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Entrevista a Roberto Zurbano

Entrevista a Roberto Zurbano
Jueves, 25 de Abril de 2013 12:15
Escrito por Alfredo Nicolás Lorenzo

Cuba actualidad, El Cerro, La Ha­bana (PD) Está visto y comprobado que
cuando un intelectual no hace lo que el gobierno cubano espera de él, es
visto de otra manera. Por las razones que sean, el ensayista Roberto
Zurbano ha pagado bien caro la denuncia sobre el racismo existente en
Cuba que hizo en un artículo en The New York Times. Sobre esto y sobre
la narrativa del siglo XXI en Cuba tuve la oportunidad de conversar con él.

Alfredo Nicolás: ¿Cómo se siente con el hecho de que lo hayan destituido
de su cargo como director del Fondo Editorial de Casa de las Améri­cas,
aunque usted no ha renunciado porque no está de acuerdo con la medida?

Roberto Zurbano: Mira, un intelectual de este tiempo, sabe que en la
vida hay que tener una capa para poder protegerse de lo que te pueda
pasar, la sociedad te lo exige. Es duro saber que nada vale después de
que has contribuido a cada cosa que la vida te pone en las manos.
Repito: un intelectual en Cuba debe saber que no está esta a salvo de
nada. Los riesgos están en cada cantera de la vida. Para mí esta
situación es bastante penosa, pero lo dije y lo repito: no me arrepiento
de nada, mi posición sigue siendo la misma. Hay palabras que duelen. Al
que le dolió, debe tener una sutura para cubrirse la herida, porque lo
dicho está más que dicho, sobre todo para los que ahora me juzgan,
después que venían a mi casa a darse la lengua conmigo.

AN: Publicar lo que piensas en The New York Times fue bastante osado.
¿Cómo esperabas que iba a recibirlo el Gobierno?

RZ: Las cosas no fueron tan bien dichas como las cuenta The New York
Times, pero hay muchas que sí, y hay momentos en que se te llena la copa
de tantas mentiras, de que si aquí no sucede esto, o lo otro, y hace
rato que tenía ganas de pronunciarme, aunque tú sabes que yo estoy
acostumbrado a hablar así, pero quería, como se dice, dar la nota, y lo
hice, a pesar de algunos inconvenientes: el racismo está en todos lados,
es verdad, pero acá se dice que no, y es como si tuvieras todo el tiempo
una venda en los ojos. De la manera en que lo recibió el Gobierno eso es
problema de ellos.

AN: Se dice que la narrativa del siglo XXI comienza en los años 80 o 90
del siglo XX. ¿Cuál es tu parecer sobre esto y cómo explicaría semejante
fenómeno?

RZ: No creo que la narrativa del siglo XXI haya comenzado aún. Lo que
ocurrió en los 80 y los 90 fue un despertar de la tradición narrativa
del siglo XX dormida durante décadas. Los años ochenta intentaron hacer
el puente con los sesenta, y los noventa se abrieron hacia el universo y
hacia los temas globales y las apetencias discursivas marcadas por
subjetividades que cerraron el siglo XX en todas partes: me refiero a
las voces marginadas y marginales de mujeres, gays, negros, extranjeros,
disidentes y otras tantas. De manera que aún estamos cerrando el siglo
XX y en vísperas de una narrativa que diga cosas diferentes, desde
enfoques diferentes y con protagonistas igualmente dife­rentes que no se
parezcan tanto los unos a los otros, con sus excepciones, por supuesto.

AN: Existe, me parece, una cierta tendencia por parte de la crítica a
analizar o estudiar las nuevas promociones de escritores de narrativa de
ficción y su obra desde el punto de vista temático, llegando a obviar en
ocasiones los recursos técnicos utilizados en su trabajo. Se ve qué se
dice, olvidando un poco el cómo lo hacen. ¿Qué piensa usted de eso?

RZ: La Academia quiere clasificar fácilmente a un grupo de escritores a
partir de un tema, y la crítica, y parte de esos narradores, quieren
competir con el periodismo independiente. Los temas no son lo más
importante en una literatura, pero forman parte de las elecciones que
hacen los autores y forman parte de lo que no eligen o no pueden elegir,
es decir, de la censura, de manera que la crítica juega a decir que los
temas son importantes porque han sido censurados y ahora se pueden decir
en voz alta o publicar en cualquier revista, pero es importante saber y
decir cómo ese tema ha sido abordado por el escritor, con qué
instrumentos narrativos, con cuanta certeza literaria ha revelado un
tema, que como cualquier otro es eterno y cada cual lo escribe desde la
fuerza literaria, o sus influencias, o sus aportes, o su
desconocimiento. A veces se logra tocar un tema, y por la forma de
ha­cerlo, se vuelve a enterrar, desgraciadamente. Creo que hablar de
narradores jóvenes y enfatizar en las técnicas na­rrativas no puede ser
una obsesión, pero es siempre una necesidad de la crítica y de los
propios narradores.

AN: La evolución es tan necesaria en la narrativa como en cualquier
esfera de la vida. Sin embargo, ¿podría justificarse una experimentación
total y constante que incluso en ocasiones afecte la comunicación
autor-lector solo por esa necesidad evolutiva? ¿No constituye ya
cualquier obra narrativa, en primerísimo lugar, un texto netamente
comunicativo?

