Racismo – Cuba – Racism
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Sábado, Septiembre 22, 2012 | Por Ivan López Monreal

POMORIE, Bulgaria, septiembre, www.cubanet.org -Me llamo Ivan López

Monreal y hace varias semanas escribí una carta abierta para explicar mi

posición como joven cubano emigrado. Lo hice porque quise, no porque me

lo pidiera nadie. Lo hice solo, en mi habitación. Sin consultarlo con

amigos ni con novias, ni siquiera con mis padres, que viven en Cuba y

tal vez sean los mayores perjudicados en todo esto. Lo hice con respeto

a quienes defienden una posición distinta a la mía. Lo hice sin ofensas.

La respuesta que me llega desde los blogs oficialistas es que yo no

existo, soy una mentira, una infamia, una careta tras la que se oculta

un enemigo de la Revolución. Soy un manipulador, un tergiversador, un

peligroso involucionista que pretende intoxicar a los jóvenes con un

mensaje cargado de debilidad. Dicen que detrás de mi está la CIA, la

USAID, la mafia de Miami. La basura del exilio. La gusanera enrabietada.

Aunque debo ser justo, la persona a la que estaba dirigida mi carta,

Rafael Hernández, se ha mantenido al margen de esos ataques, incluso

tuvo la gentileza de enviarme un mail agradeciéndome por el debate que

hemos generado. Y eso le honra. Tardé unos días en responderle, también

en privado, porque no quería crearle problemas a nadie, mucho menos a mi

familia, pero algunos han interpretado mi silencio como parte de una

operación conspirativa, una prueba de que no existo. De que soy un

fantasma , ¿O si no, por qué no aparezco en Facebook, o en twitter, cómo

es que no tengo un blog, cómo es posible que no haya publicado nada

antes? Evidentemente yo debo ser un profesional de la contrarrevolución

para decir las cosas que digo. Han llegado a sugerir que la carta es

demasiado perfecta para ser real.

Para esos blogueros, los jóvenes cubanos carecemos de capacidad para

analizar y juzgar de forma crítica la sociedad en la que vivimos. Y si

lo hacemos, apartándonos de la doctrina oficial, es señal de que alguien

nos manipula. Ellos no. Ellos explican y convencen. Por eso no les gusta

mi visión de Cuba. Mis palabras les han parecido falsas, equivocadas y

peligrosas. Me piden que recuerde aquella frase del Che Guevara que

decía "al imperialismo no se le puede dar ni un tantico así". Y eso lo

justifica todo. Porque en Cuba hay que callarse para no dar pretextos.

Solo vale confiar en las decisiones de nuestro gobierno. Y sí, puedes

quejarte mientras no lo hagas delante de una cámara o frente a un

micrófono abierto. Para que no malinterpreten tus palabras, para que tu

discurso no se parezca al del disidente, para que nadie cometa el error

de pensar que en los temas sensibles es posible el desacuerdo. Dicen que

es un sacrificio necesario, un acto de fidelidad. Para mí es una forma

de alimentar los fanatismos. Porque solo un fanático, un inconsciente o

un inmoral puede negar la realidad del país y acusar a los que la

denuncian de mercenarios.

Yo he dicho lo que pienso desde mi verdad y desde mi dolor. Soy cubano,

y aunque viva en Bulgaria o en Kamchatka lo seguiré siendo. Ojalá

pudiera despojarme de la identidad como de las ropas. Ojalá pudiera

renunciar a mi pasaporte y empezar de cero, sería más cómodo para mí y

para mi familia, pero no puedo. No sé hacerlo. Así que no me queda otro

remedio que aceptar mi condición de emigrado y pagar por ella. Porque

para eso sí existo. Para pagar por cada gestión, cada papel, cada

permiso que necesite, incluido el de volver a pisar el país donde nací.

Existo para pagar, no para opinar. Por eso ahora me niegan. Me borran.

Me anulan.

