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Intercambios y oportunismo

Publicado el lunes, 02.21.11

Intercambios y oportunismo
By ALEJANDRO ARMENGOL

Me es imposible lograr que Willy Chirino pueda dar un concierto en La
Habana. Tampoco tengo la capacidad para conseguir que en la isla se
realice el merecido homenaje a Celia Cruz, aún pendiente. Bebo Valdés
–qué más quisiera yo– no ha recibido los honores que merece en Cuba.
Tampoco Guillermo Cabrera Infante y muchos otros. Me detengo para no
convertir esto en un rosario de deudas.

Ahora bien: ¿debo convertir mis quejas en un inventario de omisiones y
censuras, acumuladas en hacia los escritores y artistas
que residen en Cuba, e incluso se han manifestado en determinado momento
a favor del régimen de La Habana?

Si el del Barack Obama autoriza a los artistas
cubanos residentes en la isla –a los que por casi una década no se les
permitió viajar a Estados Unidos– visitar este país, ¿lo único que se
me ocurre hacer es convertirme en censor o aduanero, y exigir un
intercambio uno a uno, como si simplemente se tratara de prisioneros o
esclavos?

De entrada, debo aclarar que no creo que mi opinión tenga influencia
alguna en Cuba. Al irme renuncié, voluntariamente o porque no me quedaba
más remedio, a una serie de derechos y deberes. Cuando adopté la
ciudadanía norteamericana, esta lista se amplió considerablemente. Es en
Estados Unidos donde creo –quizá con demasiada ilusión– que mi opinión
tiene un mayor peso.

De acuerdo a las normas de este país, me parece que cualquier ciudadano
norteamericano tiene el derecho de viajar a Cuba como turista, no porque
se le considere un abanderado de la democracia, sino por un simple
derecho de ciudadano. Lo demás es de barrio, votos de
legisladores logrados mediante contribuciones de campaña y falta de
interés hacia el turismo en una isla caribeña.

A la vez, creo que Estados Unidos debe permitir la visita de artistas,
escritores y académicos residentes en la isla sin exigir reciprocidad a
cambio. Queda en manos de las universidades y otros centros académicos
en este país el asumir la responsabilidad y los gastos del viaje. Lo
demás: sacar a relucir antiguas cuentas o preguntarse por qué éste y no
aquel, corre a cargo de resentidos de última hora o lo que es peor, de
los oportunistas de esquina que siempre están dispuestos a las
comparaciones.

¿Hasta cuándo se va a escuchar en esta ciudad el mismo argumento de la
comparación fácil con el régimen de La Habana? Si Cuba censura, ¿por qué
nosotros no vamos a hacer lo mismo? Si los cantantes de Miami no pueden
actuar en la Plaza de la Revolución, ¿debemos aquí permitirles pasearse
por las calles de Miami?

Pues sí. Por una razón muy simple: quienes vivimos en esta ciudad
estamos hasta la coronilla de censores y no queremos uno más. Si a usted
le disgusta que el intercambio cultural sea en un solo sentido, tiene
todo su derecho a expresar su criterio. Pero si al mismo tiempo, por esa
limitación quiere suprimirlo o se pone de parte de los censores, pues
sencillamente no ha entendido lo que es vivir en democracia. O lo que es
peor, por conveniencia económica se pone de parte de quienes actúan
igual que sus supuestos enemigos.

Quienes apelan al criterio de que se trata del dinero de los
contribuyentes y de pronto se arropan con la bandera del erario público,
para supuestamente defender que ni un solo dólar sea gastado en los
espectáculos de quienes vienen de Cuba, son por lo general
tergiversadores o ignorantes, más interesados en desvirtuar una política
que en conocerla. Hipócritas y descarados, en la mayoría de los casos se
limitan a pulsar una cuerda que en Miami siempre encuentra resonancia.

En la lista de los hipócritas merecen especial consideración quienes,
bajo el disfraz de la ortodoxia anticastrista, buscan una rápida
notoriedad, con la esperanza de borrar un pasado en que recibieron los
más variados privilegios del gobierno de La Habana, desde estudios en el
extranjero hasta becas providenciales. Son quienes le sacaron partido a
un estatus especial que les permitió un día abandonar la isla, sin tener
que preocuparse por los actos de repudio, el ostracismo o las
humillaciones que siempre ha implicado la salida definitiva del país.

Estos patriotas de la diáspora, a los que simplemente les bastó subirse
a un avión, aterrizar en cualquier destino y declararse miembros del
talibán anticastrista, gritan a diario ante cualquier acercamiento con
alguien que vive en la isla.

on una frecuencia que desafía el tiempo y la cordura, se fabrica en el
cubano un motivo o una querella para que ciertos instigadores de
la opinión pública justifiquen su incompetencia cultural y política con
nuevos llamados a la persecución y el insulto. No merecen el título de
intransigentes, porque su intransigencia es acomodaticia. Son mercaderes
de la intolerancia, no verdaderos intolerantes. Se dedican a la caza de
brujas, amparados en la inmadurez y la frustración desarrolladas por un
exilio demasiado largo, y en la ilusión de poder que da un micrófono, un
periódico o una simple carta. En esencia no son más que inquisidores de
gueto, que realizan cruzadas en que exigen disculpas, arrepentimientos y
retractaciones, en busca de culpas ajenas para olvidar las propias.

cuadernodecuba@gmail.com

http://www.elnuevoherald.com/2011/02/21/v-fullstory/890401/alejandro-armengol-intercambios.html


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