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Prepotencia anticastrista

Publicado el lunes, 02.15.10
Prepotencia anticastrista
By ALEJANDRO ARMENGOL

Más allá del mal uso y la falta de control sobre los millones de dólares
que desde hace años viene destinando para supuestamente
hacer avanzar la en Cuba, fortalecer la civil y
favorecer el respeto a los , hay varios aspectos que
llaman la atención en lo que hasta el momento no ha sido más que un gran
derroche de fondos.

En primer lugar, hay que señalar el desconocimiento y la prepotencia que
subyace en ese esfuerzo, aparentemente democrático y generoso, que ha
llevado a la impresión de miles de textos sobre la importancia de los
derechos humanos.

Lo que en un primer momento pudo haber sido una labor educativa, se ha
convertido en el pretexto perfecto para justificar costos de imprenta,
compras en librerías y elevados gastos de distribución.

El fundamento que ha determinado tal colosal botadera de dinero es, en
el mejor de los casos, de un paternalismo grosero, por no decir una
muestra de racismo: quienes viven en la isla no han exigido mayores
libertades porque las desconocen.

El camino del aprendizaje –de acuerdo a esta estrategia– abriría las
puertas de una mayor conciencia ciudadana, con la consecuencia de un
aumento en las protestas y una mayor exigencia hacia el respeto de los
derechos humanos. Esto no ha ocurrido. En primer lugar porque se pasan
por alto las características esenciales de la naturaleza represiva del
régimen de La Habana, a lo que se añade que se sobrevalora la función de
una propaganda hecha para complacer a Miami, que desconoce lo que
realmente ocurre en la isla.

Al limitarse a la vía, socorrida y sencilla, del envío masivo de
folletos, un aspecto muy importante se pasa por alto. Es el rechazo
natural que tiene el pueblo cubano al bombardeo de propaganda, algo que
ha padecido durante décadas.

El segundo aspecto llega precisamente por el rumbo contrario. Si se
contabilizan los millones de dólares dedicados al incremento del
periodismo independiente en Cuba, y se contrapone esta cifra con el
valor de la información enviada desde la isla, hay que concluir que en
Estados Unidos la palabra se paga a un alto precio. O al menos algunas
palabras o las palabras de algunos.

Cabe preguntarse qué importancia han tenido tantos y tantos ículos de
poca calidad, así como reportajes mal hechos, que desde hace años llegan
a la Florida y a todo el mundo gracias a la existencia de supuestas
“agencias'' que aquí en Miami los recogen y distribuyen.

¿Han ayudado a conocer mejor la realidad cubana? ¿Han sacado a la luz
hechos importantes? ¿Se puede creer en lo que se afirma en muchos de
ellos? En la mayoría de los casos, estas preguntas tienen una respuesta
negativa.

Mientras en Miami hay demagogos y tergiversadores, que perciben ingresos
substanciosos gracias a estos materiales –cuya veracidad de contenido
no debe ser cuestionada, según el canon del anticastrismo imperante en
esta ciudad–, sus autores en la isla reciben migajas, y eso sólo en el
mejor de los casos.

Los dos aspectos anteriores son hasta cierto punto secundarios ante el
derroche que representan viajes, congresos y reuniones de acólitos en
los puntos más diversos del planeta, siempre y cuando se trate de una
ciudad con buenos hoteles.

La clave aquí no es que varias organizaciones de Miami y Washington se
dediquen a estas labores, sino que las lleven a cabo con el dinero de
los contribuyentes norteamericanos. No es correcto que con fondos
fiscales se financien programas que intentan producir un cambio de
régimen en Cuba. Lo que tiene que hacer Washington es acabar de tirar a
la basura cualquier plan –concebido por burócratas, políticos y
vividores– para una supuesta transición democrática en la isla, y
limitar la ayuda en este sentido a un fondo humanitario para los
opositores presos.

Quienes en esta ciudad apoyan de forma activa a la disidencia expresan
que este movimiento no debe ser aislado, que las voces de quienes
protestan, critican o se oponen pacíficamente al de La Habana
deben ser escuchadas en todo el mundo.

o que no aclaran es cuál es el bolsillo del que salen esos dólares. Si
los exiliados en Miami estuvieran dispuestos a aportar recursos para
estas labores, sería entonces un esfuerzo privado, que siempre y cuando
se realice dentro de las leyes establecidas es perfectamente legal. Sin
, lo que quieren muchos de los que dirigen esas organizaciones es
que el gobierno subvencione una labor de cambio de régimen, en que el
aparente patriotismo corre por su cuenta mientras el dinero sale de otra
parte.

Pero hay más. ¿Por qué parte de ese sector, que dice que su prioridad es
llevar la democracia al lugar desde donde salieron para el ,
llevan años haciendo todo lo que esté a su alcance para impedir
cualquier medida que facilite que la realidad cubana se abra al mundo?

Es cuestión de prioridades, repetirán algunos. Hay que impedir que el
régimen castrista tenga los recursos necesarios para “exportar su
revolución''; se debe hacer todo lo posible a fin de no brindarle “el
oxígeno monetario'' ahora que agoniza; no se puede “premiar'' a un
régimen represivo; la entrada de divisas sólo sirve para incrementar la
represión. Se trata de la retórica de la justificación del fracaso, ante
la incapacidad para transitar formas nuevas, que pueden ser de mayor
efectividad en la defensa de los derechos humanos.

aarmengol@herald.com

ALEJANDRO ARMENGOL: Prepotencia anticastrista – Columnas de Opinión
sobre Cuba – ElNuevoHerald.com (15 February 2010)
http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/columnas-de-opinion/v-fullstory/story/653894.html

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