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En defensa (tardía) del choteo cubano

Publicado el domingo, 05.17.09
En defensa (tardía) del choteo cubano
Por ENRIQUE DEL RISCO
Especial para El Nuevo Herald

Me gusta pensar que la persistencia de Cecilia Valdés en la memoria de
los cubanos –incluso entre los que no se han tomado el trabajo de leer
la novela– se debe a su capacidad para resumir ciertos comportamientos
nacionales. Sobre todo, el de su protagonista, aquella mulata que quería
pasar por blanca. Cecilia Valdés puede entenderse como alegoría de la
nación toda, un país mulato que concibe su destino más cerca de Europa o
de los que de cualquiera de sus vecinos latinoamericanos.

El caso de Cecilia delata una inconformidad de los cubanos con su imagen
nacional que trasciende lo , lo étnico o lo histórico y llega a
nuestra propia idiosincrasia. Un deseo de manifestarnos de una forma e
imaginarnos de otra. Como aquella mulata, el cubano se asume como un
pueblo infinitamente alegre y jacarandoso, para luego presentarse ante
cada situación que considera importante con un rostro mortalmente grave.
Como si al igual que a Cecilia nos avergonzara el verdadero color de
nuestro carácter.

La Indagación del choteo de Jorge Mañach es el intento más sistemático,
hasta el momento, de definir la idiosincrasia nacional y, al mismo
tiempo, una declaración de principios de esa incomodidad del cubano con
su propio ser. Mañach le achacaba al choteo ''la morosidad con que hemos
progresado hacia la realización de cierto decoro social y cultural'' y
la incapacidad nacional "para toda faena en que fueran requisitos el
método, la disciplina, el largo y sostenido esfuerzo, la constante
reflexión''. Pero de todos los pecados que Mañach le atribuye, el más
imperdonable sería su "repugnancia a toda autoridad''. A ocho décadas de
la publicación de aquel libro, y tras tanto abrumador ejercicio de
autoridad, cabe imaginar que Mañach entendería esa repugnancia como pura
previsión.

Pero todavía hay quienes señalan al choteo como la fuente de los males
cubanos, como si en el último medio siglo Cuba hubiera sido gobernada
por Tres Patines. Nuestro rasgo más costoso no ha sido la propensión
cubana a reírse de casi todo, sino esos ataques de seriedad que nos hace
creer en cualquier solución mágica que prometa el mesías de turno. Una
fe que, bien mirada, es alérgica a la risa.

Gracias a esa superstición se han impuesto los campeones de la gravedad,
esos que prometían a sus compatriotas cumplir con el destino histórico
del país a condición de que callaran, que no soltaran ni una sonrisita
mientras andaban empeñados en tan alta misión.

Esos que no hacían otra cosa que exigir un silencio absoluto en el que
pudiera resonar su voz. El poeta Lorenzo García Vega los llama "los
bombines de mármol'', un antecedente de las gorras y boinas de mármol
que los sucedieron. Milan Kundera prefiere llamarlos agelastas, que en
griego significa "los que no ríen''. El checo los describe como seres
"convencidos de que la verdad es clara, de que todos los seres humanos
deben pensar lo mismo y de que ellos son lo que creen ser. Pero es
precisamente al perder la certidumbre de la verdad y el consentimiento
unánime de los demás cuando el hombre se convierte en individuo''. Basta
esa definición para entender que la revolución cubana fue el proyecto
más solemne que ha conocido el país, una obra de agelastas que redujeron
la burla a ataques contra el imperialismo o los rezagos del pasado.

El cubano es todavía un pueblo de certidumbres tajantes, con las que
intenta compensar una borrosa concepción de lo individual que siente en
peligro a cada paso. La opinión contraria no supone un reto, sino una
amenaza a la propia existencia. "Tú estás completamente equivocado'',
suele ser nuestro grito de guerra ante la más leve señal de desacuerdo:
una manera de encubrir el miedo a que la perspectiva ajena disuelva la
nuestra. Así es que, yendo de un extremo a otro, nos inclinamos a
confundir tolerancia con permisividad y crítica con insulto. Y esa
debilidad del individuo (compartida con toda Latinoamérica, por cierto)
es la fuente de mitologías que a su vez engendran fenómenos tan
distintos como la adoración de los caudillos o el desprecio intelectual
por la risa.