Desde hace muchos años en Cuba se niega la realidad que no se quiere

ver. Es preferible echar sombras sobre todo aquello que es incómodo

mientras se apela a un heroísmo de barricada. Porque un revolucionario

que dude es un revolucionario débil. Y se niega la duda como se niega el

miedo a la discrepancia. Ellos ven la ideología no como una opción

política sino como un catecismo limitado y empobrecedor. Hablan de leer

al Che como hablan los obispos de los evangelios. Y con eso basta.

Decía Miguel de Unamuno que el fascismo se cura leyendo y el racismo se

cura viajando. Porque no hay nada como asomarse al mundo para colocar

tus ideas en el sitio que les corresponde. Sin demagogias ni delirios. Y

sí, hay que leer al Che, que hizo una revolución con las armas en la

mano, y hay que leer a Ghandi, que hizo la suya, más humana y profunda,

sin disparar un tiro. Hay que leer a Marx y a Lenin, pero también a Adam

Smith y a Keynes. Hay que leer a Mijail Shójolov para conocer la épica

de la revolución rusa, y a Solzhenitsyn para descubrir la desoladora

tragedia del estalinismo.

Tenemos derecho a saber y a pensar. Y nadie debería basarse en eso para

criminalizar tu forma de entender la sociedad. Ni para llamarte

antipatriota. Ni para anularte. Nadie debería valerse de tu opinión para

convertirte en un enemigo público. Ni para injuriarte. Ni para

condenarte. Aunque se haga en nombre de la soberanía nacional. Porque no

es verdad. Eso solo busca que los que piensen como tú tenga el sentido

común de callarse. O que al menos limiten el descontento a los pasillos

de sus casas, a los patios interiores, a las mesas del comedor. A

espacios en los que nadie les escuche.

Por eso han convertido la cotidianidad cubana en un inmenso ejercicio de

hipocresía que solo beneficia a los oportunistas. Porque ya nadie se

cree nada. Porque es imposible defender desde la honestidad un estado

que se empeña en poner cada día las cosas más difíciles, que desprecia a

la población atragantándola de permisos y prohibiciones. Un estado que

no da explicaciones. Nunca. Por nada. Y busca cada resquicio de

supervivencia para atajarlo con leyes abusivas que exacerban aún más el

robo y la doble moral. Un estado empeñado en habitar una realidad

ficticia mientras niega la real. La de cada día. La de la prepotencia y

los abusos, la del cólera y el dengue, la de esto es una mierda y

sálvese quien pueda.

Esa realidad existe, como existen quienes la sufrimos y deseamos que

cambie. Algunos para tener un sueldo que les permita llegar a fin de

mes, o mercados mayoristas, o mejores hospitales, escuelas, carreteras,

o impuestos más justos, o acceso a Internet. Otros para que podamos

entrar y salir del país sin más exigencias que un pasaporte. Un simple

pasaporte con tu nombre y tu foto. Sin humillaciones. Y sin tener que ir

a los consulados a pagar por tu condición de cubano como si fuera una

multa. Porque no es una multa. Es mi nacionalidad. Y no la elegí como

tampoco elegí a mis padres. Nací con ese derecho. Y ya estoy harto de

que me cobren y me chantajeen por él.

Quiero un cambio para acabar con eso. Y quiero un cambio para legalizar

otras opciones políticas, no porque crea que la democracia es la

solución mágica a nuestros problemas, que no lo es, pero al menos hará

que nuestros líderes dejen de sentirse intocables. Porque los errores se

pagan, y los fracasos también. Y si yo me equivoco y asumo las

consecuencias, tendremos que exigirle lo mismo a quienes nos gobiernan.

Llámense como se llamen. Y vistan el uniforme que vistan.

Hasta mi padre quiere un cambio, con su carné del partido y sus

medallas. Porque está harto de que le suban el precio de la comida, de

que el Granma le mienta, de que cada día sea más difícil conseguir algo

de forma legal. Harto de que el estado le cobre servicios en una divisa

que no forma parte de su salario. Harto de ver en las noticias una Cuba

que no existe. Porque él sí existe, él es real, y sabe que negar los

problemas solo sirve para agravarlos. Mi padre en muchas cosas piensa

como yo, y no es un disidente. Es un revolucionario con una hoja de

servicios que difícilmente puedan igualar esos que me acusan de

mercenario. Pero las decisiones políticas de mi país han conseguido que

generaciones dispares y con experiencias distintas, lleguemos hoy a una

conclusión muy parecida: así no podemos seguir.

