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La falacia de las estadísticas

La falacia de las estadísticas
VERÓNICA VEGA | La Habana | 10 Oct 2013 – 10:15 am.

Contaminación ambiental, malnutrición, violencia doméstica… Las
estadísticas en Cuba no recogen índices esenciales. Las autoridades las
falsean a conveniencia.

Estando en Francia en el 2011, un profesor que parecía conocer mi país
más que una nativa, me hizo esta interesante pregunta: “¿Has conocido a
alguien en Cuba que haya muerto de hambre?”

Tuve que confesar que no. Pero, ¿pueden solo las cifras expresar la vida?

Que la inmensa mayoría de los cubanos no pueda aspirar más que a
mantener un cuerpo, aunque se haya apagado la maquinaria de los sueños,
para muchos (que no viven aquí), no invalida la utopía socialista.

No es un secreto que los números oficiales pueden ser escondidos,
alterados, sustraerse al escrutinio y a los cálculos.

Sin acceso a registros médicos, por ejemplo, cómo rastrear los estragos
del Período Especial, sus secuelas de neuropatía o neuritis óptica por
falta de vitaminas. Se afirma que ha ido decreciendo la estatura
promedio del cubano y esto es visible en los que ingresan a la
secundaria: adolescentes cada vez menos desarrollados.

Una persona que trabaja en el hospital Maternidad Obrera de la capital
aseguró que nunca había visto tantos niños nacidos con peso
insuficiente, también que muchas jóvenes madres están malnutridas y no
son pocas adolescentes se ven impedidas a abortar por anemia, pero,
¿cómo acceder a esos datos? Si es que se registran…

Según el testimonio de una abogada en el Tribunal Popular Provincial de
La Habana no se archivan los índices de violencia doméstica. Este
detalle se pierde en la generalidad de “lesiones”, donde si acaso se
notará el auge de la criminalidad.

Como es de esperar, el racismo tampoco tiene números suficientes para
ser tomado en serio.

Aquel francés (que jamás había estado en Cuba), aseguró que no tenemos
contaminación. Los ríos y arroyos de La Habana, plagados de bolsas de
nailon y otras inmundicias, tan negros que no reflejan el cielo, no
merecen estar dentro de los datos por los que él se rige.

Nóminas que tampoco mencionan a los indigentes, los ancianos que
reemplazan el descanso soñado con nuevos empleos o la paciente venta de
baratijas. Niñas que ponen fecha de caducidad a su inocencia. Padres que
aceleran el término del plazo.

Cómo convencerlo de lo que está detrás de las cifras de médicos
graduados. Tendría él que vivir en carne propia las deficiencias del
servicio de salud, la escasez de medicinas, la endeble ética de muchos
que engrosan esas deslumbrantes filas de uniformes blancos.

Cómo explicar con simples números los estragos que ha producido la
“educación”, desastre moral que ahora se intenta combatir con spots
televisivos demasiado cándidos para la ferocidad de esas generaciones
cuya premisa recuerda un eslogan comercial que se usó hace unos años:
“Lo mío primero”.

En la residencia de Alamar donde se hospedaban los aspirantes a PGI
(Profesor General Integral) se detectaron casos con retraso mental,
trastornos de dicción y esquizofrenia. A pesar de ello, ningún joven fue
descartado, y salieron de ahí como maestros de secundaria.

Pero lo peor, lo más intangible, es la incapacidad de pensar, de
discernir, que se fomenta desde edades tempranas en los centros de
enseñanza, donde la historia de Cuba (reinventada) está convoyada con
adjetivos inalterables que los benjamines recitan como versos, mientras
héroes y mártires vigilan su obediencia desde bustos y retratos. Donde
consignas escritas o habladas dictan férreas directrices al pensamiento.

¿Cómo se registrarían las víctimas convencidas de ese fundamentalismo
político, que no salen en misiones suicidas para imponer su fe, sino en
mítines de repudio a hostigar y hasta linchar si es preciso, a los herejes?

Sería casi imposible rastrear el mal hasta el fondo. Por los muchos que
emigraron, por los que perecieron por el camino, por los que eligieron
el inxilio, callando y asintiendo con ojos bajos, por los que terminaron
en las cárceles o en los manicomios. O por los que terminaron olvidando
qué eran, encartonados en el personaje oficialista que les da sustento.

En la rigidez de las cifras la vida queda atrapada, estancada.
Especialmente el drama individual, que tendría que reproducirse hasta
volverse masivo para despertar el interés de los flemáticos estadistas.

Source: “La falacia de las estadísticas | Diario de Cuba” –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1381392957_5265.html

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