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José Martí, empezar por la sospecha

José Martí, empezar por la sospecha
GERARDO FERNÁNDEZ FE | Miami | 28 Ene 2015 – 12:48 am.

Francisco Morán, autor de un polémico estudio, habla de una estatua de
mármol lavada a manguera cada día, de una ciudad que en vida de Martí se
llamó Martí City, de un juego de pelota en el que se enfrentaron los
equipos Martí y Patria, de una frase martiana con la que se justificó el
Mariel y de muchos otros temas.

Con la misma vehemencia con la que en 1993 organizó una serie de
homenajes por el centenario de la muerte de Julián del Casal, de cuya
misa en la Iglesia de la Merced, en la Habana Vieja, fuimos
prácticamente expulsados, Francisco Morán, 20 años después, ha acometido
una enjundiosa y no menos desacralizadora investigación sobre la vida de
José Martí.

Provocador de iras y criterios encontrados, a su último libro, Martí, la
justicia infinita (Verbum, Madrid, 2014), de casi 700 páginas, habrá ya
que buscarle a partir de estos momentos un espacio obligado en cualquier
biblioteca que se respete sobre la complejísima obra del autor de
Escenas norteamericanas.

Con él hablamos sobre ese libro y su tema.

Está el cuadro de Arche en el que Martí se coloca solemnemente la mano
en el pecho; está también el óleo que lo representa cayendo del caballo,
pero en este libro te detienes únicamente en una tercera imagen: la del
joven preso recostado a una columna, acompañado por su grillete. Si
sumamos esto a lo que se relata en El presidio político en Cuba,
tendremos que Martí mismo nunca fue ajeno a un proyecto de reificación
de su figura: mártir y héroe a la vez, engrosamiento de un prestigio
político, de una autoridad moral. Martí, afirmas, “se proyecta como
personaje de un drama de honor calderoniano”.

Es lo que sostengo: el involucramiento del propio Martí, desde muy
temprano, en su propia reificación: mártir, héroe, y añadiría, en
significante mismo de la comunidad nacional. Me alegra que menciones el
cuadro de Arche, porque se trata de una imagen que no falla en evocar la
del Sagrado Corazón, un cuadro que era muy común encontrar en los
hogares cubanos. Ese Martí-Jesús emblematiza la de Jesús-hijo de Dios,
supuestamente enviado a la tierra a redimir a los hombres con su sacrificio.

Martí se representó obsesivamente como Cristo, y las referencias
crísticas abundan, empezando por El presidio político en Cuba: “todas
las grandes ideas tienen su Nazareno” (cito de memoria). Ya Freud veía
una ironía en el sacrificio del hijo que, por esta vía, intenta superar
el impulso parricida, puesto que a pesar de su inmolación, es Jesús
quien termina reemplazando al Padre en la devoción de los cristianos.
Esto habría que pensarlo mejor en el contexto de la compleja relación de
Martí con su propio hijo, tal como lo demuestran Ismaelillo y Versos
sencillos.

Esa relación podría a su vez reflejar la de Martí con su padre, tan bien
captada por Fernando Pérez en el filme El ojo del canario. El Martí
preso, el del grillete y la cantera es, en gran medida, otra proyección
—la primera— de la Pasión, y anuncia por lo mismo el Martí-Jesús de
Arche. Martí también explotó la narrativa del presidio para asegurar su
autoridad moral, que llega a identificarse para mí con la del superyo, y
cuyas demandas son tanto morales como sádicas. Porque como el de Jesús,
el sacrificio de Martí resulta a la postre impagable, y por tanto
resulta también el significante de una deuda que nos esclaviza.

El Martí de Arche me evoca también El caballero de la mano al pecho, de
El Greco. Esto nos lleva al barroco y a la honra. Aunque se ha
reconocido la huella de los místicos españoles en Martí, y aunque Juan
Marinello dedicó un ensayo a su españolidad literaria, que yo sepa,
nadie ha reparado hasta ahora cuán españolizante sería Martí.

En este sentido, siempre me ha llamado la atención su obsesión con la
honra, muy cercano al concepto español, específicamente calderoniano, de
la honra. Es, diría, una de las notas de la Colonia más audibles en la
escritura y el pensamiento martiano.

Aquí te escuchamos acusar el fenómeno de que tanto los American Studies,
como los Post-Colonial Studies en la academia norteamericana “se han
subido al carro martiano con una rapidez sorprendente”. Martí, pues,
como una mina apenas descubierta por estas “escuelas”…

No solo los American Studies y los Post-Colonial Studies se han
interesado últimamente. Es el caso de los llamados Hemispheric Studies y
de los estudios comparatistas. Creo que estos campos del saber pueden
contribuir sustancialmente al estudio de un Martí no limitado a la
cuestión latinoamericanista o cubana. En el único caso que tengo mis
reservas es en los Post-Colonial Studies, puesto que ahí podría estar
siempre la tentación de afirmar a un Martí fuera, y más allá, superador
del status colonial. Y esto me parece absurdo.

Ahora, ninguno de estos campos inauguró el interés de la academia
norteamericana por Martí. Particularmente, en lo que respecta a los
American Studies, se trata del descubrimiento, bastante tardío, de la
importancia de Martí para los estudios americanos de fines del siglo XIX.

