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Racismo la diferencia entre acentuación e instalación

Racismo: la diferencia entre acentuación e instalación
Dimas Castellanos | La Habana | 6 Jun 2013 – 7:20 pm.

Un artículo en ‘Granma’ asegura que ‘el racismo fue instalado en la
República por los interventores norteamericanos’. La obra de hombres
como Juan Gualberto Gómez y Fernando Ortiz lo desmienten.

Para demostrar que en Cuba se produjeron tres intervenciones
norteamericanas y no dos “como comúnmente se admite”, Gabriel Molina
Franchossi publicó en el diario Granma del pasado 22 de mayo el artículo
La tercera intervención de Estados Unidos en Cuba. Con ese fin citó al
contraalmirante M.E. Murphy, quien en The History of Guantánamo Bay
1494-1964 dice “que la rebelión negra de 1912 forzó a Estados Unidos a
volver a intervenir en Cuba, esta vez en la provincia de Oriente”.

El 20 de mayo de 1912 el Partido Independiente de Color (PIC) inició un
levantamiento armado con el grito de “Guerra o abajo la Ley Morúa”, para
presionar al Congreso de la República, que dos años antes había
convertido en Ley una enmienda que prohibía la existencia de
asociaciones “constituidas exclusivamente por individuos de una sola
raza o color…” Según Molina, los miembros del PIC luchaban junto a otros
sectores de la sociedad “contra la discriminación de los no blancos,
instalada en la república expresamente por los interventores
norteamericano”.

El 25 de mayo de 1912, el ministro del gobierno norteamericano A. M.
Braupré entregó al patriota Manuel Sanguily, entonces Secretario de
Estado de Cuba, una Nota en la informaba que “como medida precautoria,
se ha decidido enviar una cañonera a la bahía de Nipe, y reunir una
fuerza naval en Key West en anticipación de posibles eventualidades”
para ser empleadas en caso de que el Gobierno de Cuba “no pueda o deje
de proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos norteamericanos”. En
la Nota de respuesta dirigida al mandatario norteamericano William H.
Taft, firmada por el presidente José Miguel Gómez, se decía, entre otras
cosas, que “es mi deber advertir a usted que una resolución de esta
especie tan grave, alarma y lastima el sentimiento de un pueblo, amante
y celoso de su independencia, sobre todo cuando ni tales medidas se
deciden por previo acuerdo entre ambos Gobiernos, lo que coloca al de
Cuba en humillante inferioridad…”.

Por el contenido de dichas notas pudiera discutirse si lo que ocurrió
realmente fue una intervención o una amenaza, pero como lo cierto es que
hubo intervenciones, una más o una menos carece de importancia. Mucho
menos ahora que por un problema práctico de la economía, Cuba necesita
mejorar las relaciones con el vecino del Norte, para lo que el número de
intervenciones poco aporta.

Lo que carece de fundamento total es la afirmación del autor acerca de
que “la discriminación [racial] fue instalada en la república
expresamente por los interventores norteamericanos”.

Es cierto que Cuba arribó a la República en el momento en que en Estados
Unidos se estaba inventando la segregación racial. Por tanto se puede
decir que la intervención acentuó la discriminación, pero no la instaló.
Entre acentuación e instalación hay un gran trecho. La afirmación del
autor puede ser el resultado de ese facilismo arraigado de cargar
cualquier culpa sobre el imperialismo, para lo cual no se requiere de
pruebas, sino que basta con citar la carta inconclusa de José Martí a
Manuel Mercado de 18 de mayo de 1895.

La discriminación racial no vino en los buques norteamericanos, sino en
los buques cargados de negros africanos, que cazados o comprados, fueron
trasladados hacia nuestras costas en contra de su voluntad, donde fueron
empleados como fuerza de trabajo y tratados como animales.

Del sometimiento a ese estado respecto de los blancos, emergió la idea
de la inferioridad del negro, que devenida cultura constituyó la fuente
primaria de la discriminación racial. Contra esa condición y falsa
imagen se enfiló la historia de rebeldía masiva que tuvo lugar, desde el
alzamiento de los esclavos de la mina de El Cobre en 1677 hasta la
Conspiración de la Escalera en 1844, y que continuó con la incorporación
masiva de los negros cubanos a la Guerra de los Diez Años en 1868, a la
Guerra Chiquita en 1879 y a la Guerra de Independencia en 1895. Sin
embargo, a pesar del avance logrado por la participación conjunta de
cubanos negros y blancos en las luchas independentistas, los negros en
la República continuaron siendo víctimas de la injusticia social y la
discriminación racial; una realidad que, como puede verse, contaba con
una larga historia antes de la intervención norteamericana en Cuba.

Tan fuerte era el racismo en nuestro país que dio lugar a hechos tan
absurdos como la creación de una comisión para demostrar, mediante un
estudio antropológico del cadáver de Antonio Maceo, previo a su
aceptación como “un hombre realmente superior”, el predominio de la raza
blanca sobre el ancestro africano del General; o como el caso de
Tranquilino Latapier —primer cubano negro graduado en derecho civil en
1902—, a quien, por su capacidad, la popular revista El Fígaro decidió
brindarle un homenaje, precedido de una larga introducción
antropológica, en la cual se decía que “con un uso adecuado y con un
ambiente estimulante, el cerebro de una persona negra podría alcanzar el
tamaño y el peso del de un blanco”.

Y es que los prejuicios raciales son estereotipos, formas de pensamiento
matizadas por la emoción y basadas en las diferencias externas, que al
justificar las relaciones de dominio entre los hombres, devienen
ideología racista. En el caso de Cuba se multiplicaba por la doble
discriminación que sufrían: primero como cubanos respecto a los
extranjeros y después como negros respecto a los cubanos blancos.

En ese sentido, insistía Juan Gualberto Gómez: “Nada más absurdo que
rebelarse contra los hechos. Y el hecho histórico y presente es la
separación de los negros y los blancos… Esclavo e ignorante, claro se
está que la riqueza y el poder resultaban cosas vedadas por el negro. No
ya solo diferente por el color de la piel, sino diferentes por la
procedencia, por el estado y la posición social, por la cultura y por
los medios de vida, por el orden político y jurídico a que
respectivamente estaban sometidos”. Y Fernando Ortiz, en el Club Atenas,
expresó en una oportunidad: “En Cuba no han bastado la prédica de los
credos religiosos ni las exhortaciones de Martí, ni las declaraciones
igualitarias de la Constitución, ni los preceptos de las leyes. El
racismo persiste y se enciende sin cesar…”

http://www.diariodecuba.com/cuba/1370539243_3629.html

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