RZ: La literatura experimental es un derecho del autor, un autor que se
coloca, generalmente, de espaldas al lector y se concentra en las
profundidades del lenguaje o en sus formas más juguetonas o en montañas
de pala­bras que pueden sepultarte. Toda experimentación provechosa es
un pasillo angosto por donde pasa el autor hacia otras alturas, si se
queda en ese pasillo, la náusea lo condenará a esa sensación de callejón
sin salida que rezuma mucha literatura experimental.

No se le puede llamar necesidad evolutiva, sino estética o
epistemológica o hermenéu­tica. Es un momento de la creación muy
significativo donde el autor investiga, prueba y comprueba sus
instrumentos; unas veces lo logra, y otras no. Aun así, también el texto
experimental tiene un afán de comunicación, menos ma­sivo, claro, menos
evidente, pero intenta comunicar. En las letras cubanas los grandes
ejemplos no faltan: Cabrera Infante, Virgilio Piñera, etc.

La comunicación es una obsesión de los periodistas, no de los
narradores, el narrador quiere disfrutar y ser disfrutado, que es otra
cosa. Ese afán esconde el deseo de tener un periodismo que nos comunique
nuestras verdades y no haga ficciones de la realidad, es decir,
justamente lo contrario de lo que yo le pediría a un buen narrador.

AN: Los medios audiovisuales han contribuido grandemente a una evolución
acelerada en la manera de contar. Revolucionan todo el tiempo y
adiestran al público en el manejo de las nuevas estructuras y formas, lo
hacen mucho más aguzado y atento. Sin embargo, ¿por qué son tantos
quienes plantean que no les gusta, no entienden, o simplemente les
aburre nuestra narrativa actual casi de manera general?

RZ: Uno de los modos en que se ha empobrecido la narrativa contemporánea
dentro y fuera de Cuba es al querer repetir fórmulas del cine. El cine
es un arte caníbal cuyos recursos tecnológicos hoy superan muchas de sus
grandes posibilidades narrativas y comunicativas. Pero la prosa es una
experiencia más profunda, el coqueteo de algunos narradores con el
discurso narrativo cinematográfico tiene que ver más con el mercado -con
el dinero que gane el autor, quiero decir-, que con la competitividad
narrativa que se propone en realidad un narrador con el cine. El
tratamiento del tiempo, del espacio, los cortes y la edición veloz que
tiene el cine, se lo debe a la literatura y no al revés. Resultan
caricaturescos esos cuentos y novelas que quieren parecer un video clip
o una película del sábado. Algo mejor ya está en las letras japonesas o
norteamericanas de principios del siglo XX.

Los medios audiovisuales ofrecen cuantitativamente muchos pedazos de
información, ni siquiera completa, y en un tiempo demasiado rápido
parecen condensar muchos siglos de lectura, pero es un tiempo vacío de
sentido, de hondura y de evaluaciones posibles, toda esa velocidad es
para que evalúes cada vez menos, son imágenes que provocan muchas
visiones descentradas sobre la realidad y el modo en que la realidad se
muestra hoy. ¿Es el verdadero? ¿Se puede tener con esas imágenes una
distancia crítica? ¿Hay espacio para pensarse a sí mismo en medio de ellas?

Estas preguntas siguen siendo demasiado lógicas y no estrictamente
literarias. El imperio de la literatura terminó, así como otras fuentes
del poder en Cuba, pero el mundo de la razón, la crítica y las opiniones
diversas siguen aquí, en cualquier parte, más allá de la imagen. Y el
mejor cine apela también a ello. ¿Por qué la literatura va a escoger el
camino más corto? Solo por facilismo, por ignorancia o por dinero. El
cine es caro, pero se paga bien. La literatura, todo lo contrario. Lo
aburrido de una literatura no es su velocidad, sino su superficialidad y
su modo evasivo o cobarde de contar las cosas. Decirlo a medias o no
decirlo: ante esto, es preferible una película del sábado por la no­che.

AN: ¿A qué le temes después de todo esto?

RZ: Bueno, amigo mío, a estas alturas ya no le temo a nada. Una vida
dedicada a crear, en este momento me ha servido de algo. Hay una
realidad que no termina: nosotros los afrocubanos seguimos ocupando los
estratos más bajos de la sociedad cubana, nos quieren matar, linchar,
como el siglo pasado, pero ya podemos decir la verdad y lo que nos pasa,
así que miedo no podemos tener para nada. La idea es continuar, es el
motivo por el que estamos acá en la tierra.

AN: La importancia de su denuncia ha creado una gran polémica. ¿Cuál
será el final de esta historia?

RZ: Hasta ahora, yo he pagado muy caro el precio de poder denunciar el
racismo flagrante en Cuba. Mi destitución como director del Fondo
Editorial de Casa de las Américas no ha sido aprobada por mí, pero me
quieren condenar al ostracismo: bien lejos para que no diga nada más, ya
que en esta institución no puede haber ningún brote de disidencia, ni en
el plano político ni en la cultura ideológica. Pero yo sigo adelante, es
mi rutina diaria, es cuanto te puedo decir hasta ahora.

Para Cuba actualidad: alfredonicolaslorenzo4@gmail.com

http://primaveradigital.org/primavera/cuba-cultura/82-cultura/7228-entrevista-a-roberto-zurbano.html

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