No veo cómo podría justificarse la no inclusión de las Escenas
norteamericanas en la literatura, y en general la cultura estadounidense
que va desde 1880 hasta 1892. Igualmente, no es posible calibrar ni la
prosa, ni las ideas de dichas Escenas, sin tener en cuenta su contexto
norteamericano, particularmente neoyorkino.

Es decir, los American Studies —hasta donde me consta— han “descubierto”
a Martí al margen al periodismo de la época, y de su intervención en sus
debates políticos y sociales; a pesar de que uno halla en las crónicas
martianas claras huellas, referencias a lo que leía o había leído al
escribir este o aquel texto.

Un ejemplo es la crónica “Un drama terrible”. Que los estudiosos hayan
llegado a afirmar que esa crónica muestra la radicalización de la
crítica martiana a los Estados Unidos, y hasta un cambio de actitud
hacia los anarquistas, solo se explica porque la han leído sin estudiar
cómo se habían debatido ambos asuntos en los Estados Unidos.

A lo largo de todo el libro señalas a Paul Estrade y a Gayatri Spivak, a
Caridad Atencio, a Toledo Sande y sobre todo a Laura Lomas, estudiosos
que no pueden permitirse “salpicar la estatua” de José Martí. Hasta
Carlos Ripoll, “quien más consistentemente denunció y cuestionó la
apropiación marxista de Martí”, suele, según tus palabras, caer en “la
trampa del culto”.

Me preocupa que se crea la impresión de que yo los combato. Hay que
hacer importantes distinciones. No es lo mismo Laura Lomas que Julio
Ramos, ni Spivak que Ripoll, o incluso Santí, Estrade y Martínez
Estrada. Lomas, como demuestro, no leyó a Martí; e incluso lo inventó.
Solo a ella podía ocurrírsele la peregrina idea de atribuirle un
“proyecto postcolonial”. Llega incluso a atribuirle palabras que nunca
dijo. Igualmente descalifica en bloque a un buen número de estudios a
los que ni siquiera menciona.

Ese no es el caso de Ramos, con quien, si mantengo desacuerdos, también
coincido en algunas de sus conclusiones. Ramos es un excelente lector,
alguien a quien personalmente admiro. Estrade es otro de los estudiosos
más importantes, y sin su artículo sobre Martí en México no puedo decir
cuánto tiempo me habría llevado trabajar los capítulos que le dedico. Es
un ejemplo de investigador que sí contextualiza la lectura y va a las
fuentes. Al mismo tiempo, vio cosas que prefirió no indagar a fondo,
precisamente porque Martí debía salir inmaculado del examen, o más bien
eximido de él.

En cuanto a Luis Toledo Sande, afirmo que su artículo “A Very Fresh
Spaniard: un personaje literario de José Martí” es de referencia
obligada para quien comente el texto aludido en el título. Demuestro que
Sande basa sus conclusiones no en generalizaciones vagas, sino poniendo
atención a lo que dice Martí. Toledo lee con ojo agudo, atendiendo a los
detalles. Pero eso no me impide: 1) señalar los límites de ese análisis,
que son los de siempre: no enfrentar los problemas que presenta ese
texto; 2) rechazar el calificativo de asalariados —obviamente del
imperialismo— que les asigna a algunos “que siguen optando [por]
endilgarle [a Martí] una actitud presuntamente deslumbrada ante los
Estados Unidos”. Se trata, no de una crítica, sino de un ataque soez que
ignora su propio salario como funcionario de una institución del Estado
cubano que no aceptaría siquiera considerar la publicación de una
lectura diferente de la que él defiende.

En cuanto a Carlos Ripoll, resulta imposible subestimar mis deudas con
sus investigaciones, aparte de que no creo que haya recibido todavía
todo el reconocimiento que merece, salvo en el caso de contados colegas
como Enrico Mario Santí.

En todos los casos mencionados, el límite que entorpece la lectura
crítica es el culto, la devoción. ¿A qué se debe esto? No creo que haya
una sola manera de responder la pregunta. Y es que si Martí se cae del
caballo —si de verdad una lectura crítica a fondo cuando menos hace que
se tambalee— los cubanos perderían el último referente de la república
ideal que ningún gobierno ha conseguido realizar.

Los latinoamericanistas —quienes por tanto tiempo han jugado las cartas
del antimperialismo de Martí— perderían la última, la más preciosa. Se
trataría del Apocalipsis simbólico para dos identidades que han sido
pensadas como frentes de batalla: la de Cuba y la de Nuestra América.

En 1935, Juan Marinello nos dijo que había que darle la espalda a Martí
y a sus doctrinas. No sé si esto es posible o incluso deseable. Pero hay
que preguntarse también para qué hay que seguir buscando refugio y
respuestas en Martí. Ya la sola mención de “doctrinas” en este contexto
merecería un comentario aparte; no olvidar que la Iglesia de Martí ha
sido eso: dogma y doctrina; y por tanto contubernio de fieles y excomunión.

