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Los afrocubanos tontos y Martí

Los afrocubanos tontos y Martí
MIGUEL CABRERA PEÑA | Santiago de Chile | 24 Ago 2014 – 10:18 am.

Contrario a lo sostenido por un sector de la academia estadounidense, el
autor defiende la comprensión que tuvo José Martí del tema del negro en
Cuba.

A mediados de los 90 un sector de la academia estadounidense —cubanos
incluidos— comenzó un nuevo ciclo de lo que se convertiría en corriente
o tendencia que llega hasta hoy. En los primeros momentos parecía
combatir una hagiografía que no redondeaba a un Martí cercano a su
régimen de verdad, sino que lo desfiguraba y muchas veces lo convertía
en una momia metafísica. Nos referiremos aquí exclusivamente a las
nociones y prácticas sobre Martí y los negros.

Como la corriente fue añadiendo temas y apilando crítica sobre crítica y
paliza sobre paliza, Emilio Ichikawa terminó por denominarla “desguace
de Martí”. Ha influido incluso entre relevantes intelectuales de raza
negra, a pesar de postulados más de una vez sumamente problemáticos.

Creer en un Martí que no muestre ambivalencias y errores es
sencillamente encarnar lo peor de la crítica tradicional, que la
iniciada a mediados de los 90 busca a toda costa decapitar. Un poeta
que, como suerte de dios griego parecía nacer desde la cabeza del mundo
pero con todos sus saberes hechos, no es más que una entelequia, un
sofisma y una construcción irremediablemente fallida.

Pero anotemos un asunto de primera magnitud: la academia estadounidense
suele centrarse en los errores y pespuntear apenas, desconocer o
silenciar el avance, la dinámica interna y los adelantos, en suma,
provocados por las discusiones de Martí contra el discurso dominante, un
conocimiento buscado que, en no pocos segmentos, se tornan nociones
metamodernas, o sea, más allá de la llamada modernidad.

El sustrato de muerte que Martí palpó en la esclavitud, sus contrapuntos
y, en particular, sus ascensos en torno a la antropología anterior y
coetánea, las recepciones entre Martí y los afrocubanos, las nociones
que prevé sobre la desobediencia civil en la república democrática, que
es el sentido final de su guerra, así como la articulación de
concepciones acerca de lo que llamó vigilancia, previa a la intervención
política y social de los oprimidos, son asuntos que apenas se mencionan
o no existen en la bibliografía pasiva martiana.

La vigencia de sus incursiones sobre el cuerpo del negro constituye otro
ángulo ausente en muchos estudios. Interpretaciones ajustadas
contextualmente y la literalidad de sus posturas permiten probar que
hacia finales de los años 80 Martí va dejando atrás, con celeridad
mayor, sentidos conservadores en su obra.

El contexto y el texto

El tema del negro parece explicarse únicamente dentro de la obra
martiana y sus exégetas. Sin embargo, la respuesta a la siguiente
pregunta sobre lo extradiscursivo, a lo que se ubica más allá de la
escritura, no debe ser silenciada. ¿Por qué no se ha publicado antes un
libro que cuestione a esta corriente si sabemos que más de un académico
en EEUU no está en gran medida de acuerdo con ella?

Aquí se involucra un interés insoslayable. Sin contar lógicos vínculos
de amistad propios en cualquier área de labor, por la situación
cambiante del mercado de trabajo en la academia, que varía como otros,
choca con el interés individual el criticar a muchos autores —y no a uno
o dos— que mañana pueden transformarse en apoyo para alcanzar un
necesario nuevo empleo. Este dejar pasar entre los estudiosos cubanos de
la Isla está envuelto en una obviedad: podrían perder invitaciones a
cónclaves y cursos del gremio.

La mencionada circunstancia no es patrimonio de EEUU, pero como anotamos
el contexto del discurso y esta crítica raya la piel, mi libro recién
publicado ¿Fue José Martí racista? Perspectiva sobre los negros en Cuba
y Estados Unidos (Una crítica a la Academia norteamericana) ha sido
posible no porque yo actuara de forma diferente, sino porque soy cubano
que vive en Chile y no guardo especial interés por pertenecer a la
academia norteña.

