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Definió Martí su república como una comunidad post-étnica?

¿Definió Martí su república como una comunidad post-étnica?
MIGUEL CABRERA PEÑA | Santiago de Chile | 7 Dic 2014 – 9:05 am.

Decididos por nociones martianas contra la opresión que sufría el
afrocubano y por concepciones de desobediencia civil previas a Mahatma
Gandhi, dos artículos publicados en este diario debieron generar crítica
o solicitud de detenimiento en estos temas, pero no sucedió así.

Descontando varios elogios que agradezco, los comentaristas centraron su
atención no en la posibilidad de debatir sobre los nuevos senderos
abiertos al conocimiento de la obra martiana en un asunto crucial de la
historia de Cuba, sino en saber los nombres de profesores de la academia
norteamericana criticados en aquellos artículos que remiten a un libro
acerca de las relaciones de José Martí con los negros en Cuba y Estados
Unidos.

Con el propósito de iniciar el debate imprescindible, interesa que nos
demoremos en un autor relevante como Rafael Rojas, quien enseña dos
posturas que se contraponen y si las hacemos dialogar arrojan chispas.

En crítica a un ensayo sobre la cuestión indígena de su colega Jorge
Camacho, el autor de José Martí: la invención de Cuba mantiene zonas de
independencia respecto al sector académico aludido. Rojas sostiene sobre
Martí: “no creo que su imaginario racial pueda ser plenamente
reconstruido sin alusiones a su proyecto de una ‘república con todos y
para el bien de todos’ en Cuba”.

La tradición ha afirmado que cuando José Martí habla de una república
con todos, incluye a los afrocubanos, al igual que cuando alude a los
pobres. Aquí habría que distinguir una sutileza: cuando Martí trata
estos asuntos habla en primer lugar de los negros, que es cosa distinta.
Por cierto que utilizó la palabra negro “sin ánimo de herir”, como se
usó en no escasas ocasiones y aún se usa en Cuba. No sé de otra como
sustituto inobjetable.

Si la citada posición de Rojas se instala en razón, señala sin embargo
casi al final de sus opiniones: “Como en Simón Bolívar, la idea de una
ciudadanía que construye su homogeneidad cívica sobre una heterogeneidad
racial, vista como lastre para el progreso, hace que, como sostienen
Alejandro de la Fuente, Alejandra Bronfman, David Sartorius y otros
estudiosos de la cuestión racial en Cuba, el proyecto republicano de
Martí defina la nación como una comunidad post-étnica”.

Los estudiosos a los que se suma Rojas no son expertos en Martí según el
propio crítico, sino en la cuestión racial en Cuba, y esta es la
condición de la inmensa mayoría de los académicos con los que, luego de
casi 20 años dedicados al asunto, expando mis desacuerdos.

¿Dejó Martí como legado que la heterogeneidad racial en Cuba constituye
un lastre? Esto es muy discutible y el espacio ordena una posposición,
pero lo imposible de probar es que abrazó un proyecto republicano que
definió la nación como comunidad post-étnica y, a la vez, que tuvo como
importante para su república la noción “con todos y para el bien de
todos”, que en verdad es programática.

La academia norteamericana acepta frecuentemente como un absoluto al
Martí que en busca de la unión idealiza la situación contemporánea y en
alguna ocasión hasta histórica entre las razas, pero además suele
soslayar o desconocer —pifia del porte de un buque— la lucha ideológica
que a brazo partido se llevaba a cabo. Al decir de Antonio Maceo, España
trata de hacer creer a los negros que los cubanos de origen hispano son
los mantenedores de la esclavitud y, en una palabra, los mayores
enemigos del negro.

Hay mucha tela por donde cortar en las descontextualizaciones de la
academia y en este dispositivo en particular, el cual explica por qué
José Martí y Antonio Maceo antepusieron reiteradamente la nacionalidad a
la etnicidad en la Isla (“cubano es más que blanco, más que mulato, más
que negro”). En síntesis, el discurso metropolitano no obstaculizaba
sino negaba la posibilidad de la nación.

La academia escamotea además al Martí que le despelleja en la cara la
verdad de la opresión racial a los criollos blancos, y no hay que
olvidar que su admiración por los padres fundadores (también los
critica) le sirvió para combatir dicho dispositivo, en su mente cuando
nota la escasez de blancos en las primeras semanas de la guerra.