Las ideas de Cuba y de patria han estado siempre ligadas al exilio y al
destierro, a eso que Reina María Rodríguez llamó “la desbandada”. Los
últimos 55 años de la historia de Cuba han exacerbado esta experiencia,
el pathos, el dolor del arranque de raíz a un nivel que no tiene
precedente, ni siquiera en las dictaduras de tan mala memoria como las
de Machado y Batista. Nadie que levante las Obras Completas de Martí
como exorcismo de ese pasado y de este presente puede llevarnos a otro
lugar que no sea el mismo en el que estamos, si es que no peor. Digo
esto porque me sobra imaginación para pensar que siempre es posible un
poco más de horror…

En contraposición al culto que le han profesado estudiosos de diferentes
tendencias políticas, tú propones una crítica “atravesada por la
sospecha”; un término que empleas a menudo. Entonces: “tensar la
cuerda”, partir de la sospecha, “darle el relieve que merecen a los
vacíos y espacios neblinosos en la conducta pública de Martí”,
“acercársele sin miedo y sin aquiescencia”.

En Cuba no leí mucho a Martí; apenas lo que me dieron en la escuela:
“Nuestra América”, algunos poemas de Versos sencillos y de Versos
libres, algo de La Edad de Oro, la carta de despedida a Mercado…
Seguramente conoces el repertorio. Aparte de eso, estaban las citas que
todavía uno puede leer en cada uno de los bustos que están esparcidos
por todo el país. Y esas citas, en su mayor parte, no hacen sino exigir
sacrificio y deber. Un escritor así —al menos para mí— es de temer.

En 1991, apenas llegué a Caracas, lo primero que pedí fue que me
llevaran a la estatua de Bolívar. Al pie alguien había dejado una corona
de flores y corrí a retratarme junto a ella. Cuando me iba noté que la
estatua estaba toda cagada de pájaros. No pude dejar de pensar en la de
Martí del Parque Central: siempre impoluta, blanca, sin una sola mancha.

Años más tarde, ya en Estados Unidos, un amigo me dijo que había oído
decir que cada día, en La Habana, muy temprano, antes del amanecer,
limpiaban la estatua con una manguera. En 2013 asistí a la conferencia
“Cuba Trasatlántica” que se celebró en La Habana. Fui designado
moderador de la mesa dedicada a Martí. El único trabajo que se leyó allí
con una mirada crítica fue el de un colega de California quien, con toda
humildad, empezó expresando que él no era un experto, y que el trabajo
que leería comentaba algunas ideas problemáticas, “pero no se preocupen
—cito textualmente— porque al final yo lavo a Martí”.

A pesar de la humildad de su autopresentación, el suyo fue el único
trabajo que desafiaba, al menos parcialmente, las ideas más extendidas
sobre Martí y la cuestión racial; pero, a través de su exposición, no
dejó de recordarnos que al final “lavaría” a Martí.

Lo importante no es si es verídico que cada día la estatua del Parque
Central sea limpiada con una manguera. Se trata de que para sus
creyentes —y Martí es una creencia, una fe— él es la pureza hecha
hombre, y desde luego mármol. La sola idea de que alguien pueda dudar de
ello no puede significar sino traición, ingratitud, deslealtad, y sobre
todo una mancha tan indeleble como la pureza y la blancura de la
estatua. Pero hay manchas. Y todas las mangueras de la ciudad no podrían
lavarlas.

Tal es el estigma que pesa sobre ese sacrilegio que no podía dejar de
suscitar mi sospecha. ¿No habría ahí alguna cagada que nos han ocultado?
Advierto que no hablo de algo que haya que limitar al caso de Martí. La
crítica consiste en eso: en entrar en un texto con dudas y sospechas.

Así fue como me acerqué a Casal. También en Casal tuve la sospecha de
que había que leer al revés. Se trata de leer preparados para encontrar
lo que aparezca, y no lo que nos han enseñado a ver y a buscar.

Fueron cuatro años de agotadoras lecturas, de escribir, tachar,
desechar, volver a empezar, atascarme en el estilo de Martí, salir del
atolladero y recomenzar. Me hice martiano leyendo a Martí. Pude
comprender por qué es fácil y natural deslumbrarse con él. Y por qué hay
que resistir a ese deslumbramiento.

Te has detenido en la figura de Juan Marinello, a quien consideras uno
de “los más sagaces” críticos de Martí, por su pertinente alerta, por su
oposición a asumirlo como él mismo lo llamó: un “oráculo incambiable”.
De ahí que lo consideres “una alternativa de crítica enérgica de Martí
desde la izquierda”.

Marinello publicó “Martí y Lenin” en la revista costarricense Repertorio
Americano, en 1935. Mi universidad tiene la colección completa en
microfilm, que he revisado. Es una joya. Resultó que este artículo había
dado lugar a una fuerte polémica que se desarrolló en varios números de
la revista. No solo guardé esos trabajos, sino que comencé a perseguir
las obras de Marinello sobre Martí. Fue fácil encontrar, claro, los 18
ensayos martianos (Unión, La Habana, 1998), con prólogo de Fernández
Retamar.

Solo después de haber leído lo que no entró ahí se comprende mejor lo
que allí se nos escamotea. Y conste que no se trata de que no se sepa
nada de los textos que se hallan dispersos en revistas y prólogos de
libros. En 1973, María Luisa Antuña y Josefina García Carranza
publicaron la Bibliografía martiana de Juan Marinello en el Anuario
Martiano no. 6, donde pueden encontrarse esos trabajos, que también
aparecieron en la bibliografía que Losada Aldana incluyó en el volumen
de la editorial venezolana Ayacucho.

