos primeras
ediciones del Foro, la Seguridad del Estado montaba grandes operativos.
Permitían la inauguración, pero no el desarrollo del evento. Había
extranjeros que venían a participar como ponentes: a uno le impidieron
entrar al país, a otro lo expulsaron, a otro lo declararon persona no
grata. No sucede ahora. Han cambiado algunas cosas.

Un 21 de marzo, 2009 o 2010, Gisela Arandia, de la Plataforma Color
Cubano, nos había invitado a un evento en la Sala Villena. Se iban a
analizar las palabras de Fidel Castro sobre el tema racial en 1959. La
Seguridad del Estado montó un operativo dentro de la propia UNEAC, no se
dirigieron a nosotros, pero a ella le dijeron que no podíamos entrar, y
ella nos lo transmitió. Así sucedió también en la revista Temas. Durante
mucho tiempo fuimos y no pedíamos la palabra para que no se interpretara
como una provocación. Pero llegó el momento en que se montaban
operativos para impedirnos entrar; tampoco se hablaba directamente con
nosotros. Los animadores de la revista eran los encargados de decírnoslo.

Sin embargo, el pueblo cubano en su momento enfrentó a la metrópoli
española, a las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. Las
personas exigían sus derechos en las calles…

Somos también una sociedad de nicho. Para los más desfavorecidos es más
fácil participar de un hecho delictivo que reaccionar pacíficamente con
las acciones que proponemos nosotros. Sienten miedo al oír términos como
derechos humanos, sociedad civil, que durante mucho tiempo han sido
satanizados por el gobierno. Ellos han empezado a hablar de sociedad
civil en los últimos años, pero con el apellido de socialista. La
revista Isla ha sido un puente con la comunidad, particularmente con el
movimiento de Hip Hop, los rastafari, las llamadas tribus urbanas. Pero
las personas aún sienten reservas, no nos saludan en la calle. Sucede
también con nuestros amigos intelectuales, a quienes respeto.

¿Cómo es su relación con sus vecinos?

De respeto, aunque para ellos, soy el enemigo. Por ejemplo, si viene un
diplomático o cualquier extranjero, lo marcan. Nunca he usado la
política como camisa de fuerza para imponerme, no doy peroratas, ni les
he dado El Nuevo Herald. Más allá de mis vecinos he recibido muchísima
solidaridad de personas que trabajan en el entorno y me han avisado
cuando alguien me ha estado siguiendo. Cuando se dio la noticia del 17
de diciembre, algunos me felicitaron porque saben que defendemos la idea
de que se levante el embargo, que está obsoleto, daña a la población y
ha servido de escudo al gobierno. Creo que el discurso de plaza sitiada
se desmonta ya.

En el texto “Afrodescendientes y la saludable construcción de las
alianzas”, de la revista Identidades, usted afirma: “El movimiento
afrocolombiano está consciente de que existen puntos de contacto entre
ser afro y ser LGBTI”. ¿Qué puntos son esos, cómo explica la existencia
de afrodescendientes homofóbicos y de personas LGBTI racistas?

En 2013 comenzamos a trabajar con una ONG llamada Corporación Caribe
Afirmativa, que trabaja tema LGBTI y comunidad afrodescendiente en
Colombia. A partir de nuestra cultura machista, falocéntrica y
homofóbica, nunca habíamos tenido en cuenta la situación de los negros
que son parte de la comunidad LGBT. Hemos aprendido muchísimo de esta
plataforma colombiana. Sabemos que estas personas sufren por partida
doble. En nuestra sociedad racista y homofóbica no se concibe que seas
negro y “maricón”; negra y lesbiana. La sociedad te condena más.

A partir del contacto con esa y otras plataformas colombianas, nos dimos
cuenta de que debíamos incorporar esa comunidad a nuestra agenda. No es
lo mismo en Cuba ser blanco homosexual, muchas veces en posiciones de
poder, que ser negro homosexual. Las desventajas son kilométricas. Pero
aunque hemos aprendido mucho de los movimientos en Colombia y Brasil, en
estos países aún no se logra una conexión horizontal entre ambas
comunidades. Ambos están entre los países con mayor índice de asesinatos
de homosexuales.

Cuba no escapa a esta violencia contra la comunidad LGBTI, aunque en
menor medida, y generalmente los afrodescendientes también son verdugos.
Los he visto en la calle y desde mi luneta, que es mi balcón, por las
noches. La calle 23 se ha convertido en una zona de prostitución
masculina donde priman los travestis, y he visto a muchos
afrodescendientes ser verdugos de estas personas. En Colombia nos
pidieron incorporar a alguna persona de la comunidad LGBTI a estos
talleres que se imparten allá, y contribuimos entregándoles una
organización llamada Alianza Arcoiris. La mayoría de sus integrantes
trabajaron en el CENESEX. Estamos trabajando juntos, sensibilizándonos
con su lucha, pero dentro de esa misma comunidad el racismo está a la
orden del día. Lo hemos experimentado. Como en Cuba no hay un sistema de
prevención y educación contra el racismo, hay gente que lo considera
políticamente correcto y no lo esconden.

Teniendo en cuenta los últimos acontecimientos. ¿Qué beneficios pueden
esperar los cubanos más desfavorecidos, entre los que los
afrodescendientes son mayoría, del restablecimiento de relaciones entre
Cuba y Estados Unidos?

El mensaje de Obama fue bienvenido por gran parte de la población
cubana. Otros lo han recibido con escepticismo. Conozco personas de a
pie que entregaron su juventud a la revolución, pelearon en Playa Girón,
participaron en zafras millonarias, misiones internacionalistas,
rompieron con partes de sus familias por problemas ideológicos y ahora
se preguntan: “¿dónde quedo yo? En mi juventud me enseñaron que el Che
decía que al imperialismo ni un tantico así”.

Hay gente con escepticismo, dudas, rabia. Pero otros piensan que habrá
muchas oportunidades, y yo también. Cuando he presentado en Estados
Unidos imágenes de las comunidades adonde hemos llegado con el Proyecto
Animando Sonrisas, ha habido personas sensibilizadas, tanto entre los
cubanos como entre los afronorteamericanos; entre estos últimos, dos
empresarios me han preguntado qué pueden hacer para ayudar, o al menos
apadrinar a diez o veinte niños. Creo que esas cosas serán posibles
ahora, porque los negros cubanos son los que menos han emigrado allí,
entre otras cosas porque la narrativa oficial siempre nos enseñó que
aquel era el peor destino para un negro. Los negros cubanos que son
parte de nuestra comunidad trasnacional están en Canadá, España, Italia,
Noruega, Suecia, países donde el racismo está resurgiendo quizás con más
fuerza que en EEUU. Hay más optimistas que escépticos en ambas orillas.

¿Qué significa para la sociedad civil?

Puede ser muy positivo, aumentará el flujo de intercambios. Pero lo más
importante es que ese discurso sobre el supuesto enemigo, que sirve de
pretexto para tantos atropellos y violaciones de los derechos de la
sociedad civil, se irá desmontando lentamente.

¿Puede hablarse en Cuba de un movimiento afrodescendiente articulado?

Yo apostaría más por un movimiento de integración. Nuestro punto de
partida es la racialidad, pero debemos trabajar en base a los otros
discriminados. Yo buscaría un movimiento de cubanos, que no existe. En
eso coincido con Roberto Zurbano, quien afirma en un artículo que aún no
estamos frente a un movimiento nacional contra la discriminación.

Source: «En Cuba existe una ideología del blanqueamiento» | Diario de
Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1427736270_13675.html

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