Si efectivamente algunas posiciones han sido criticadas, el grueso de la
tendencia goza de una suerte de impunidad crítica que se suma a la
hegemonía de divulgación y alcance que esa academia significa, a la
envergadura de su marca institucional y simbólica desde el país más
poderoso del planeta. Tal poder se constituye en una autoridad en el
campo intelectual y la esfera pública. Este es un dato exterior al
discurso pero, al mismo tiempo, una presión, una potenciación, una
realidad inocultable.

Los negros tontos

Si en sus desarrollos en relación con el indígena en el continente hay
en la obra martiana espacios ambivalentes que no alcanzan a desaparecer,
en el camino hacia el negro se lee una profundización mucho mayor y la
cifra de posturas problemáticas enseñan una reducción con difícil
paralelo en el siglo XIX, y en particular cuando él solamente vivió 42 años.

No únicamente en la interpretación de concepciones válidas en el corpus
martiano, también en torno al sujeto hallamos deficiencias dignas de
registro en la academia estadounidense. Lógicamente uno esperaría aquí
el grito del negro, la demanda de intereses ante un Martí que
presuntamente los escamotea o inculca los dispositivos de un letrado
fundacional hegemónico, como se ha prescrito. Pero esos gritos no están,
porque sencillamente no los hubo.

¿Fueron tontos los afrocubanos al aliarse con un líder político blanco
que no representa sus anhelos de siglos, sus sueños de usufructuar
derechos, sus necesidades sociales más perentorias? Y recuérdese que el
poeta antes de 1890 mantiene relaciones personales y abundante
correspondencia, ambas prácticamente diarias, con compatriotas de
ascendencia africana, y en ella no escasean incursiones en la racialidad
cubana. No hubo protestas ni tampoco polémica, según los documentos
conocidos.

Si Martí fue tan conservador como indican no pocos, se nos antoja por lo
menos extraño tener que admitir que Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez,
Rafael Serra y Manuel de Jesús González, para no mencionar a otros
camaradas en la sociedad de instrucción La Liga, en vez de criticarlo lo
elogiaron. En La Liga, Martí trabajó gratuitamente como profesor y de
acuerdo con sus textos allí se discutió el racismo muchas veces. La
academia, en fin, nos propone afrocubanos definitivamente tontos, que
ensalzaron a quien debieron detestar.

Son muy conocidas las frases de Gómez respecto al bardo y los negros,
pero el folleto La república posible, escrito por Serra y publicado
luego de su muerte en 1909, constituye prueba muy significativa de lo
que realmente representó el liderazgo del poeta.

Serra, por cierto el más cercano de los amigos negros del Delegado, se
convertiría a la vez en el activista afrocubano más radical contra la
discriminación desde finales del XIX hasta el ocaso de la primera década
republicana. Dentro de sus propios textos en Patria, Martí le cedió
espacio a Serra, y eran espacios ocupados por un radical. Por su parte,
Maceo dijo en una entrevista refiriéndose a Martí: “con su cerebro
iluminador despeja las sombras que dejó la esclavitud a nuestro pueblo”.
¿Fue tonto Antonio Maceo?

Entre los mencionados, Gómez se erigió en testigo de su escasez de
prejuicios personales (1879) y conoció los avances de Martí en el tema.
No fue casual que reprodujera en sus periódicos textos martianos sobre
incursiones raciales, como mismo hizo Patria, por ejemplo, con La
Igualdad. En la Isla se interpretaron artículos del poeta.

Un cálculo del volumen de las referencias a los negros en el corpus
martiano refleja que muy pocos, pero muy pocos intelectuales de la raza,
y desde luego blanco alguno ha ofrecido, hasta hoy, la visibilidad
general que le ofreció Martí. Legará asimismo una clara conciencia de la
invisibilidad contra el afrocubano en el discurso prevaleciente, e
incluso en una ocasión llegó a darle primacía a la racialidad respecto a
los vínculos cubano-norteamericanos. Afirmar que este hombre vio a las
razas trascendidas es una de las invenciones más estrafalarias que se
hayan publicado sobre la historia de Cuba.