Advierto que aunque posiblemente Marinello no volvió a publicar un
trabajo tan radical como “Martí y Lenin”, lo esencial de lo que dijo
—que Martí pertenecía al pasado— lo encontramos en los textos
posteriores, incluso en “Actualidad de José Martí. Martí, maestro de
unidad”, de 1943, como en el prólogo que escribió para Glosando los
pensamientos de José Martí (1941), de Julio Antonio Mella.

Marinello empezó temprano a desarrollar una visión personal, más crítica
y menos complaciente, en 1928, en “Estudio preliminar, compilación y
notas” a las Poesías de José Martí, de la Colección de Libros Cubanos
dirigida por Fernando Ortiz. Estamos hablando de 13 años de una lectura
de Martí muy diferente de la que le conocemos.

El gran viraje se produce, no a partir de 1959, sino un año antes,
cuando publica José Martí, escritor americano. Aquí aparece sólidamente
planteada la oposición maniquea entre Martí y el modernismo. Este
importante libro no se ha publicado en Cuba, algo que nunca he podido
explicarme. ¿Cómo se produjo un cambio tan radical en su lectura? ¿Sería
posible que hubiera borrado hasta el último rastro de sus primeras
interpretaciones de Martí?

Entre febrero de 1875 y diciembre de 1876, Martí se instala en Ciudad de
México. Allí, con el seudónimo de Orestes, publica una serie de textos
en donde apoya a medias una huelga y fustiga duramente otra. Su toma de
partido no estará precisamente junto a los más desfavorecidos. Nada más
lejano del cliché-Martí con que se nos ha educado que aquella línea en
la que tilda de “opresoras” a las huelgas “cuando las mueve un odio
injusto al capital y una exigencia extemporánea e inmotivada”.

Primero hay que aclarar que incluso lo del apoyo “a medias” es menos a
medias de lo que parece. He tratado de demostrar que en el caso de
México, Martí se alinea de una manera bastante inequívoca con los
capitalistas contra los trabajadores. Esto se vuelve más evidente
porque, afortunadamente, hay una antología de textos publicados en
México sobre la huelga de sombrereros. Los artículos que ahí se recogen
muestran un apoyo total, no a las huelgas —esto es importante— sino solo
a la de sombrereros.

Es decir, se trata mayormente de acercamientos reformistas, aunque hay
unos cuantos más radicales. Lo importante es que ninguno de ellos
critica a los huelguistas. El único artículo que gasta sus salvas en
criticarlos es el de Orestes. Juan E. Mestas observó antes que yo que el
artículo de Martí se enfoca fundamentalmente en censurar a los
huelguistas, pero siguió de largo. Y prácticamente repite lo que otros
autores habían dicho.

Por otra parte, Orestes defiende la huelga de sombrereros, pero ¿por
qué? Porque utiliza su “apoyo” a los sombrereros para justificar su
censura a la supuesta huelga de los impresores, y justificar que se les
expulsara de Revista Universal, la misma revista que le pagaba su
salario. Digo “supuesta” porque él es el único que habla de ella, y
porque su artículo “La huelga de impresores” fue enérgicamente
desmentido desde El Socialista —órgano del Gran Círculo Obrero de
México— en varios artículos que Martí simplemente ignoró.

En este libro he incluido un dossier sobre trabajos publicados respecto
a esta huelga. Y tu observación es importante. En México, Martí comienza
a desarrollar una estrategia retórica que no abandonará, que consiste en
que para él los oprimidos se convierten fácilmente en opresores, los que
tienen la justicia de su lado son precisamente los que también resultan
injustos. Nunca he creído que exista una diferencia cristalina,
absoluta, entre estos y otros términos afines. Y en los contados casos
en que tuvo razón, lo reconozco. De lo que se trata es de qué es lo que
quiere ver Martí y a qué intereses sirve esa mirada.

Si bien en México, Martí instaba al Gobierno a regular la entrada de
extranjeros, en función del aprovechamiento de la fuerza bruta de
trabajo, y prevenía del peligro de la “raza extraña”, de “las
inteligencias desesperadas y perturbadoras”, a partir de 1880, ya desde
Nueva York, no son pocos los textos donde insta a las autoridades a
resguardarse “del vulgar asedio de la inmigración”. Este es un tema en
el que has abundado en tu libro.

Aprecio la manera en que planteas la continuidad de “instar al Gobierno”
(México) y “a las autoridades” (Estados Unidos) a regular e incluso
legislar el cierre de la entrada a los inmigrantes, porque esto es
crucial en mi estudio y constituye uno de mis desacuerdos con Julio Ramos.

Por otra parte, Rafael Rojas, en lo que juzgo una explicación
simplificadora, rechaza mi argumento de que en Martí hay un racismo de
Estado “por la sencilla razón de que Martí no fue nunca el jefe de un
Estado”. Lo cierto es, sin embargo, que Martí, en México y en Estados
Unidos, apoyó y promovió políticas de Estado específicamente contra los
inmigrantes. De modo que alguien tiene que explicarme si esto no tenía
por fuerza que arrastrar su escritura, insertarla, en el territorio de
las leyes, y por lo tanto en la órbita intelectual de Sarmiento y Bello.