En el exilio y en Cuba se sabía cuándo Martí enfilaba contra el discurso
colonial, que buscaba seguir “dividiendo al cubano negro del cubano
blanco”, o a la historia real del país, y en primer lugar lo sabían
líderes de la raza como Maceo.

Frutos de la convivencia

El sector profesoral apuntado se inclina a silenciar el saldo que en
Martí y los negros rindió la convivencia y la cercanía humana desde
finales de los 80, algo que no sucedió con el indígena americano y
determinó al respecto un saber mayoritariamente libresco o por la prensa.

Escarbemos en la relación del autor de “Nuestra América” con Rafael
Serra, destacado activista contra la opresión de la raza. Cuenta
Deschamps Chapeaux que cuando Serra tiene listo su equipo de combate
para partir a la Isla, el jefe del Partido Revolucionario Cubano (PRC)
le dice que no, que él no irá a la guerra.

Quizá algún tema en la familia de su compañero pudo influir en la
decisión, pero de lo que no tengo la más mínima duda es que Martí quiere
a Serra vivo porque amén de líder de la comunidad afrodescendiente en
New York, donde ocupa un alto cargo en el PRC, el poeta ha reiterado que
en la Sociedad La Liga “hombres estamos creando”, y ello “no se ve
ahora, pero ha de sentirse luego”.

Aunque estudiosos leen con displicencia frases como esta, Martí asume
como obligación ética ayudar en la generación de hombres autónomos y
antirracistas para actuar en la República. Si al decir de Gramsci cada
grupo tiene su propia clase de intelectuales o tiende a formársela, José
Martí se involucró en esto conscientemente en relación con los negros y
el racismo.

Por décadas, la tradición y la academia con la que contrapunteo se han
entretenido en explicar que la tarea más importante de Martí en La Liga,
y con muchísimos negros fuera de ella, radicó en crear independentistas.
Esto parece argumento para párvulos. Los negros necesitaban y anhelaban
más la soberanía y la democracia del país que Martí, si el asunto fuera
medible. Las habían peleado en dos guerras como mayoría. Hasta Rubén
Darío supo que estarían en masa en la contienda.

Difícilmente los amigos de Serra —gran parte de la comunidad
afrocaribeña en New York— desconocieron cartas en que Martí le escribió
sobre cómo asumir el antirracismo, tarea que por el contexto prebélico
era hacedera únicamente en la democracia republicana: “Todos los que
tengan voluntad han de ponerse juntos. Ya cansa, y hace demasiado daño,
el trabajo de serpiente de tanta gente mala”.

Y difícilmente tampoco desconocieron muchos negros la simpatía de Martí
por los afronorteamericanos que tuvieron en sus iglesias espacios de
creación de vida ciudadana y resistencia, y a los que en una asamblea
decidieron “protestar en todas partes” contra las agresiones a las
parejas birraciales, todo un tema en su escritura.

La unión de los afrodescendientes está aquí explícita, pero
implícitamente refiere la solidaridad de los blancos antirracistas, que
comienza por él mismo, y todo bajo el amparo de la democracia
republicana y la paz. Estas hubieran sido graves desavenencias con el
Partido Independiente de Color (PIC) de haber vivido su tiempo.

Martí se acercó más a nuestra contemporaneidad que el camino que hacia
su holocausto escogió finalmente el PIC.

Entonces, ¿por qué creer a los académicos con quienes Rojas tardíamente
naufraga en el entendimiento de un trozo capital de nuestra historia?
Conste que también la perspectiva de una homogeneidad cultural que junto
con la cívica muchas veces invoca la crítica, sufre disrupciones
profundas en la obra martiana, y no solo respecto a los abakuá en Cuba y
otros temas, sino en relación, por ejemplo, con el spiritual
afronorteamericano.

Si a sus amigos les anunció una “campaña redentora y activa” contra el
racismo en la República, en Patria concretó el futuro como escenario de
conflicto: “¡Cerrémosle el paso a la república que no venga preparada
por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad
de todos los cubanos¡ ¡De todos los cubanos!”.