No solo discurso, sino hechos palpables y realizaciones convencieron a
los negros para seguirlo. Indiquemos unos pocos elementos:

1.- Como detalla Gerald E. Poyo, hombres y mujeres de la raza accedieron
a posiciones de poder y laboraron e influyeron en la estructura del
Partido Revolucionario Cubano (PRC). Al mismo tiempo, varios en Nueva
York estaban muy presentes en el periódico vocero de su lucha, o lo que
es lo mismo, manifestaron sus intereses y no únicamente fueron pensados
por la hegemonía, según suele afirmase. Además, Martí abogó públicamente
por el poder político para representantes negros una vez ganada la
república.

2.– Martí condenó insistentemente la situación de mayor pobreza del
negro y abogó por su ascenso educacional, que acusó gratuito y
considerado en nuestros días herramienta crucial contra la desigualdad.

3.- Este es el punto más trascendental, pues todo lo anterior podía ser
traicionado por el poder a establecerse en la república, como anunció el
poeta enfáticamente. La república democrática sería escenario de luchas
pacíficas en pro de los derechos de los afrocubanos y el resto de los
oprimidos. Lo anterior se lee en muchas metáforas martianas, pero
también lo inscribe literal y conceptualmente en sus páginas. De tal
manera, precedió a Mahatma Gandhi, quien generó las nociones que
transformará en método de lucha a partir de la discriminación de los
indios en Sudáfrica.

El negro vigilante

A pesar de la objetividad presumible del sector académico mencionado,
este admite claramente que la palabra de Martí tuvo los superpoderes que
la tradición le atribuyó. Es decir, la academia decapita a la tradición
pero conversa con su cabeza. Si no es así, cómo engañó el poeta a los
negros, cómo los drogó si no eran un atajo de tontos que luego de la
abolición poseían anchos espacios de maniobra.

Gómez, Serra y el mulato puertorriqueño Sotero Figueroa, entre otros,
eran intelectuales que publicaban ensayos y artículos, hacían discursos
y llevaban a cabo un activismo antirracista que Martí impulsó y elogió.
Precisamente por su radicalismo, el político invitaba a hablar a Serra
en los actos que organizaba y el matancero se zambullía invariablemente
en el tema que más le preocupaba.

En La Liga se produjo un incidente que denota la atención que ponían los
negros a sus relaciones con líderes blancos, y Martí es el principal
involucrado. Años después, refiriéndose a Martí, Manuel de Jesús
aludiría al engaño que intentaron otros: “Erraría el que figurase que
iba él, con frases calculadoras, a halagarnos, para por este medio
ganarse nuestro afecto. De hombre a hombre hablaba…”. Y a continuación
plasma el antirracismo en La Liga. Precisamente en este proceso de
esclarecimientos mutuos entre el artista y sus amigos nacerán
convicciones que ayudarán a la fundación del Partido Independiente de Color.

Recordar a Serra no resulta un ejercicio baldío: “Nos enseñó [Martí] a
ser indóciles contra toda forma de tiranía, contra toda soberbia”, con
lo cual apuró el estallido del dispositivo que grafica al poeta
apadrinando a negros sumisos, otro punto de la susodicha academia. Pero
semejante indocilidad tuvo sentido pacífico, como subrayó Serra en
numerosas ocasiones siguiendo explícitamente al Delegado. Fue el rumbo
que el intelectual y obrero del tabaco mostró al partido de composición
uniracial que cuajaba y a otros descendientes de África. El sesgo
violento que adoptó a la postre la organización, fallecido para entonces
Serra, fue en contra de las nociones de desobediencia civil de Martí,
recogidas ejemplarmente por el tabaquero y activista.

La indocilidad citada por este último ofrece una idea sobre cuáles
fueron los argumentos del poeta —orales y en cartas— ante sus
compatriotas de la raza, que suscribe para blancos y negros en Patria.
Se ha dicho con razón —y lo pruebo en el libro citado— que el artista
ayudó a crear sujetos contra el racismo en La Liga, algo que
corroboraron alumnos como Manuel de Jesús y el mismo Serra, dos de los
que estuvieron al lado de Martí en Nueva York y se involucraron
posteriormente con el Partido Independiente de Color.