Y conste que incluso aquello que parece irrebatible —Martí no fue jefe
de Estado— resulta para mí discutible. Antes de salir hacia Cuba, ya en
muchos periódicos se le llamaba “presidente”, además de que puede
decirse, sin necesidad de estirar mucho las cosas, que ese era
precisamente el significado de “Delegado”, puesto que el PRC era Cuba, y
Martí era el PRC. También, una vez en Cuba, Martí fue llamado “presidente”.

Recuérdese lo que apunta al respecto en su diario: “‘No me le digan a
Martí presidente: díganle general: él viene aquí como general: no me le
digan presidente.’ ‘¿Y quién contiene el impulso de la gente, general?’,
le dice Masó [a Gómez]: ‘eso les nace del corazón a todos’. ‘Bueno, pero
él no es presidente todavía: es el delegado.’ Callaba yo, y noté el
embarazo y desagrado en todos, y en algunos como el agravio”.

La anécdota es reveladora. Advirtamos que Martí, al ser llamado
presidente, muestra su repulsa públicamente, tal como era de esperar de
quien trabajó arduamente en la construcción de su persona pública como
hombre humilde. Sin embargo, cuando en privado —o en un escenario menos
público— un hombre le llama presidente, no solo no le causa repulsa,
sino que le sonríe.

Si en realidad el título le repugna, ¿por qué le causa malestar la
intervención de Gómez? Hay que preguntarse, además, cómo es que “las
fuerzas todas” (Martí) y a todos “les nace del corazón” (Masó) llamarlo
presidente. ¿Conocían tan bien a Martí todos los mambises, o incluso la
mayoría de ellos? ¿Cuántos de ellos lo habían visto o leído algo suyo, o
lo habían escuchado, antes de su desembarco en Playitas? ¿Cómo se había
plantado —qué mano(s) plantó o plantaron la semilla del “impulso de la
gente”— en el corazón de todos?

Martí menciona su proverbial sencillez, pero el resquemor que le causa
lo sucedido no apunta en esa dirección. Además, ¿por qué le causaría
repulsa que lo llamaran presidente en público y no que llamaran con su
nombre a una ciudad —Martí City— a la que además visita, y en la que
encomia el patriotismo de sus habitantes?

En sus funciones como Delegado, y desde la dirección de Patria, tanto
como a través de sus viajes para recaudar fondos para la guerra, y como
organizador de la guerra, Martí actuó como presidente de facto, sobre
todo por el hecho indiscutible, documentado, del autoritarismo —político
y moral— que ejerció entre los cubanos de la emigración.

Y puesto que instó a las autoridades mexicanas, y luego a las
norteamericanas, a regular —a partir de principios racistas y
eugenésicos— la inmigración, ¿podría alguien dudar de que de haber sido
nombrado presidente de la República en 1902, Martí habría él mismo
tomado cartas en el asunto?

Para mí lo decisivo es que Martí se involucrara activamente en la
promoción de políticas antinmigrantes y francamente racistas. En un
artículo que saldrá en el dossier de La Habana Elegante en el próximo
número, voy a ofrecer otra prueba de lo que digo.

¿Sería que Martí no se consideraba un inmigrante, y quizás tampoco un
extranjero en Nueva York? Pues aquí lo vemos situarse por encima de
“esas bandadas de lobos hambrientos y sedientos, esas excrecencias de
países viejos y pobres”. ¿Cómo es posible que en su crónica “Elecciones”
critique al inmigrante que asiste a votar mientras no conoce la lengua
de su país de asilo?

¿Cómo puede alguien que veía como lo hizo él a los inmigrantes,
considerarse inmigrante, o migrante, o sujeto subalterno? La crónica
sobre las elecciones resulta particularmente reveladora de esto, pues
hay un momento en que Martí utiliza el apóstrofe para increpar a los
inmigrantes que esperan en fila para votar. Así, al dirigirse a ellos
como “tú”, se separa de esa gente. Esa separación es la clave para
comprender desde qué lugar habla Martí con harta frecuencia en las
Escenas norteamericanas.

Ya en su primer viaje a Nueva York, en el Celtic, se produce esa
separación. Incluso debe observarse que en los casos en que muestra
alguna simpatía por los inmigrantes, o por los pobres y los
trabajadores, casi siempre ocurre desde la piedad (típicamente
burguesa). Y aun así, muestra que es capaz de desentenderse de cualquier
gesto piadoso, como cuando concluye —comentando precisamente la
inmigración— que el “pensador clemente” debe dejar su sitio al
“economista” y al “Fundador de Estado”.

Alguien tiene que explicar por otra parte si en este mismo análisis
Martí no está pensando ya como fundador de Estado. Después de todo, ¿qué
otra cosa sino un Estado era lo que iba a fundarse con la República? No
hay que engañarse. Su no disimulado desdén, la manera en que lo vemos
desvalorizar las vidas de tanta gente, junto a la admiración que
descubrimos en él por los capitalistas como Delmonico, o con el gozo con
que describe el baile de disfraces en la mansión de William Vanderbilt
en Quinta Avenida, nos dicen a las claras lo que pensaba de sí mismo.

Y no solo los inmigrantes. El dato sobre el baile cierra la crónica en
la que comenta los honores a Marx en Cooper Union, y donde compara a los
trabajadores europeos con los norteamericanos y comenta el entierro de
un boxeador irlandés. Léase esa crónica completa, descúbranse las
conexiones, la solidaridad de sentido de todas sus partes, y se verá de
manera concisa el Martí que he presentado en mi estudio.

