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La intelectualidad y el civismo

La intelectualidad y el civismo

Viernes, Octubre 5, 2012 | Por René Gómez Manzano

LA HABANA, Cuba, octubre, www.cubanet.org -Ayer leí en Cubanet un

excelente artículo de David Canela Piña. Bajo el título de "Diálogo

intelectual", el colega, con profundidad y elocuencia admirables, hace

una disección de los torcidos modos de razonar que emplean los llamados

"hombres de pensamiento progresistas". De paso, también ilumina con

lucidez algunas facetas de la neo-lengua castrista.

Pero hay en ese magnífico trabajo un planteamiento del que discrepo. Me

refiero al pasaje en que Canela afirma: "Los intelectuales deben ser un

modelo de civismo". Aclaro que esa aspiración no es exclusiva del

referido comunicador. Se trata de un concepto bien extendido, y quienes

lo sustentan se basan en los supuestos precedentes sentados por otros

pensadores. Debo confesar que es probable que, años atrás, yo hubiese

coincidido con la mayoría que así piensa.

No puedo hacerlo ahora, tras leer un libro fabuloso en el que se estudia

desde el punto de vista histórico ese sector de la sociedad, y se hace

una disección del mito que quiere convertir a esos seres en "la

conciencia viva de la Humanidad". Se trata de Intelectuales, obra del

gran periodista y escritor británico Paul Johnson, cuya lectura

recomiendo con entusiasmo.

En ese texto, el autor nos lleva a recorrer junto con él la larga lista

de hombres de ideas, que comienza con Juan Jacobo Rousseau, de quien

recoge la calificación que hiciera de él su mujer: "un loco

interesante". Johnson analiza los desvaríos del famoso ginebrino, sus

rencillas con todos aquellos con quienes entraba en contacto, las

tácticas empleadas por él para esquilmar al prójimo, así como pormenores

de su vida personal.

Resulta especialmente sobrecogedora la práctica del personaje, que, pese

a contar con buenos ingresos, entregó a sus cinco hijos recién nacidos a

orfelinatos, que en aquellos tiempos eran verdaderos campos de

exterminio. ¡Y fue de este miserable desequilibrado de quien un gigante

de la filosofía como Emmanuel Kant dijo que "su alma tenía una

sensibilidad de una perfección inigualada" y al que George Sand llamó

"San Rousseau"!

A través de los diferentes capítulos de su obra, Johnson nos va

describiendo cuáles eran las verdaderas credenciales de individuos a

quienes, en una u otra época, se les ha reconocido una hipotética

capacidad para aconsejar al mundo sobre cómo conducir sus asuntos. Por

sus páginas desfilan Ibsen, Tolstoi, Hemingway, Brecht, Bertrand

Russell, Sartre y algunos más. Por supuesto que un artículo periodístico

como éste —por fuerza breve— no es el medio adecuado para hacer una

reseña de ese libro seminal.

Pero no puedo resistir la tentación de referirme a uno más de los

perniciosos personajes analizados. Al igual que el mismo Juan Jacobo en

su tiempo, este otro se ha convertido en un icono de "las fuerzas

progresistas". Importantes sectores de la izquierda mundial profesan aún

sus teorías malsanas, pese a que su monumental extravío ha sido

demostrado de sobra por los testarudos hechos. Me refiero a Carlos Marx.

Este intelectual goza del triste privilegio de haber propiciado el

surgimiento de algunos de los más dañinos totalitarios del siglo XX.

Basta mencionar algunos nombres: los alias Lenin, Trotski y Stalin, Mao

Dze-dong, Boleslaw Bierut, Matías Rakosy, Pol Pot, los miembros de la

dinastía Kim en Corea, Fidel Castro…

Johnson describe la obra de Marx, quien catalogaba lo "científico" como

la cumbre del pensamiento humano, pero resalta que, a diferencia de los

verdaderos estudiosos, no le interesaba encontrar la verdad, sino

proclamarla. Concluye al respecto con una paradoja inesperada: "En todo

lo que interesa fue anticientífico".

El brillante autor de Intelectuales hace un inventario de las frases

atribuidas al hijo de Tréveris que, en realidad, fueron creadas por

otros: "Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas",

"La religión es el opio de los pueblos", "De cada uno según sus

capacidades, a cada cual según sus necesidades", "¡Trabajadores del

mundo, uníos!", "La dictadura del proletariado".

Johnson señala las contradicciones de Marx, apóstol de los obreros que

jamás pisó una fábrica. Su voluntarismo, la falta de rigor científico,

las distorsiones groseras de la verdad, su egolatría. La explotación a

la que sometió a quienes más cercanos le eran, incluyendo a Federico

Engels y a su criada. Su desprecio a los que ganaban el pan —o alguna

vez lo habían hecho— con el sudor de su frente, y la manera en que los

marginaba de las actividades políticas. El antisemitismo que profesaba

—¡pese a ser él mismo judío!— y el racismo que demostró (entre otros, a

su yerno cubano Pablo Lafargue).

Ciertamente, después de leer Intelectuales, uno se convence de que la

pretensión de encontrar entre esos hombres de pensamiento a las

"conciencias vivas de la Humanidad" es una quimera. En el caso

específico de Cuba, creo que confiar en el civismo de esa capa social

que medra bajo el castrismo, es una ilusión. Ojalá surja alguno, pero

sería la clásica excepción que confirme la regla.

http://www.cubanet.org/articulos/la-intelectualidad-y-el-civismo/

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