El autor de La republica posible fue una suerte de ideólogo de la
entidad —según el The New York Times de la época— y viajó en 1905 a EEUU
en compañía nada menos que de Evaristo Estenoz, quien se convertirá en
líder de la organización y será asesinado a la postre. Es falso, pues,
el muro erigido por la academia estadounidense entre Martí y el partido
masacrado por el poder en 1912, crimen calculado desde varios centenares
hasta los 6.000. El discurso martiano estuvo presente en la organización
política a través de documentos oficiales y de su propaganda,
posibilitada por las libertades entonces prevalecientes.

Los negros y el poder

Penetremos sucintamente —los argumentos abundan— en el poder político
que para la raza discriminada puso Martí en su obra y vale sostener que
comunicó o reflexionó con sus amigos. Él no se limitó a sugerir
públicamente el acceso a dicho poder para Antonio Maceo, sino que además
lo marcó concretamente en Juan Gualberto Gómez. Además, este recuerda en
texto imprescindible que él y Martí participarían en la “gobernación de
la revolución”, o sea, en el liderazgo político previo a la república.
De no ir preso y de vivir Martí, con seguridad habría sido Juan
Gualberto Gómez el primer negro en esta instancia.

Si los afrocubanos tienen en el PRC presencia práctica en cuanto a poder
e influencia y voz propia, en sus apuntes Martí creó un tipo de gobierno
colegiado que fue meditado con un objetivo primordial: que los negros no
quedaran fuera de los más elevados puestos políticos en la república, y
en este gobierno, por cierto, se favorece la posibilidad de que un
afrocubano ocupara la presidencia del gobierno. Y no por mero
entretenimiento al final de la disquisición precisa: “Garantía para
todos. Poder para todos”.

Sobre activistas como Henry H. Garnet y Frederick Douglass, entre muchos
abordajes, Martí se refirió a los derechos del negro al poder en EEUU y
encomió, también entre otros, a John Mercer Langston, con asiento en el
Congreso. Du Bois, el activista e intelectual paradigmático, no se
oculta al investigador paciente cuando Martí destaca el premio obtenido
por un afronorteamericano en Harvard.

Porque está en sus letras resulta imposible dudar de los avances y
continuas arremetidas en favor de los afronorteamericanos. Que yo sepa,
y salvo en mi libro mencionado, no hay traza de un estudio que, desde la
historiografía contemporánea centrada en el afronorteamericano, se
proyecten significaciones en las páginas del político habanero.

Los negros y el dilema social

Como a José Martí se le exige todo —hasta el haber nacido con
conocimientos de nuestro tiempo—, no faltan los que han dicho que su
obra social con respecto a los negros es vacía o nula. Apenas tienen en
cuenta la virtual inexistencia de estadísticas en la época, que el poeta
vivía en EEUU y que la Cuba que piensa es de posguerra, una guerra que
podía ser, como fue, devastadora. Por otro lado, desde la antesala de un
conflicto bélico donde la unión resulta vital, era prácticamente
imposible —salvo que quisiera realmente engañar— incluso esbozar un plan
o programa social para la raza. Y excluimos a los numerosos efectivos y
líderes racistas comprometidos en acudir al campo de combate que se
hubieran opuesto a cualquier programa de este tipo.

Uno de los fundamentos en el corpus martiano al respecto fue la
reiteración de que los negros eran los cubanos más pobres, fruto también
en buena parte de la discriminación. Él bregó por generar no el
conocimiento de lo obvio, sino conciencia colectiva al respecto, y al
hablar de la precaria situación económica del país especifica al
afrocubano: “en su familia insegura y en su vida entera siente él el
oprobio y exterminio de la vida cubana”, a lo que añadiría, con harta
frecuencia, la noción que señala a los negros como “los cubanos más
oprimidos”. La opresión y vulnerabilidad más dolorosa son dos
concepciones intrínsecamente encadenadas en sus escritos.