¿Cómo es posible que uno tras otro, los críticos hayan insistido en el
sujeto desclasado, marginado, proletarizado, inmigrante latino, etc?
Solo se me ocurren dos posibles respuestas: 1) la casi absoluta falta de
atención crítica (en Cuba y en todas partes) a lo que constituye el
corpus más extenso e importante de su prosa: las Escenas
norteamericanas. Los críticos se han limitado por lo general a un
repertorio muy reducido de ellas, y nunca las han estudiado en detalle,
a fondo. Uno de los ejemplos es el de “Un drama terrible”. Hay buenos
artículos sobre esta crónica, pero no llegan al fondo de la cuestión, en
primer lugar porque esto no puede llevarse a cabo sin estudiar también
en detalle las crónicas de Martí sobre la cuestión obrera y el
anarquismo que le preceden. Y 2) La falta de disposición de interrogar
críticamente a Martí y de ir más allá de las casi siempre mencionadas de
paso, y como corriendo, “ambivalencias” suyas.

Si se quiere un ejemplo de cómo el estudio detenido y no complaciente
representa la única manera de estudiar a Martí que puede conducir a
iluminar los aspectos espinosos de su obra, véase el estudio de Jorge
Camacho publicado el año pasado: Etnografía, política y poder a finales
del siglo XIX: José Martí y la cuestión indígena. Comprendo que la
extensión no solo de la escritura de Martí, sino también, sobre todo en
lo que respecta a sus Escenas norteamericanas —a lo que hay que añadir
su heterogeneidad temática y las dificultades del estilo— pueden
desalentar al estudioso más decidido.

Sin embargo, no es solo posible acometer este trabajo: es necesario. Lo
ideal sería crear grupos de estudio, de colaboración, que reuniera a
estudiosos de la obra de Martí, tanto de Cuba, como de América Latina,
Estados Unidos y Europa. Pero para que esto rinda frutos, estos
estudiosos tendrían que tener libertad para disentir unos de otros sin
que por ello tengan que verse como enemigos.

Pero esto es la utopía, y no me hago ilusiones. Nada de esto podrá
ocurrir mientras Martí siga siendo una Iglesia. Me gustaría que mi libro
se publicara en Cuba y que se debatiera, que se cuestionara, pero que se
le concediera el derecho a existir y a llegar a todos los lectores. Sé
que no será así. Entonces, lo único que nos queda es seguir trabajando
de la única manera que vale la pena hacerlo: a conciencia.

Has notado la peculiar fijación de Martí con los italianos, a quienes ve
como una invasión de “perezosos y labriegos”; aunque su ojo de “celador
ético”, como le llamas, abarca con visión negativa a casi todos los
europeos. Sin embargo, no te has referido a la crónica sobre el puente
de Brooklyn, publicada en La América en junio de 1883, donde alude a
aquellos “hebreos de perfil agudo y ojos ávidos”.

Se me quedaron fuera los judíos, aunque no del todo —recuerda el
ramalazo, de pasada, en la crónica sobre las elecciones— y se me
quedaron fuera los chinos. Hay toda una humanidad pisoteada y desechada
en esas crónicas, en esas escenas, que uno no puede sino preguntarse en
nombre de qué puede justificarse eso. Solo si hay alguien que esté
dispuesto a afirmar que la carne de Martí tiene más valor que la de toda
esa gente, simplemente porque no sabemos quiénes eran, ni cómo
malvivieron o murieron.

En 1980, un documental realizado por Santiago Álvarez sobre los sucesos
del Mariel incluye la frase: “Hay que cargar los barcos con los insectos
que le roen el hueso a la patria que los nutre”. Es de Martí y viene de
“Nuestra América”, de 1891. Pero en 1883, en su nota “Sobre la
inmigración”, a partir de la enorme entrada de italianos a Buenos Aires,
ya recordaba que en todos los Estados Unidos “echan hoy a páuperos
ruines que, como insectos enojosos, suelen sacudir sobre América los
pueblos de Europa”. ¿Gusanos quienes llegan de Europa, masa anarquizante
que incomoda al devenir de la República, concebida como comunidad ética?
¿Gusanos también quienes salen de Cuba, quienes abandonan el proyecto
colectivo mesiánico, la nación de virtuosos que se quiere edificar a
partir de 1959?

Por eso comento que la frase martiana en el documental de Santiago
Álvarez no es una distorsión de lo expresado por Martí en “Nuestra
América”. En primer lugar porque el “hay que cargar” tiene todos los
visos de un pronunciamiento legislativo —volvemos a lo del Estado—, y en
segundo lugar porque la metáfora eugenésica deja en las manos del
Fundador de Estado y del Economista —no en las del “pensador clemente”—
la decisión de quiénes serán considerados insectos enojosos, gusanos, y
en el caso específico de Cuba, cubanos impuros; que “impuros” fue como
llamó Martí a Ramón Roa y a otros veteranos de la primera guerra.

Es por esta razón que, contrario a lo que podrían pensar muchos, a todos
debe importarnos la postura de Martí sobre la inmigración, puesto que en
última instancia se trata de cualquier sujeto que sea percibido como
inadecuado, fuera de lugar, en el proyecto de la comunidad ética.
Cualquiera de nosotros es susceptible —en la apuesta por la república
“de todos, con todos y para el bien de todos”— de quedar fuera de ella.