El resultado está a la vista: dictadores eternos, intelectuales
insufriblemente graves y la risa –esa cosa tan seria– muchas veces
monopolizada por los más torpes.

Enrique José Varona –una de las principales referencias intelectuales y
éticas a inicios de la República– no desconocía las conexiones entre
risa y civismo. En un ículo llamado precisamente "Humorismo y
tolerancia'' declara que "el humorismo del pueblo inglés es una de las
manifestaciones de la conciencia de su fuerza''. Entre cubanos, en
cambio, la risa suele ser más bien lo contrario. Frente al mito
extendido de que los cubanos no encontramos soluciones porque nos
desgastamos en la risa, me inclino a pensar que más bien nos reímos
cuando no hallamos otra solución.

Confieso que hace tiempo me esforzaba en distinguir el choteo del humor,
ése que ''pone a la vista el fondo de las cosas, el reverso de las
medallas, y ríe para hacer pensar'' (Varona.) Ahora pienso que cuando me
esforzaba en el humor del choteo les daba la razón a quienes
suelen despreciar la risa del mismo modo en que aquella Cecilia, al
su tez de otras más oscuras, no hacía sino reforzar el
racismo que la marginaba. No es mal momento para reivindicar el choteo,
junto al resto de las variantes de lo cómico, como medio de contener esa
severidad inflada y falsa a que somos tan propensos; como mecanismo de
deshacernos de las mitologías que lastran nuestro modo de relacionarnos,
de entendernos como nación y como individuos; de mostrarnos tal cuales
somos, sin esas aureolas de bisutería que nos fabricamos a cada rato
para ponernos fuera del alcance de la crítica.

Reconozco que el exceso de choteo puede ser dañino, pero también lo
puede ser el exceso de agua, y no por eso nos convertimos en partidarios
de la sequía. Los que sostienen la hipótesis de que la llegada del
castrismo fue favorecida por el choteo tienen en contra la opinión del
propio Mañach. En una nota al pie de su famoso librito escrita a la
altura de 1955 (justo cuando colaboraba en la redacción de un librito no
menos famoso, La historia me absolverá), declaraba que el choteo estaba
en retirada porque "el proceso revolucionario del 30 al 40, tan tenso,
tan angustioso, tan cruento a veces, llegó a dramatizar al cubano''.

Al choteo le debemos también muchas de las descripciones más incisivas
del carácter nacional. ¿No han sido Eduardo Abela, Castor Vispo, Eladio
Secades, Guillermo Alvarez Guedes, Héctor Zumbado o Ramón Fernández
Larrea choteadores profesionales y, al mismo tiempo, anatomistas de lo
cubano? Pese a su mala prensa, el choteo circula alegremente (mezclado
con otras variantes de la risa o en estado puro) por la obra de
escrit
ores tan reverenciados como Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo
Arenas y Virgilio Piñera. Tres tristes tigres, El color del verano y La
carne de René son sublimaciones monumentales del choteo. Y en la
intersección de arte y política encontramos manifestaciones recientes y
brillantes del choteo.

Choteo son las canciones de Porno para Ricardo, los artículos de Fermín
Gabor, las portadas de Guamá (Lauzán), y otras tantas maneras de
despojar al castrismo de sus últimos andrajos de falsa seriedad.

Si las denuncias se encargan de descubrir lo terrible del sistema
cubano, el choteo revela su sinsentido. Como diría un filósofo: "El
mejor modo de comprobar cuánta verdad hay en una cosa es reducirla al
ridículo y ver cuánta broma aguanta''. Es por eso que en nuestros
mejores choteadores uno nota cierto acomodo a su propio ser, una
plenitud apoyada en la confianza de que lo verdadero sobrevivirá a su
parodia y que siempre hay algo falso en aquello que no resista una buena
carcajada.

En defensa (tardía) del choteo cubano – Reportes – El Nuevo Herald (17
May 2009)

http://www.elnuevoherald.com/reportes/v-fullstory/story/449115.html

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