Racismo – Cuba – Racism
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Cuba a todo color

Cuba a todo color
marzo 6, 2014
Ernesto Pérez Chang

HAVANA TIMES — Alexis es egresado de una escuela de turismo. Durante
años estudió cocina y se graduó con honores. En algunos concursos los
maestros elogiaron su destreza y buen gusto, también la pulcritud y la
habilidad de improvisar e innovar. Sin embargo, al buscar empleo, Alexis
no ha tenido suerte.

Halló trabajo en un deslucido restaurante de Centro Habana pero nunca lo
han dejado pasar de ayudante del cocinero principal. El destino del
muchacho será difícil de cambiar simplemente porque nació con un
defecto: su piel es negra, demasiado oscura.

Odalis tiene una voz potente, majestuosa y una pronunciación impecable.
Es perspicaz y demuestra soltura al conversar. Ama el mundo del
espectáculo y, aunque estudió Comunicación Social en la universidad, su
fantasía es ser animadora de un programa televisivo, una revista
variada, sin embargo, lleva demasiado tiempo leyendo noticias, encerrada
en la cabina de radio de una emisora provincial.

Guarda la esperanza de que alguna vez alguien repare en sus habilidades.
Pero Odalis no es una rubiecita de voz meliflua o una mulata de talle
esbelto, de esas que las publicidades y las ferias de turismo anuncian
como el sello de nacionalidad hecho carne.

El cabello de Odalis no ondea ni cae por los hombros con la suavidad que
pueden ofrecer algunos genes o un tratamiento capilar a base de
keratina. Odalis es negra y su limitación en la vida es consecuencia de
no sentir vergüenza de lo que es.

Tamara es una niña que sueña con ser Odette, y también Odile, en El lago
de los cisnes. En la escuela, los días de celebraciones, se calza unas
zapatillas cosidas por la madre y danza con júbilo y gracia ante los
estudiantes y maestros. Lo hace bien, casi perfecto para su edad y para
no haber recibido instrucción. Ella es puro talento.

Cierra los ojos y se deja llevar por la música de Tchaikovsky que además
sirve para apagar los comentarios inapropiados dentro del público. Los
profesores le aconsejan cambiar de rumbo porque en el ballet clásico
pocas veces triunfan los de su color. Tamara no los escucha. Ella piensa
en un Sigfrido que no distingue entre el negro y el blanco y por eso
tiene en su cuarto una imagen de Carlos Acosta, solo como resguardo.

Cuando uno recorre el país, de punta a punta, se encuentra con miles de
casos como los de Alexis, Odalis y Tamara. No hay que esforzarse
demasiado para comprobar que en ocasiones las ilusiones y el talento de
una parte de los cubanos terminan por ser aniquilados por el racismo
imperante en la sociedad actual.

Basta con asomarse a cualquier hotel para palpar (sin necesidad de
acudir a las estadísticas) la verdadera distribución de las ocupaciones
según el color de la piel. Es suficiente con recorrer las calles y mirar
la tez de los barrenderos, los constructores, los recolectores de
materia prima, los custodios, los “palestinos”. No es del mismo tono que
la del gerente, el barman, el capitán de salón, el general de alto
rango, la presentadora de TV, la azafata.

En las revistas y en los documentales donde Cuba desea ser un producto
exportable los negros aparecen sonrientes, vendiendo frutas, tomando ron
o bailando en rituales mientras los blancos rentan un Mercedes, se fuman
un Habano o se asoman a una terraza luminosa que da al mar azul y a una
franja de arena inmaculada. ¿Será que los negros no reflejan bien la luz
tropical, que es solo un problema de contraste?

Tal vez por ese detalle técnico la televisión cubana es el ejemplo más
vergonzoso. En los programas estelares, en las telenovelas de factura
nacional, en casi todos los espacios es difícil encontrar actores y
animadores negros. En los casos aislados donde aparecen son detectables
los estereotipos del “buen salvaje” en que se basan los creadores, con
lo cual, bajo una apariencia de normalidad, se enmascara la más
enraizada intransigencia. Una conducta hipócrita y burlona tolerada sin
consecuencias.

La voluntad de acabar con el racismo en Cuba no debe reducirse al
ingenuo e inútil cambio de polaridades, al trueque de un color por otro.
No sirve de nada imponer cuotas de empleo o de admisión ni hacer
anodinas declaraciones oficiales en contra de la discriminación racial.
Es necesario reconocer que no se podrá ejecutar una política acertada
para enfrentar el fenómeno, en tanto el gobierno no revise a fondo su
propio discurso, reconozca sus contradicciones (las pasadas y las
actuales) y entienda que los prejuicios raciales están presentes en
todos los niveles de la sociedad, sin excepción.

Source: Cuba a todo color – Havana Times en español –
http://www.havanatimes.org/sp/?p=94257

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