En 2010 el Centro de Estudios Martianos, en La Habana, publicó la
compilación Aproximaciones a las Escenas norteamericanas que presumía de
“inaugurar” algo con relación “a la menos conocida selva del corpus que
integran las Escenas norteamericanas de José Martí…”

Pero estas Aproximaciones no inauguran una lectura que se aparte un
ápice de lo que ya ha se ha dicho tantas veces. Habría que preguntarse
cuánto se aproximan críticamente esas Aproximaciones a los problemas que
presentan las Escenas norteamericanas. La falta de atención a estos
textos demuestra el total desinterés en reconocer las fallas morales y
políticas de Martí y, con ello, la poca o ninguna importancia que tienen
para los estudiosos todas esas cabezas que Martí, desde el sol de su
mundo moral, se permitió pisotear.

Esto ocurre en una nación que se jacta de haber hecho una revolución
socialista y que persiste en aferrarse a ello. Estamos ante supuestas
lecturas de izquierda de Martí que —en lo que ocultan y evitan— revelan
el más inquietante contubernio con la represión, la discriminación. Por
eso Martí tenía que prestarle su concurso a Santiago Álvarez: para la
revolución cubana había llegado la hora de reconocerse en el espejo de
Martí. Lo preocupante es que la tentación de Martí no haya hecho sino
ganar fuerza.

Dices que has visto a Martí en Nueva York oscilar “entre el deseo y el
rechazo”. Definitivamente, los 15 años en Nueva York le han marcado la
piel. ¿Se pudiera hablar de una real historia de amor con esa ciudad?

Si uno está consciente que no hay historias de amor sin tensiones, sin
discusiones y hasta peleas, aunque luego siga la reconciliación… Sí
pienso que Nueva York se le metió a Martí en los huesos. No olvides que
cuando escribe “Impressions of America (by a very fresh Spaniard)”,
acabado de llegar en 1880, canta su “yo me quedo” con bastante claridad:
“me detuve, miré respetuosamente a este pueblo, y dije adiós para
siempre a aquella perezosa vida y poética inutilidad de nuestros países
europeos”.

En 1894, un año antes de irse a Cuba, le había escrito la famosa carta a
Valdés Domínguez en la que se refiere a Nueva York como “su casa”.
Luego, al desembarcar, había declarado en el “Manifest of Passengers”
que era ciudadano de los Estados Unidos, y su profesión “library”, es
decir, biblioteca. Debió tratarse de un error, pues seguramente declaró
bibliotecario. Para mí —y este es uno de los argumentos de mi estudio—
Martí llegó a verse implícitamente como ciudadano estadounidense; y esto
se revela precisamente en su postura hacia el inmigrante, en quien no
puede reconocerse.

Advierto que no se me escapa que alguien podría encontrar en la selva de
su obra alguna cita que desafíe lo que digo. Pero habría que hallar
mucho más, para desechar mi argumento, pues me cuidé de sustentarlo en
un análisis que sigue cuidadosamente los pasos de Martí desde 1875 hasta
1894.

Y luego está la comunidad de cubanos en el exilio, sus viajes a Tampa, a
Cayo Hueso, a Ocala; la fundación de Martí City (esa especie de gueto
virtuoso, exclusivo para cubanos, en plena Florida), las recaudaciones
de fondos para la lucha en Cuba, para las cuales El Delegado no tuvo
reparos en acudir a los magnates cubanos de la industria tabacalera.

No solo eso. Está también el constante cortejo de las bolsas de los
capitalistas americanos de Ocala, el entusiasmo con que le comenta a
Gonzalo de Quesada el agasajo que le brindaron, al mismo tiempo que la
incomodidad que le produjeron ciertas ideas anarquistas que halló.

El estudio se completa en Martí City con dos momentos importantes. El
contraste de las posturas de Martí ante dos periódicos de trabajadores
de idéntico nombre —El Proletario—, uno en México y el otro en Cayo
Hueso, trae a la luz las trampas de la comunidad ética. Defiende al
primero porque le enseña al trabajador a no oponerse a los capitalistas
y predica la conciliación. En cuanto al segundo: “el periódico de Cayo
Hueso que lleva un nombre que enluta el pensamiento y apena el corazón,
porque en nuestra patria generosa y abundante no podrá existir causa
para él…”

Hay que aclarar que Martí está hablando de censura. Él lo tenía muy
claro y no lo oculta: “¡Ya vemos en nuestro pueblo la casita limpia, el
ajuste equitativo de los intereses encontrados y la razón que ha de
venir a los arreglos económicos entre los factores de la producción,
cuando la aspiración legítima del obrero al trato respetuoso y a la paga
justa no se exacerbe…”

¡Ya vemos!, dice entusiasmado ante la visión del Estado cubano —que él
llama casita limpia— y es de advertir que en esa casita donde no habrá
lugar para El Proletario, se producirá el “ajuste equitativo” de
“intereses encontrados”, y donde lo que de hecho se les promete a los
trabajadores es la “aspiración legítima” al “trato respetuoso y a la
paga justa”, pero siempre que esa aspiración no se exacerbe. Es decir,
siempre que no ensucie la “casita”.

