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Roberto Zurbano: “Para los negros, la Revolución no ha comenzado”

Publicado el sábado, 04.06.13

Articulo de Roberto Zurbano publicado en The New York Times

Roberto Zurbano: "Para los negros, la Revolución no ha comenzado"

Roberto Zurbano

The New York Times

LA HABANA — Las últimas noticias provenientes de Cuba se refieren a

los cambios. Pero, para los afrocubanos como yo, esto es más un sueño

que una realidad. A lo largo de la última década, han sido eliminadas

muchas prohibiciones absurdas para los cubanos que viven en la Isla,

como dormir en un hotel, comprar un celular, vender una casa o un

automóvil y viajar al extranjero. Estos gestos han sido celebrados como

signos de apertura y reforma, aunque en realidad son nada más que

esfuerzos para normalizar la vida. La realidad es que en Cuba tu

experiencia de estos cambios depende del color de tu piel.

El sector privado goza ahora de cierto grado de liberalización

económica, pero los negros no estamos bien colocados como para

aprovecharnos de ello. Heredamos más de tres siglos de esclavitud

durante la era colonial española. La exclusión racial continuó después

de la independencia de Cuba en 1902, y medio siglo de Revolución desde

1959 ha sido incapaz de superarla.

En los primeros años de la década de los 90, después del fin de la

Guerra Fría, Fidel Castro se embarcó en reformas económicas que Raúl, su

hermano y sucesor, prosigue. Cuba había perdido su mayor benefactor, la

Unión Soviética, y cayó en una profunda recesión que se conoció como el

"Período Especial". Había frecuentes apagones. El transporte público

apenas funcionaba. La comida escaseaba. Para calmar el malestar, el

gobierno dividió la economía en dos sectores: uno para el negocio

privado y las empresas vinculadas con el extranjero, autorizadas a

negociar en dólares estadunidenses; y otro que continuaba el viejo orden

socialista centrado en puestos gubernamentales de trabajo con un

promedio de $20 mensuales.

Es cierto que los cubanos tienen aún una fuerte red de seguridad: la

mayoría no paga alquiler y la educación y la salud son gratuitas. Pero

la divergencia económica creó dos realidades contrastantes que persisten

hoy en día. La primera es la de los cubanos blancos, que han puesto a

funcionar sus recursos para entrar en la nueva economía de mercado y

cosechar los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La

otra realidad es la de la pluralidad negra, que fue testigo de la

desaparición de la utopía socialista en los sectores menos acomodados de

la Isla.

La mayor parte de las remesas del exterior –principalmente del área de

Miami, centro neurálgico de la comunidad de exiliados mayormente

blancos– va a cubanos blancos. Tienden a vivir en mejores casas, que

pueden ser convertidas fácilmente en restaurantes u hostales –el tipo de

negocio privado más común en Cuba–. Los cubanos negros tienen menos

propiedades y dinero y, además, han tenido que lidiar con el racismo

imperante. Era frecuente no hace mucho que los administradores de

hoteles, por ejemplo, contrataran solo a empleados blancos para no

ofender la supuesta sensibilidad de su clientela europea.

Este tipo de racismo escandaloso se ha vuelto menos aceptable

socialmente, pero los negros son aún tristemente poco representados en

el turismo –probablemente el sector más lucrativo de la economía–, y es

mucho menos probable que posean sus propios negocios, en comparación con

los blancos. Raúl Castro ha reconocido la persistencia del racismo y ha

tenido éxito en algunas áreas (hay más maestros negros y diputados

negros en la asamblea nacional), pero falta mucho por hacer para

enfrentar la desigualdad estructural y el prejuicio racial que aún

excluye a los afrocubanos de los beneficios de la liberalización.

El racismo en Cuba ha sido escondido y reforzado en parte porque no se

habla de él. El gobierno no ha permitido que se debata el prejuicio

racial y se confronte política o culturalmente, pretendiendo a menudo

como que no existiera. Antes de 1990, los cubanos negros sufrían una

parálisis de movilidad económica mientras, paradójicamente, el gobierno

decretaba el fin del racismo en discursos y publicaciones. Cuestionar la

extensión del progreso racial equivalía a un acto contrarrevolucionario.

Esto hizo casi imposible señalar lo obvio: el racismo está vivo y saludable.

Si los años 60, la primera década después de la Revolución, significaron

oportunidad para todos, las décadas que siguieron demostraron que no

todo el mundo podía tener acceso a tales oportunidades y beneficarse de

ellas. Es cierto que la década de los 80 produjo una generación de

profesionales negros, como médicos y maestros, pero estas ganancias

disminuyeron en la década de los 90, cuando los negros fueron excluidos

de sectores lucrativos como la hostelería. Ahora, en el siglo XXI, se

hace muy visible que la población negra está poco representada en

universidades y en esferas de poder económico y político, y

sobrerrepresentada en la economía subterránea, en la esfera criminal y

en los barrios marginales.

Raúl Castro ha anunciado que dejará el poder en el 2018. Espero que para

entonces, en Cuba el movimiento antirracista habrá crecido, tanto legal

como logísticamente, de modo que pueda traer soluciones que durante

tanto tiempo han sido prometidas y esperadas por los cubanos negros.

Un importante primer paso sería lograr finalmente un conteo oficial de

afrocubanos. La población negra de Cuba es mucho mayor que los números

espurios de los censos recientes. El número de negros en la calle

subraya, de la manera más clara, el fraude numérico que nos coloca con

menos de un quinto de la población. Muchas personas olvidan que en Cuba

una gota de sangre blanca puede –aunque solo en el papel– hacer un

mestizo o una persona blanca de alguien que en la realidad social no cae

en ninguna de estas categorías. Aquí, los matices que gobiernan el color

de la piel son una tragicomedia que oculta conflictos raciales de larga

existencia.

El fin del gobierno de los Castro significará el fin de una era en la

política cubana. No es realista esperar un presidente negro, dada la

insuficiente conciencia racial en la Isla. Pero cuando Raúl Castro deje

el puesto, Cuba será un lugar muy diferente. Solo podemos esperar que

mujeres, negros y jóvenes serán capaces de ayudar a guiar a la nación

hacia una mejor igualdad de oportunidades y al logro de ciudadanía plena

para cubanos de todos los colores.

(Publicado el 23 de marzo del 2013)

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