Invariablemente los comentadores se fijan aquí en la inclusión del
negro, pero pocos en la decisión de resistir a los que se opusieran a
dicha inclusión, donde el aliento por lo social prepondera.

La desobediencia civil como herramienta de liberación para el negro y
generadora de derechos en la práctica para todo oprimido es lo que ya
tiene Martí claramente en su cabeza antes de la guerra, y esto es lo que
cifra, lo que entrega el sentido último de su legado.

Rojas apoya un proyecto republicano que no existió como comunidad
post-étnica, y no queda aquí otro remedio que repetirnos: ¿fueron tontos
los afrocubanos en acudir a la guerra de Martí —y probablemente morir—
por una república que no tendrá en cuenta la causa de la opresión que
padecen, es decir, post-étnica?

El sesgo de la mirada

En tres ocasiones deslegitimó Martí el concepto de raza desde el punto
de vista biológico, hazaña intelectual con la cual se adelantó seis años
a la sugerencia del célebre Emile Durkheim. En torno a aquella
proclamación vio la luz en la academia norteamericana la noción de una
república post-étnica en Martí.

La interpretación que influye a Rojas falla por unilateral. Como acusa
André Taguieff, el antirracismo hay que inventarlo, irlo calafateando
como a un barco en el océano, y en buena medida eso hizo Martí, aunque
no tuviera plena conciencia de ello.

Alicia Ríos discurre que las razas biológicas no existen para Martí,
pero sí existen para él —precisa— desde la perspectiva del oprimido, del
exesclavo. ¿Tendrán razón Ríos y otros como Keith Ellis?

Luego que en 1891 acuñara la abolición del concepto, en 1892 Martí
escribe su crónica más lacerante sobre Estados Unidos, donde un pueblo
del sur quema vivo a un negro. Tal texto se me antoja cotejable con Du
Bois sobre el mismo tipo de crimen.

En “Mi Raza”, en 1892, vuelve a exhortar a los negros a defenderse
discursivamente contra los racistas, y en este texto que tiene como
trasfondo rozamientos entre negros y blancos en el exilio, donde “a los
negros se les dice poco menos que bestias”, evoca, al mismo tiempo, su
deslegitimación del concepto. Unos meses después, en un apunte, denota
“la oposición y repulsa general, y los prejuicios sociales, odios a la
juventud y la mujer, que el problema negro implica”.

Este apunte es el único, por lo menos en la historia occidental del XIX,
donde un líder nacional blanco afirma que aceptaría a un negro como
esposo de una hija hipotética. El yerno que Martí se destina es también
un hombre autónomo.

Acierta Ellis cuando subraya que Martí se hubiera opuesto a los que
proclaman la ausencia de razas y luego miran al cielo y pasan por alto
casos de discriminación.

En buenas cuentas Martí sumó, enriqueció su brega general con la
inexistencia de las razas, por eso continuará hablando de odios, de
invisibilización también en la república (“habrá duelo de ojos”), de
resistencias y, con harta frecuencia, de derechos, sobre los que el
mismo Rojas publicó un ensayo notable. En “Mi raza”, un texto de página
y media, no escribió el vocablo igualdad, que se teorizará problemático,
pero la palabra derecho la recalcó en doce ocasiones.

Miguel A. de la Torre considera el Manifiesto de Monte Cristi (1895)
como el único documento de su tipo en el hemisferio occidental que
menciona a los negros como una fuerza positiva en la sociedad. Aquí toca
Martí conflictos raciales.

Antes y después de inhabilitar el concepto somete a frecuentes
reflexiones el cuerpo físico de la raza, causa de su presencia en
América y vía socio-estética que mantiene presente la etnicidad isleña.

Cuando la elite cubana se apropió de la deslegitimación del concepto
para evitar la protesta y escamotear el prejuicio y la discriminación,
lo hizo seleccionando políticamente, desvertebrando, desmedulando el
legado martiano.

Miguel Cabrera Peña es autor de ¿Fue José Martí racista? Perspectiva
sobre los negros en Cuba y Estados Unidos. (Una crítica a la Academia
norteamericana) (Betania, Madrid, 2014).

Source: ¿Definió Martí su república como una comunidad post-étnica? |
Diario de Cuba – http://www.diariodecuba.com/cultura/1417902568_11671.html

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