La advertencia es válida porque, como dice, “no hay campo, ni nuestro
campo cubano siquiera, libre de la serpiente”. Por lo que en realidad el
Estado, la República, “la casita”, no sería nunca una casita limpia,
sino una que habría que limpiar constantemente de serpientes,
perseguirlas, echarlas, destruirlas. ¡Y pensar que Martí fue capaz de
arrancarles sus ahorros a los trabajadores con la promesa de semejante
República!

Ángel Rama expresa en la entrada del 16 de diciembre de 1974 de su
diario que Roberto Fernández Retamar está físicamente mejor, “aunque ya
ha atravesado la línea de sombra”. Rama continúa: “Pero desalienta verlo
transformado en el funcionario […], y me acuerdo de aquel día (¿cuándo?
¿en 1967?) en que vino a verme al hotel, no bien llegado a La Habana y
en mi habitación, paseando nervioso y fumando, me dijo: ‘Tú comprendes,
llega un momento en que se produce, se triunfa, ahora lo hemos logrado,
somos el gobierno'”. Había llegado la hora también de limpiar “la casita”.

Mi estudio cierra su círculo en Martí City con otro segundo momento
importante: el juego de pelota que se celebró para festejar el 10 de
octubre. Ahí se enfrentaron los equipos Patria y José Martí. El lector
que quiera saber tendrá que leer el libro. Mientras, puede imaginarse en
un estadio en el que ese juego está en su momento más reñido. ¿Quién
querrá que gane?

Todo lo anterior nos conduce irremediablemente a un juego de hipótesis:
de haber quedado con vida tras la independencia, ¿cuál crees que hubiera
sido el posicionamiento de Martí de cara a esa República de virtuosos
que tanto le obsesionaba?

¿Hablas de su posicionamiento frente a la Revolución Cubana? Porque esa
es la realización cabal, fatal, del sueño martiano. Me refiero a lo de
la comunidad ética, abocada a exclusiones infinitas: gusanos, lacras
sociales, antisociales, contrarrevolucionarios, vendepatrias. Pero solo
hasta ahí. Es decir, limito la aceptación de Martí a la noción de
mantener limpia “la casita”. Sin embargo, todo sugiere que Martí se
hubiera opuesto a la eliminación de la propiedad privada. Y en cuanto al
comunismo o al socialismo, ni soñarlo.

De manera que Martí también se hubiera virado, más temprano que tarde,
contra la revolución cubana. Pasa como con Jesús en los Estados Unidos:
que si se aparece ahora a predicar en un mall, lo crucifican. Y hacen de
eso un reality show. Si el Martí del Parque Central de pronto empezara a
agitar los brazos y a predicar otra revolución, pondrían el mármol con
toda su pureza frente al paredón de fusilamiento.

La hipótesis implica que primero la “República de virtuosos” que, como
dices, “tanto le obsesionaba”, pudiera realizarse no en parte, sino a
cabalidad. La tentación de realizar ese sueño podría ser la pesadilla
última de la historia de Cuba. Sé que alguien dirá: “pero si ya
llegamos”. No, la revolución cubana es lo más cerca que hemos estado de
realizar ese sueño. Pero todavía podemos llegar más lejos.

El problema es no hacer de la tragedia de Martí, de su pathos, una
farsa. Porque en Martí hay una tragedia real, espantosa, atroz, que
tiene consecuencias políticas no menos atroces. Pero no se puede negar
la cesura, la fragmentación que —no tengo la menor duda— se originó en
la relación con el padre. No considero a Martí un villano o un malvado
al calco de los comics. Si se repasa lo privado, lo que no publicó en
vida —los Versos libres, sobre todo— se verá que hay lugar para la duda,
e incluso para el autoescarnecimiento.

Por eso la película de Fernando Pérez es, al mismo tiempo, dolorosa de
mirar y perturbadora para el pensamiento. De ese Martí de mirada
oblicua, sesgada, desgarrado entre Mariano y Mendive, zarandeado por
violencias que se las daban de justas, ¿qué podía salir? No estoy
diciendo que puede justificarse lo que encontré, pero tampoco quiero que
se piense que yo mismo me siento moralmente por encima de él o de nadie.

Creo que lo mejor sería cambiar nuestra relación con él. Si se lo
compadece —sin sentirnos por ello superiores, es decir, al tiempo que
nos compadecemos a nosotros mismos— podríamos tener otro tipo de
conversación con él. Todo, absolutamente todo, menos la culpa. No más
deudas. En todo caso, nuestra deuda, más que con Martí, es con aquellos
que pisoteó. Nos debemos más cariño y menos rencores.

Por eso creo posible una reconciliación, solo que no basada en el
olvido. A lo que hay que renunciar es a la viabilidad política de Martí
que solo puede llevarnos a más dolor y a otros desahucios. Porque “la
casita” nunca estará definitivamente limpia. La Cuba que llevaba en el
dedo estaba hecha con la cadena del presidio. Eso lo dice todo. No;
sufrir no es gozar. Es sufrir. Y que sufra el que quiera, y a su placer,
pero que no se lo imponga a nadie.

Francisco Morán, Martí, la justicia infinita. Notas sobre ética y
otredad en la escritura martiana (1875-1894) (Verbum, Madrid, 2014).

Source: José Martí, empezar por la sospecha | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1422402521_12562.html

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