Y el estado lo sabe, pero no lo quiere admitir. Las figuras históricas

de la Revolución prefieren mirar hacia otra parte. Prefieren ganar

tiempo porque saben que, con suerte, morirán antes de que todo se

desmorone. Y así la historia culpará a los que vienen detrás. "Después

de mí el diluvio", decía Luis XIV. Esa es la filosofía que rige el

inmovilismo, no vaya a ser que les ocurra como a Gorbachov, que buscando

perfeccionar el sistema lo terminó desmontando. Y ellos no quieren eso.

Ellos quieren morir en la trinchera porque asumen que tumbar a Batista

los legitimó para siempre, y al que no le guste, que se busque unos

fusiles y empiece otra revolución. Nos ven incapaces de construir una

sociedad plural donde quepan las ideas de unos y otros, sin ofendernos

ni matarnos. Para ellos (y para algunos en Miami) la única forma de

cambiar un gobierno es a través de la fuerza. Como si Cuba estuviese

condenada a un interminable ciclo de violencia protagonizado por

salvadores de la patria. Y donde el ganador, como en los casinos, se lo

lleva todo. Lo piensan porque no son políticos, siempre han sido

soldados, y parafraseando aquella memorable carta que le escribió José

Martí al Generalísimo Gómez, han gobernado el país como se manda un

campamento.

Pero Cuba no es un campamento. Y retrasar los cambios solo servirá para

que todo sea más difícil. Más amargo. Lo sé yo, y también lo saben esos

blogueros oficialistas que me hablan de resistir cuando yo hablo de

corrupción, que me hablan de imperialismos cuando yo hablo de pérdida de

valores. Que me hablan de lo mal que está el mundo, cuando yo hablo de

lo mal que está mi país. Ellos dicen que prefieren combatir la

corrupción desde allá, aunque nunca publiquen sus denuncias. Aunque

nunca alzaron la voz cuando no podíamos entrar en hoteles ni pisar

ciertas playas. A ellos les parece bien que seamos el país de América

con más censura y menos acceso a Internet. Y que no haya una universidad

cubana entre las 50 mejores de Latinoamérica (la de La Habana está en el

puesto 64, y la siguiente, la de Las Villas en el 149), ellos jamás han

pedido la dimisión de un dirigente aunque permita que se pudran

toneladas de comida en un almacén del puerto o haya dejado morir de frío

a treinta enfermos mentales (un escándalo que en otro país le habría

costado el cargo al ministro de salud). Ellos no piden explicaciones

porque el primer deber de un periodista revolucionario no es informar al

pueblo sino defender y justificar al gobierno que les paga.

Ellos dicen que con un partido les basta, aunque eso implique

conformarse con una sola verdad.

Yo no puedo. Ni quiero. Me niego a aceptar un pensamiento único porque

no creo en elegidos ni en profetas. Y no puedo aceptar que mi país solo

pueda ser lo que decida una persona. No lo quiero yo, ni todos esos

cubanos que hoy viven cansados de arengas y consignas. Y solo aspiran a

una vida un poco más digna. Esos cubanos van a las marchas del primero

de mayo, a las reuniones del CDR y gritan socialismo o muerte. Pero

ninguno dará la vida por un proyecto que ha dividido sus familias y ha

faltado a casi todas sus promesas.

Esos cubanos siguen allí. Son miembros del partido, profesores,

cuentapropistas, médicos, taxistas, son sociólogos como Diosnara Ortega

(magnífica tu carta), son redactores del Granma, militares, cineastas,

deportistas. Incluso delegados del poder popular.

Esos cubanos existen. Son reales. Y no son treinta ni cien mil.

Son millones.

Ivan López Monreal

INFORMACIÓN RELACIONADA:

http://www.cubanet.org/opiniones/carta-de-un-joven-que-se-ha-ido/

http://www.cubanet.org/otros/existimos/

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