La ciencia social establece hoy que únicamente con la conciencia general
de que existe una parte de la población discriminada y en mayor pobreza
se asientan las bases para llevar a cabo estrategias de carácter social.
Estamos ante una carencia que, superada en la obra martiana, persiste
todavía.

Teniendo en cuenta lo anterior ¿podría afirmarse que Martí tuvo
vislumbres de lo que hoy llamamos acción afirmativa y que cuestionó la
concepción de igualdad que prevalecería hasta después de mediado el
siglo XX, cuando comenzará a hablarse en Estados Unidos contra el slogan
de la igualdad? Esto está en su obra y, junto con otros desarrollos,
dedico un capítulo completo de mi libro a su visión social sobre los negros.

La concepción y decisión de ayudar a su compatriota se le ha escurrido a
más de un académico, porque han traducido por cháchara o moralina lo que
contiene muy sustanciosos pareceres. Cuando Martí vuelve a exhortar en
“Nuestra América” a “¡bajarse hasta los infelices y alzarlos en los
brazos!”, está diciendo que a los pobres hay que ayudarlos a salir de su
situación. Serra, por cierto, captó el propósito del amigo y al criticar
al Partido Autonomista subrayó el “poco o ningún interés que se ha
tomado ese partido en ayudar a levantarlos [a los negros]“.

Ese esfuerzo por sacar al afrocubano de su circunstancia y cooperar en
el ascenso social provendrá en las páginas martianas tanto de
particulares como del Estado. Apelará a la clase adinerada cuyo
patriotismo debía ostentar como “primera cualidad” “el desistimiento de
sí propio; la desaparición de las pasiones o preferencias personales
ante la realidad pública”, a lo que denominó “el ideal de la justicia”.
De ello no falta en la acción afirmativa actual.

No hay en estos planteos idealizaciones vacuas. Recuérdese que para
Martí la miseria no es desgracia personal sino “delito público”, “deber
del Estado”, escribe el poeta tan temprano como en septiembre de 1884,
según anota Carlos Ripoll. En sus crónicas norteamericanas, Martí
divulga a su admirado Henry George, quien alude a los derechos del más
pobre de los niños negros por el solo hecho de nacer. Era pues esperable
algún tipo de política pública.

Límites espaciales nos obligan a no mencionar un puñado de asuntos y
pasar volando por dos relevantes:

1.- Martí fue uno de los pioneros en defender una recompensa por los
sufrimientos de la esclavitud, tanto en Cuba como en EEUU.

2.- Como consecuencia de la ayuda de la sociedad, el Estado y el
esfuerzo propio, que Martí encomió, el descendiente de África debía
convertirse en “creador de sí”, carestía en nuestra historia que se
acentúo después de 1959.

¿Afrocubanos tontos?

Si aceptamos que la lucha de los negros era principalmente contra el
racista cubano, veamos qué epítetos les lanzó Martí, sin que intentemos
ser exhaustivos. En épocas distintas le llama “ignorante”, “incauto”,
“suspicaz”, “duro”, “desdeñoso”, “incapaz”, “pecador”, “imprevisor”,
“serpiente”, “gente mala”, “mentiroso”, “injusto”, “cobarde”, “necio” y
en estado de “sincera imbecilidad”.

Martí distingue además al racista como “temeroso muchas veces, aunque
por pura ignorancia y sin razón, del adelanto de la raza negra”. A los
prejuiciosos educados los calimba de “soberbios letrados de cultura
inútil”. Atacará también a los racistas llamándolos “asustadizos”, y
alude a la “rudeza y necedad del blanco criollo” y objeta el “inhumano
desdén y suspicacia fingida” de los criollos blancos.

Todo el aparato bibliográfico de este artículo puede consultarse en mi
libro ¿Fue José Martí racista? Perspectiva sobre los negros en Cuba y
Estados Unidos. (Una crítica a la Academia norteamericana) (Betania,
Madrid, 2014).

Source: Los afrocubanos tontos y Martí | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1408825804_10104.html

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